Joshua dejó de dormir sin darse cuenta; el sueño se retiró como se retira alguien cansado de esperar: primero acortó su visita, luego se volvió inconstante, y finalmente dejó de presentarse. Al principio, Joshua creyó que era normal. El cuerpo venía de la guerra; la mente, de un lugar aún más áspero. Dormir poco parecía un precio razonable por haber vuelto con vida.
Por las noches, se quedaba tendido en la cama, con los ojos abiertos, contando las respiraciones de Alondra. El sonido era regular, ajeno, casi ofensivo en su tranquilidad; cada vez que ella se movía, Joshua tensaba los músculos, como si esperara una orden o un ataque; a veces estiraba la mano para tocarla, solo para comprobar que seguía allí; otras, la retiraba antes de hacerlo, temiendo despertarla y tener que fingir una normalidad que no sentía.
El techo se le volvía un mapa hostil; las vigas parecían caminos que no llevaban a ningún sitio; la oscuridad no era descanso, sino espacio para que la mente empezara a trabajar sin freno y pensamientos que durante el día se mantenían a raya, por la presencia de los niños o las tareas mínimas, emergían de noche con una claridad cruel.
Cuando el insomnio se volvió insoportable, empezó a levantarse; al principio lo hacía con cuidado, tratando de no hacer ruido; se sentaba en el borde de la cama, respiraba hondo, se calzaba las botas sin atarlas del todo; luego comenzó a salir del cuarto, como si quedarse allí fuera más peligroso que exponerse al frío del pasillo.
Joshua pasaba las noches encerrado en el cuarto pequeño que había usado como depósito antes de partir a la guerra. Allí guardaba su armadura, algunas armas viejas, objetos que nadie más tocaba. Cerraba la puerta y se sentaba en el suelo, apoyando la espalda contra la pared. En ese espacio reducido, el mundo parecía más manejable.
Las horas se estiraban sin forma. Joshua no pensaba de manera ordenada; rumiaba. Volvía una y otra vez sobre los mismos recuerdos, como si al repetirlos pudiera encontrar una variación, un detalle nuevo que los hiciera menos insoportables. A veces murmuraba palabras sueltas; otras, simplemente apretaba los dientes hasta que la mandíbula le dolía y el sueño, cuando llegaba, lo hacía como emboscada. Joshua cerraba los ojos unos segundos y, sin transición, se encontraba de nuevo allí; no siempre en el mismo lugar; no siempre con los mismos muertos, pero siempre con la misma sensación: la de estar despierto dentro del sueño, sin posibilidad de huir.
Despertaba sobresaltado, con el corazón golpeándole el pecho como si quisiera salir; el sudor le empapaba la espalda y entonces ocurría algo nuevo, algo que lo inquietó desde la primera vez: no sentía alivio al despertar y el miedo no se iba, se quedaba con él, instalado, como si el sueño no hubiera terminado del todo.
Comenzó a temerle a la noche.
Durante el día, Joshua intentaba cumplir con lo mínimo: Bajaba a la mesa, comía lo que Alondra servía, asentía cuando los niños hablaban, pero su atención se quebraba con facilidad y se quedaba mirando un punto fijo, perdido en pensamientos que nadie más podía ver; a veces no respondía cuando lo llamaban, otras, lo hacía con un sobresalto desmedido, como si hubiera sido arrancado de otro lugar.
Alondra notó el cambio.
—No dormiste —le dijo una mañana, sin reproche.
Joshua se encogió de hombros.
—No tenía sueño.
Ella lo miró con detenimiento.
—Eso no es normal.
—Nada lo es —respondió él, más áspero de lo que pretendía.
Desde entonces, Joshua empezó a evitar la cama compartida; decía que no quería despertarla, que prefería levantarse temprano, que el cuerpo le dolía. Alondra aceptaba esas explicaciones con una paciencia que no era resignación, no insistía, pero la distancia empezó a crecer, lenta, casi respetuosa.
El cuarto se convirtió en su refugio definitivo. Allí, en la penumbra, Joshua comenzó a escuchar algo más que sus propios pensamientos: no era una voz clara, ni constante; era una presencia difusa, una sensación de ser observado incluso cuando estaba solo. Al principio lo atribuyó al cansancio, luego, al miedo, pero con el paso de las noches, la sensación ganó consistencia.
Cada amanecer lo encontraba más exhausto. los ojos hundidos, el pulso irregular y sus manos temblorosas. A veces se sorprendía a sí mismo olvidando palabras simples, perdiendo el hilo de una frase, repitiendo ideas sin notarlo.
{Si duermo, volveré a estar allí y yo... no debo quebrarme.}
El sueño dejó de ser un territorio confuso y se volvió escena. Joshua no podía precisar cuándo ocurrió el cambio. Tal vez siempre había estado allí y recién ahora aprendía a mirarlo; ya no despertaba sobresaltado sin recordar nada; ahora despertaba con imágenes tan nítidas que le costaba distinguir si habían ocurrido antes o después de cerrar los ojos y cada una parecía responder a una lógica ajena a la suya, como si alguien más se tomara el trabajo de disponer los lugares, los tiempos, las personas. Joshua no soñaba con paisajes desconocidos, sino con sitios que reconocía de inmediato: campamentos abandonados, senderos recorridos cientos de veces, ruinas que aún conservaban el olor de la sangre seca.
Al principio, Joshua solo sentía su presencia, como se siente una mirada en la espalda. Luego, una voz surgía desde algún punto impreciso del sueño, no desde el aire, sino desde el espacio mismo, como si las cosas hablaran.
—Has vuelto muchas veces aquí —decía la voz.
Joshua se encontraba entonces en el antiguo campamento de la Confraternidad: las tiendas estaban rasgadas, los estandartes caídos, el suelo marcado por huellas que nadie se había molestado en borrar.
—Esto ya pasó —respondía Joshua—. Ya terminó.
Lo único que se, que esa risa no era burla.
—¿Terminó? —decía la voz—. Míralo bien.
La figura aparecía entonces, nunca del todo definida, no tenía un rostro estable. A veces parecía un hombre, a veces solo una sombra con contornos humanos.