El Mundo de las Mentiras de Maelgorïun

La Grieta

La guerra no comenzó, simplemente, un día siguieron caminando. El camino se volvió más largo de lo que debía ser; los mapas dejaron de coincidir con el terreno; las distancias ya no se medían en leguas, sino en cansancio. Un día entero podía reducirse a un mismo color: barro, polvo o ceniza.

—¿Cuántos hoy? —preguntó alguien una mañana.

Piero miró el listado sin levantar la cabeza.

—Menos que ayer.

Nadie respondió.

Las escaramuzas llegaban sin aviso. No eran batallas, eran interrupciones. Un ataque rápido desde el bosque; un grupo pequeño defendiendo algo que ya no valía la pena defender; hombres que luchaban más por inercia que por convicción. El acero chocaba; alguien caía. Luego silencio.

Seguían avanzando.

Andy caminaba al frente, siempre un paso más adelante de lo necesario. Ordenaba lo justo y nada más, cada instrucción era breve, como si hablar demasiado pudiera desgastar lo poco que quedaba: "Formación cerrada." "No persigan." "Recojan a los heridos."

A veces, alguien preguntaba:

—¿Y los muertos?

Andy tardaba un segundo más en responder.

—Después.

Ese “después” se repetía demasiado.

Por las noches, el campamento parecía una herida abierta; las fogatas eran pequeñas, casi avergonzadas de existir; nadie cantaba; nadie contaba historias.

Antes de dormir, Andy siempre sacaba una pequeña figura de piedra. La sostenía un instante y la besaba una vez. Siempre una.

—Cuídalos —murmuraba.

Luego guardaba la piedra y volvía a ser solo un cuerpo cansado con una espada al alcance de la mano.

Piero tenía su costumbre, un paso breve, un giro mínimo; un recuerdo de música. Al principio lo hacía todas las mañanas, después, cada dos días hasta que una vez no lo hizo. Ese día murieron varios.

Las conversaciones eran fragmentos antes de pelear:
—¿Crees que hoy?
—No. Hoy no.

Después de enterrar:
—Era joven.
—Todos lo son ahora.

En los silencios incómodos:
—Con Joshua…
—No ahora.

El número nunca alcanzaba para indignarse, nunca era suficiente para detener la marcha, pero sumaba. Siempre sumaba.

—Mañana será peor —dijo alguien una noche, sin dramatismo.

Nadie lo contradijo.

Pasaron aldeas sin nombre; casas vacías; pozos secos y en algunos lugares aún quedaban marcas en las paredes: fechas, nombres, oraciones mal escritas. En otros, ni eso, como si la gente hubiera sido borrada con cuidado.

Andy evitaba mirar demasiado. Reconocer un lugar implicaba aceptar que alguien había vivido allí.

Una madrugada, tras un asalto nocturno mal resuelto, Andy ordenó retirarse antes de lo necesario. Un soldado protestó.

—Aún podemos…

—No —lo cortó Andy—. Hoy no vale la pena morir.

El hombre obedeció, pero lo miró distinto desde entonces. Piero solo atinó a observar

Mientras avanzaban, Piero habló sin mirar a nadie.

—Con Joshua esto sería distinto.

Andy cerró los ojos.

—Distinto no siempre significa mejor.

Piero respondió sin girarse.

—Significa que no cargaríamos esto solos.

Esa noche enterraron a dos hombres más; nadie lloró. Al terminar, uno de los soldados preguntó:

—¿Seguimos?

Andy asintió.

—Seguimos.

No se mencionaba su nombre en los informes ni en las órdenes, pero aparecía en los silencios, en las pausas demasiado largas entre una frase y otra. Era una presencia hecha de huecos: el lugar que no ocupaba en la fila, la decisión que alguien más debía tomar, la palabra que faltaba cuando el cansancio empezaba a vencer al juicio.

Andy fue el primero en decirlo en voz alta.

Ocurrió al amanecer, mientras desmontaban un campamento levantado con prisa. La niebla todavía no se había retirado del todo y los hombres trabajaban sin mirarse, como si cada uno cargara con un pensamiento que no quería compartir.

—Es lo que él hubiera querido —dijo Andy, ajustando una cincha.

Piero se quedó quieto.

—No —respondió al cabo de un momento—. Eso es lo que tú necesitas creer.

Andy tensó la cuerda con más fuerza de la necesaria.

—Joshua siempre antepuso el deber.

—Joshua siempre antepuso a la gente —corrigió Piero—. El deber venía después.

Andy se incorporó de golpe.

—¿Y de qué sirvió? —su voz se quebró apenas, lo suficiente para doler—. Míralo ahora.

Piero abrió la boca para responder, pero no tuvo tiempo.

El primer grito llegó desde el flanco derecho. Luego otro y luego el sonido seco de una flecha clavándose en madera.

—¡Posiciones! —gritó Andy, y la conversación murió ahí.

El ataque fue breve y desordenado. Un grupo pequeño, mal armado, desesperado. No defendían territorio; defendían tiempo. Cuando terminó, quedaron tres cuerpos en el suelo y un herido que no dejaba de preguntar por su hermano.

Andy se acerco y con su lanza clavo el dolor de las heridas que tenia el soldado

—Descanza soldado, luchas por una reino que no vela por ti.

Desde aquel momento, no se lo oyó al soldado preguntar por su hermano

Esa noche, mientras enterraban a los muertos, Piero habló en voz baja.

—Si… si algo le pasa —empezó.

Andy no levantó la vista.

—No va a pasarle nada.

—No lo sabes.

Andy clavó la pala en la tierra con violencia.

—No hables como si ya estuviera muerto.

Piero tragó saliva.

—Justamente por eso hablo.

El silencio que siguió no fue incómodo, fue denso, como si ambos supieran que, si seguían, no habría forma de volver atrás.

Los días siguientes, el nombre de Joshua se convirtió en una trampa. Andy evitaba escucharlo y cada vez que alguien lo mencionaba, sentía una presión en el pecho, una mezcla de rabia y algo más difícil de nombrar.

—Con Joshua esto sería más fácil —murmuró un soldado tras una retirada fallida.

Andy se giró.

—Joshua no está —dijo, seco—. Y no nos sirve imaginarlo aquí.




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