El Mundo de las Mentiras de Maelgorïun

Lo Siento Alondra

Desde aquel episodio Joshua comenzó a desaparecer de la vida diaria sin irse a ningún lugar; seguía bajando por las mañanas, se sentaba a la mesa, escuchaba o fingía escuchar las historias que Thais contaba con entusiasmo insistente, las frases cortas y torpes de Adriano, que hablaba como si cada palabra fuera un descubrimiento. Joshua asentía, sonreía a medias, respondía cuando era necesario. Había aprendido a medir la distancia con precisión; no se sentaba demasiado cerca, no prolongaba los abrazos, si alguno de los niños se le acercaba por sorpresa, Joshua se tensaba un segundo antes de corresponder y ese gesto, breve e involuntario, fue suficiente para que ellos lo notaran.

Los juegos cesaron de a poco: La pelota quedó olvidada junto a la pared, las historias antes de dormir se acortaron hasta desaparecer. Joshua evitaba esas horas, decía que estaba cansado, que la cabeza le dolía, que necesitaba descansar y se encerraba en su cuarto, cerrando la puerta con suavidad, como si incluso el sonido pudiera herirlo. Desde allí, escuchaba:

—Papá necesita tiempo —decía Alondra—. A veces los adultos también se rompen un poco.

—¿Por qué no viene? —preguntaba Thais.

—Porque tiene miedo —respondía ella, sin decirlo del todo—. Y el miedo cansa.

Joshua escuchaba esas palabras desde el otro lado de la pared y apretaba los dientes, no quería que lo entendieran, no quería que se acercaran más y cada gesto de cariño se había vuelto peligroso.

Por las noches, después de las pesadillas, se quedaba sentado en la oscuridad, recordando las imágenes que lo habían despertado: La figura de Thais inmóvil. Entonces, el pensamiento regresaba con una claridad brutal:

{Si me acerco demasiado, los perderé; no quiero sufrir ni hacerlos sufrir.}

Joshua comenzó a evitar mirarlos directamente; temía memorizar demasiado sus rostros, el tono de sus voces, las pequeñas manías que los volvían únicos y sentía que aferrarse a esos detalles era una forma de tentar a la pérdida.

Una tarde, Adriano se acercó a su cuarto con la pelota en las manos. Golpeó la puerta con cuidado.

—¿Jugamos? —preguntó.

Joshua cerró los ojos y desde dentro, respondió con voz apagada:

—Ahora no.

—Después —dijo el niño, como una súplica.

Joshua no contestó.

Adriano se quedó un momento más, en silencio, esperando. Luego se alejó despacio, Joshua escuchó sus pasos pequeños perderse en la casa y la culpa le atravesó el pecho, pero no abrió la puerta.

Esa noche, los niños hablaron en susurros.

—Mamá —dijo Adriano—. Papá ya no nos quiere.

Alondra se giró de inmediato.

—No digas eso.

—No juega —insistió el niño—. No me mira.

Thais apretó la pulsera contra su muñeca.

—Cuando se ríe… no es de verdad.

Alondra los abrazó a ambos.

—Los quiere —dijo, con una firmeza que le dolía sostener—. A veces querer también es estar lejos.

Joshua escuchó esa frase desde el cuarto y sintió una mezcla de alivio y vergüenza.

La casa comenzó a adaptarse a su distancia: los niños bajaron la voz; dejaron de correr por los pasillos, aprendieron a jugar entre ellos, sin buscarlo.

Joshua lo notó y aun así, no cambió.

Cada vez que sentía el impulso de acercarse, las imágenes regresaban: El cementerio, el cuerpo de Marco Aurelio, la advertencia, la figura de Maelgorïun observando, paciente. Joshua se decía que mantenerlos a distancia era una forma de protección, aunque nadie más lo entendiera.

Una tarde, mientras doblaba ropa, Alondra se detuvo con una prenda entre las manos; la sostuvo largo rato, sin moverla.

{Estoy cansada, lo esperé por meses y lo que vino no fue Joshua... ya ni se esfuerza por querrer cambiar, no se cuanto tiempo aguantaré}

Joshua la observó desde la puerta del cuarto, sin que ella lo notara y por un instante, quiso cruzar el espacio que los separaba, quiso decir algo, tocar su hombro, volver, pero el pensamiento de la pérdida fue más fuerte; se dio la vuelta y cerró la puerta.

Joshua comenzó a reconstruir los meses que no estuvo y lo hacía sin orden: Recordaba las cartas incompletas, las noticias fragmentadas, los silencios prolongados y sobre todo, aquel episodio del que Alondra había hablado con una naturalidad que a él le pareció impostada: los soldados que llegaron a la casa, la conversación forzada, los rumores que se deslizaron como polvo.

La idea de que otros hubieran estado allí, comenzó a tomar cuerpo en su imaginación. Joshua no necesitaba pruebas; le bastaba con la posibilidad, cada vez que Alondra se movía por la casa con una calma serena, él la interpretaba como ocultamiento y cada sonrisa, como una máscara aprendida.

Notó que ella ya no preguntaba qué le pasaba, que había dejado de insistir, que aceptaba su distancia como quien acepta un invierno largo; empezó a medir sus palabras, a responder con monosílabos, a retirar el cuerpo cuando ella se acercaba por la noche.

Alondra reconoció la pesadez en los silencios cargados, en la forma en que Joshua evitaba mirarla cuando ella hablaba del pasado, en cómo desviaba la conversación si surgía cualquier mención a los meses que él no estuvo. Había algo no dicho creciendo entre ellos, algo que exigía nombre.

Una noche, mientras acomodaban la mesa, Alondra dejó caer un plato y el ruido seco quebró el aire. Joshua se sobresaltó como si hubiera recibido un golpe:

—Lo siento —dijo ella.

Joshua no respondió.

Ese silencio fue la gota.

Alondra apoyó ambas manos sobre la mesa y respiró hondo.

—No sé qué estás pensando de mí —dijo—. Pero lo estás pensando.

Joshua levantó la vista.

—No inventes cosas —respondió, demasiado rápido.

—No invento —replicó ella—. Lo siento, lo veo y me miras como si hubiera hecho algo imperdonable.

Joshua apretó la mandíbula.

—Pasaron muchas cosas —dijo—. Yo no estuve.

—No —admitió ella—. No estuviste.

La frase quedó suspendida, pesada. Alondra dio un paso más.




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