El Mundo de las Mentiras de Maelgorïun

La Tregua

La noche aún no terminaba cuando el vino. Era pequeño; demasiado pequeño para la furia que despertó; de hombros estrechos y ojos inquietos, como si observara siempre dos cosas a la vez. Desmonto de su caballo, en las afueras; caminaba sin prisa, observando el lugar

[Que recuerdos, quisiera repetirlo, fui muy intelegente; espera corrige, soy muy inteligente]

Los soldados lo detuvieron por el camino

—Eres otro poblador de la confraternidad ?cierto?

—En efecto, lo soy; deseo ver mi tierra.—menciono el hombrecillo con cierta nostalgia—

—Entre caballero.

—Muchas gracias honorable hombre.

Aquel hombrecillo caminaba recorriendo las calles mientras rumiaba.

[Ese dia, no lo olvidare, fue mi primera victoria y creo que lo dije aqui al lado de la tienda; pobre Marco un hombre tan culto que lo unico que lo vencio fue el mismo]

Una senora que guardaba su tienda, al ver al hombre hablando solo y mirando su fachada, le pregunto a aquel extrano hombre.

—Disculpe senor ?Esta perdido?.—cuestiono una senora desde su puesto de comida

—No mandam, estoy recordando mi querido pueblo, a transcurrido un ano desde que evacuamos y no me olvido de esos pequenos detalles.

—Oh, dale joven, tenga cuidado ya es casi de madrugada.

El hombrecillo siguio su camino,y por donde hiba los pobladores se veian abrumados e incomodos, puees este hombrecillo miraba fijamente los ojos con esa mirada tan punsante. Culmino su camino hasta que vio en la plaza una reunion entre (al parecer) dos hombres lideres de la ciudad. Se paro encima de la pileta y...

—Vengo a hablar, soy del Reino de las Mentiras! —dijo.

El nombre cayó como una chispa en paja seca. Algunos pobladores se lanzaron primero, lo golpearon sin coordinación, con esa violencia desordenada que nace del cansancio acumulado. Los soldados intervinieron tarde.

El hombrecillo recibió los golpes sin cubrirse del todo. Se doblaba, sí; sangraba, también, pero entre cada impacto dejaba escapar una risa breve.

Joshua fue quien ordenó separarlos.

—¡Basta!

La espada no salió de su vaina, pero la voz sí cortó el aire. Lo arrastraron hacia el templo, lass puertas se cerraron detrás de ellos con un golpe seco. Afuera, el murmullo se convirtió en clamor.

Dentro, el hombrecillo se limpió la sangre del labio con el dorso de la mano y volvió a reír.

—Esperaba algo peor —murmuró.—Creo que olvidan facil

Andy lo observaba desde la sombra. No con rabia. Con cálculo.

—Vienes a hablar, habla —ordenó.

El hombrecillo inclinó la cabeza, exageradamente cortés.

—El Reino de las Mentiras busca una tregua.

Afuera comenzaron a gritar:

—¡Ejecútenlo! ¡No negocien! ¡Es otra trampa!

El hombrecillo cerró los ojos un instante, como si escuchara esa música.

—Están heridos —dijo—. Nosotros también. Yo, digo, mi señor propone hablar. Solo Armagedón y sus hombres de confianza.

Andy dio un paso adelante.

—¿Y por qué deberíamos creer eso?

La sonrisa del hombrecillo se tensó.

—Porque ustedes también están cansados y puede ser que le teman mas a morir sin ver crecer a sus hijos que ahora, como padre no podria aguantar tanto tiempo, sin ver a mis hijos.

El silencio se hizo más denso que el ruido exterior.

Una ventana lateral, mal asegurada, se abrió apenas y desde fuera, entre la multitud, un anciano tensó un arco. La flecha atravesó el aire con un silbido breve y rozó el rostro del emisario, abriendole la carne desde la comisura hasta casi la mitad de la mejilla. La sangre descendió lenta; el corte no era profundo, pero cruel en su estética. La herida estiraba la boca hacia un lado, como si alguien hubiera decidido dibujarle una sonrisa permanente.

El hombrecillo tocó la sangre; la miró y rió, esta vez más fuerte.

Los soldados irrumpieron afuera, desarmaron al anciano y dispersaron al resto. La violencia se contuvo a la fuerza y el emisario fue llevado al interior más profundo del templo y custodiado. Mientras lo trasladaban, alzó la vista y buscó al arquero entre la multitud.

—Nos veremos —dijo suavemente—. Tarde o temprano.

Más tarde, cuando el ruido descendió a un murmullo hostil, los tres hermanos se quedaron solos en una sala lateral del templo.

Piero habló primero.

—Podemos seguir —dijo—. Pero no será una victoria limpia: sera una guerra de desgaste.

Andy no respondió de inmediato, parecia meditar.

Joshua apoyó el bastón contra la pared y se sentó.

—Estamos cansados —dijo finalmente—. No solo nosotros, ellos también.

Andy miró el suelo. Luego levantó la vista.

—Aceptaremos, quiero ir a ver a mis hijos.—

Piero asintió.

—Pero en el fango —añadió Andy—. Terreno neutral. Solo Armagedón y sus ponientes, nadie más.

Joshua permaneció callado después de eso.

Aquel hombrecillo anadio

—Caballeros, los terminos y condiciones me parecen justos, al dia siguiente, al medio dia, se hara la reunion.

Cuando el hombrecillo salió del templo, la herida aún abierta, la cicatriz empezando a marcar su rostro, el pueblo estalló: Abucheos e insultos.

Algunos soldados se unieron.

—¡Es inadmisible! ¡Nos escupen y los dejamos ir!

Andy dio un paso al frente.

—Esta guerra nos ha llevado lejos de casa —dijo con voz firme—. Muchos de ustedes no han visto a sus hijos en meses; no han pasado tiempo en familia y no han podido estar en paz, si quiera unos momentos.

El murmullo bajó apenas.

—Si hay una oportunidad de calmar el infierno, aunque sea por un tiempo, la tomaremos.

Piero añadió:

—No es confianza, es cansancio y el cansancio también mata.

Joshua aclaro

—Estamos con ustedes, pero tambien necesitamos esclarecer nuestra mente.

Algunos aceptaron con resignación, otros se apartaron, endurecidos.

El emisario comenzó a caminar de regreso y antes de desaparecer entre las sombras, volvió la cabeza hacia el anciano arquero.




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