Joshua no despertó al amanecer.
La luz entró por la ventana con timidez, como si temiera profanar algo. No hubo sobresaltos, ni respiración agitada, ni palabras rotas por el delirio. Solo el ascenso lento del pecho y su descenso, regular, mecánico, ajeno a todo.
Alondra llevaba horas sentada junto a la cama.
Había aprendido a contar el tiempo de otra forma: no por el sol ni por el canto de los gallos, sino por el ritmo de esa respiración. Mientras subiera y bajara, algo seguía ocurriendo. Mientras el cuerpo insistiera en ese gesto mínimo, el mundo no podía reclamarlo del todo.
El doctor Salvador llegó cuando el fuego ya había sido avivado dos veces.
Entró sin prisa, limpiándose las manos con un paño, como quien sabe que cualquier gesto apresurado sería una falta de respeto. Observó a Joshua largo rato antes de decir una sola palabra. Le tomó el pulso, acercó el oído a su pecho, revisó los párpados inmóviles.
—No responde a estímulos —dijo finalmente.
No fue una sentencia. Fue un registro.
Alondra asintió, como si ya lo supiera.
—Respira bien —continuó el médico—. El cuerpo está fuerte. No hay fiebre. No hay señales de daño visible.
Hizo una pausa.
—Pero la mente… —dejó la frase suspendida—. La mente es un territorio distinto.
Alondra apretó las manos sobre el regazo.
—¿Va a despertar? —preguntó.
El doctor Salvador no respondió de inmediato. Se sentó frente a ella, apoyó los antebrazos en las rodillas. Su voz fue baja, casi doméstica.
—No lo sé.
No dijo “no”.
No dijo “sí”.
—Puede ser cuestión de horas —añadió—. O de días. A veces el cuerpo decide quedarse quieto cuando ya no puede cargar con más.
Alondra bajó la mirada hacia Joshua.
Había visto ese cuerpo resistir heridas que otros no habrían sobrevivido. Había visto esas manos empuñar armas, cargar niños, sostener promesas. Ahora estaban abiertas, vacías, como si por fin hubieran soltado todo.
—¿Sufre? —preguntó.
El médico negó con la cabeza.
—No de la forma en que pensamos el sufrimiento —dijo—. Está… ausente.
Ausente.
La palabra quedó flotando en la habitación, más pesada que cualquier diagnóstico.
Cuando el doctor se fue, la casa pareció agrandarse. Los sonidos habituales —el crujir de la madera, el murmullo del viento— adquirieron una claridad incómoda. Alondra se levantó y ajustó la manta sobre el pecho de Joshua, con un cuidado casi ceremonial.
—No te vayas —murmuró, sin saber si hablaba con él o con lo que aún quedaba.
Desde la habitación contigua, se oyó un ruido leve. Un objeto cayendo. Luego pasos pequeños, inseguros.
Thais apareció primero, descalza, con el cabello revuelto. Adriano se asomó detrás, aferrado al marco de la puerta como si ese límite pudiera protegerlo de algo invisible.
—¿Papá duerme? —preguntó Thais, en voz baja.
Alondra se giró de inmediato.
—Sí —respondió—. Está muy cansado.
Los niños se acercaron despacio, como si la quietud fuera frágil. Adriano miró el rostro de su padre con una seriedad impropia de su edad.
—No se mueve —dijo.
—Respira —contestó Alondra—. ¿Ves su pecho?
El niño observó unos segundos y asintió, sin convicción.
—Anoche me dio miedo —confesó—. Pensé que ya no estaba.
Alondra se arrodilló frente a ellos.
—Está aquí —dijo—. A veces las personas se cansan por dentro. Necesitan quedarse quietas para no romperse.
Thais frunció el ceño.
—Antes jugaba conmigo —dijo—. Ahora no sale del cuarto.
Alondra sintió el golpe, pero no lo dejó ver.
—Volverá —aseguró—. Solo está… aprendiendo a descansar.
Los niños no parecieron convencidos, pero aceptaron la explicación como se aceptan las cosas que duelen cuando no hay otra opción.
Alondra los condujo de regreso a su habitación. Les acomodó las mantas. Esperó a que cerraran los ojos. Cuando volvió, la casa estaba otra vez en silencio.
Se sentó junto a la cama.
Miró a Joshua largo rato.
—Intenté mantenernos a flote —susurró—. Aunque no estuvieras. Aunque no me miraras. Aunque pensaras lo peor de mí.
La luz de la mañana avanzó unos centímetros más sobre el suelo.
Joshua no se movió.
Alondra tomó su mano.
Estaba tibia. Presente. Pero distante, como si perteneciera a otro lugar.
Y por primera vez desde que lo conocía, comprendió que había batallas de las que ni siquiera él podía volver caminando.
El silencio empezó a cambiar de forma.
Ya no era solo ausencia de ruido; se volvió una presencia que se desplazaba por la casa con pasos lentos, atentos. Se posaba en los rincones, se deslizaba bajo las puertas, observaba desde las vigas del techo. Alondra lo sentía incluso cuando no estaba en la habitación de Joshua.
Los niños también.
Thais dejó de correr.
No fue una orden ni una corrección. Simplemente dejó de hacerlo. Caminaba con cuidado, midiendo cada paso, como si el suelo pudiera romperse bajo su peso. Cuando hablaba, lo hacía en susurros, aun cuando nadie se lo pedía.
Adriano, en cambio, se volvió ruido contenido: objetos que caían de sus manos, respiraciones demasiado fuertes, pequeños sollozos que reprimía mordiéndose el labio. Cada sonido parecía asustarlo después de existir.
—Mamá —dijo una mañana, desde la mesa—, ¿papá nos escucha?
Alondra se quedó quieta un segundo más de lo necesario.
—Claro que sí —respondió—. Aunque esté dormido.
Adriano miró hacia la habitación cerrada.
—¿Y si no quiere escucharnos?
La pregunta no tenía malicia. Era pura lógica infantil aplicada a un mundo que ya no obedecía reglas claras.
—Quiere —dijo Alondra—. Solo está muy cansado.
Thais no comía. Partía el pan en trozos pequeños, los ordenaba sobre el plato como si eso fuera una tarea importante. A veces se levantaba y se acercaba a la puerta de Joshua, apoyaba la oreja contra la madera y se quedaba allí, inmóvil.