El Mundo de las Mentiras de Maelgorïun

Calor Hogareño

Joshua llegó al anochecer y aquel cielo estaba desgarrado en nubes negras. Centurión caminaba despacio, herido en el flanco, con la espuma seca en el cuello.

Desde lejos, vio la luz: Una sola, titilante, como un faro perdido en la inmensidad.

Sintió cómo el pecho se le apretaba, descendio de Centurión, dejandolo en su antiguo establo y cuando llegó a la puerta, no llamó; apoyó la frente contra ella y cerró los ojos. Por un instante, quiso no entrar, quedarse allí, suspendido entre el afuera y el adentro, entre la guerra y la promesa, pero entonces oyó pasos.

—Joshua... —la voz de Alondra, apenas un hilo.

La puerta se abrió, y el tiempo se detuvo: Ella estaba igual y distinta a la vez: el cabello suelto, los ojos enrojecidos, las manos temblando. Ella fue corriendo a abrazarlo, y el barro de su armadura manchó su vestido.

Joshua la sostuvo, sin fuerzas para llorar y durante un largo rato no hubo palabras; solo el sonido del fuego crepitando, y el viento afuera, empujando las paredes como si quisiera entrar.

Alondra fue la primera en romper el silencio.

—Creí que no volverías.

Joshua la miró.

—Yo también.

Ella sonrió débilmente, y en ese gesto había más dolor que alivio.

—¿Y… los demás?

Joshua bajó la mirada.

—No quedan muchos.

—Joshua… —dijo con voz baja—. ¿Qué viste allá?

Él respiró hondo, intentando ordenar el caos en su cabeza.

—Quiero descanzar contigo, vamos a la cama que quiero ver a mis hijitos.

—Esperate amorcito, primero cena.

La cena fue sencilla: pan duro, un poco de caldo, agua tibia.

Los niños dormían en la habitación contigua, ajenos al temblor que atravesaba la casa. Joshua comía en silencio, mirando las manos de Alondra moverse con calma, como si tejer la normalidad fuera su forma de resistir.

De pronto habló, casi en un murmullo:

—¿Por qué sigues encendiendo la lámpara cada noche?

Ella lo miró.

—Porque alguien tiene que creer que el camino todavía existe.

Joshua sonrió con tristeza.

—¿Y si ya no hay camino?

—Entonces la luz servirá para que los que vengan después vean dónde nos detuvimos.

Esa respuesta lo desarmó.

Terminada la cena, ambos se volvieron a encontrar en la morada y por un momento Alondra sintío esa chispa que habia permanecido apagada.

—Joshua, me he sentido sola todos estos meses, se que andas cansado, pero quisiera volver hacer tuya en unos momentos.

Joshua la observo con picardia.

—No sabes cuánto me gustaría, pero he vivido tantos tormentos que hacer el amor no sacia mi hambre, solo quiero tu abrazo tierno y dormir apachurrados.

Más tarde, mientras ella dormía, Joshua salió al umbral. Miró hacia el río, que reflejaba la luz pálida de la luna y por primera vez en mucho tiempo, sintió miedo de sí mismo.

Detrás de él, la voz dormida de Alondra se deslizó por el aire:

—¿Que viste Joshua?

Joshua temblando al recordar lo vivido balbuceo:

— Alondra... Todo mi batallon murio, todos, excepto yo ¿Por qué?

—Sobreviste... y si piensas que eres coba.

Joshua la interrumpio

—No es eso Alondra, él me dejo vivo.— Y tragando saliva y agitandose agregó.—MaelgorÏun.

—¿Quien es él?

Joshua al pronunciar su nombre sintio una presión el pecho.

—Él fue el culpable de asesinara a todos, a los niños a las mujeres y a nosotros... por favor hablemos de sto en otro momento, hoy necesito sentir tu calor

—Amor descanza. —Dijo Alondra, colocando la cabeza de joshua a su pecho lentamente.

La casa olía a pan recién hecho. Joshua permaneció un instante en el umbral, observando el fuego en la chimenea, la mesa cubierta con una tela remendada, los juguetes de madera desperdigados por el suelo.

Alondra estaba inclinada sobre el fogón, removiendo una olla; ese cabello, despeinado, caía sobre su rostro con una ternura involuntaria. Cuando la vio, sonrió sin decir palabra.

—Despiértalos tú —le dijo ella con voz suave—. Les prometí que vendrías cuando el fuego cantara.

Joshua subió las escaleras, aquella madera crujia bajo sus pasos, y por un momento sintió que cada tabla reconocía su peso, como si el hogar mismo lo aceptara de nuevo. Empujó la puerta y dentro de la penumbra, dos pequeñas figuras dormían entre mantas: Thais, con el cabello revuelto, abrazando un muñeco de trapo; y Adriano, el menor, con una pierna fuera de la cama, la boca entreabierta. Joshua se arrodilló junto a ellos y, con un temblor casi reverente, les tocó el cabello.

—¿Papi?

—Sí, pequeño —susurró Joshua—. He vuelto.

Thais se incorporó de golpe, restregándose los ojos.

—¡Lo sabía! Le dije a mamá que volverias.

Adriano efusivo agregó

—¡La lampara fue tu guía papi!

Los abrazó con fuerza, hasta sentir que el tiempo mismo se detenía. Padre e hijos bajaron juntos. Alondra los esperaba con pan y leche caliente.

Comí poco, más ocupado en observarlos que en alimentarme; Thais hablaba sin parar, contando historias de mariposas y de cómo Adriano había aprendido a decir “gracias” aunque solo lo decía cuando tenía miedo. Después, Joshua se levantó y fue hasta el arcón junto a la chimenea. De su interior sacó algo envuelto en un trozo de tela: Lo desenvolvió con cuidado: una pequeña pelota de cuero, cosida con hilo grueso, marcada por el uso.

—Era mía —dijo, mirándolos—. La tenía cuando era apenas un poco más grande que tú, Adriano.

El niño abrió los ojos con asombro.

—¿Jugabas con ella?

—Cada tarde, cuando aún había tardes —respondió Joshua con una sonrisa cansada—. Y ahora será tuya.

Le entregé mi pelota y mi hijo la olió, la giró, la lanzó torpemente y corrió tras ella; ese sonidillo del cuero golpeando el suelo llenó la casa con un eco de alegría y mi pequeña, toda curiosa se me acerco con una miradilla curiosa.

—¿Y yo? ¿No tengo regalo?

Asentí y meti mi mando en mi bolsillo, sacando una pequeña pulsera de cuero trenzado, con un corazón metálico en el centro: dentro estaban grabadas dos letras: J y T.




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