El Mundo de las Mentiras de Maelgorïun

Los Hermanos Tambien lloran

El gran salón olía a hierro y vino; las antorchas lanzaban sombras largas que se movían sobre los muros como fantasmas viejos y en el centro, la mesa del consejo estaba cubierta de mapas, sellos rotos y cartas manchadas de sangre.

Nadie hablaba, solo el chisporroteo del fuego en el brasero rompía el silencio.

Mane estaba de pie, sin corona, con las manos aún manchadas y su respiración era pausada, pero sus pupilas tenían el brillo de quien ha mirado demasiado tiempo el abismo.

Joshua fue el primero en atreverse a hablar:

—Hermano… —la palabra salió con cuidado, casi como si pesara—. ¿Qué mensaje querías enviar con esto?

El rey levantó la vista.

—El mensaje ya fue enviado —respondió, con voz grave—. No habrá más emisarios, solo decisiones.

Piero cerró los ojos, exhalando lentamente.

—Esa decisión nos costará aliados, Mane. Armagedon no olvidará esta afrenta.

—Armagedon—replicó el caballero, girando hacia él— lleva años mintiendo sobre sus cadáveres. Ya era hora de que miraran a los suyos.

Joshua intercambió una mirada con Andy, que permanecía callado, los puños apretados sobre las rodillas.

El menor de los hermanos era el único que parecía contener algo más que palabras.

—Lo que hiciste —dijo al fin Andy— no fue justicia, Mane. Fue ira.

El cabellero lo miró.

—¿Y no es acaso la ira lo único que nos queda cuando la razón se pudre?

Un silencio helado siguió a esa frase. Las llamas vacilaron, como si el aire mismo dudara de permanecer.

Piero fue quien rompió el silencio.

—Mane… escucha; no hablo como tu general, ni como tu hermano; hablo como alguien que te ama.

El cabellero frunció el ceño.

—No necesito amor, Piero. Necesito obediencia.

—No —replicó el mayor, con voz firme—. Lo que necesitas es descanso.

Las palabras resonaron como un golpe seco.

Joshua asintió lentamente.

—Déjanos sostener el reino unos días; ve con Yesenia; encuéntrate contigo. Nadie puede guiar cuando su mente arde.

Mane rió, una risa seca, hueca, sin alegría.

—¿Descansar? ¿Ahora? Cuando todos los reinos me observan esperando que caiga. Si me detengo, pensarán que soy débil.

—Descansar —dijo Piero, acercándose— no es debilidad, Mane. Es saber cuándo el alma necesita silencio para no romperse.

El rey lo miró largo rato. Sus ojos temblaron un instante, apenas un reflejo de duda, pero enseguida alzó la voz, buscando refugio en su autoridad:

—No... no abandonaré el trono. Si lo hago, nadie volverá a creer que aún soy el rey.

Joshua bajó la cabeza.

El silencio se llenó de tensión y el aire pesaba tanto que cada respiración sonaba como una confesión.

Mane se acercó al mapa extendido sobre la mesa.

—El Reino de la Confraternidad resistara, pero no por mucho. Debemos enviar ayuda.—Sus dedos se movieron sobre el pergamino—. Necesitan liderazgo, orden.

—Yo iré —dijo Andy de pronto, rompiendo el aire—. Su voz era firme, casi ansiosa.

Los tres lo miraron.

Mane lo observó con una mezcla de sorpresa y lástima.

—No, Andy. No tú.

El soldado se tensó. —¿Por qué no? He defendido los muros, he sangrado en cada frontera. ¿Qué más debo probar?

Joshua intentó intervenir, con suavidad:

—No se trata de probar, hermano. Se trata de equilibrio. Tu fuerza es necesaria aquí.

Andy lo miró con rencor contenido. —¿Equilibrio? No me hables de equilibrio, Joshua. Lo tuyo siempre fue el pensamiento; lo mío, la acción, pero cuando llega la hora de actuar, siempre te eligen a ti.

Joshua bajó la mirada.

Mane se incorporó.

—La misión requiere sabiduría, no ímpetu. Joshua irá en mi nombre.

Andy apretó los dientes.

—Entonces que Armagedon lo reciba con sus consejos —murmuró. Y salió del salón, dejando tras de sí el sonido amargo de sus pasos.

El silencio volvió, más pesado que antes. Piero miró a Mane con resignación.

—Hermano… —dijo, en voz baja—. Lo que hiciste hoy, con ese emisario, y lo que acabas de hacer con Andy… no sé cuál dolerá más.

Mane se volvió hacia él.

—Ambas cosas eran necesarias. —Su voz era apenas un susurro—. Y necesarias son las cosas que más nos destruyen.

Joshua lo observó, sin decir palabra y en su pecho, una estaca invisible comenzaba a hundirse.

Piero se acercó al trono vacío, lo tocó con una mano y murmuró:

—Mane… descansar no es rendirse, pero seguir sin alma sí lo es.

El rey no respondió, solo miró la cabeza del emisario, aún sobre la mesa, y dijo en voz baja:

—Quizá todos debamos perder la cabeza para entender el reino que gobernamos.

Joshua salió sin mirar atrás.

Y el eco de aquel consejo quedó flotando en los muros, como un presagio.

[Ellos veran que soy mejor que todos, pero ahora... mi familia y nadie mas]

El viento del atardecer traía todavía olor a hierro, pero en el patio de Andy hasta las risas se olian.

Ronaldo corría detrás de la pelota con la torpeza hermosa de los niños que aún no saben perder, mientras su padre fingía cansancio para dejarlo ganar.

—¡Toma, viejo! —gritó el niño, y la pelota pasó rozando los pies de Andy.

—¡Imposible! —respondió él, con una sonrisa. Pero en uno de sus amagues, Andy resbaló y cayó al suelo, torcido, entre polvo y risas.

Kamila, que observaba desde la puerta, estalló en carcajadas.

—¡El gran defensor vencido por su propio hijo!

Ronaldo también reía, solo Andy parecia ofenderse.

—Ah, claro, se burlan del héroe caído… —dijo, levantándose con lentitud exagerada.

El niño se acercó, preocupado. —¿Te dolió, papá?

—No, hijo —respondió con una media sonrisa—. Solo me dolió el orgullo y entró a la casa sin decir más.

Kamila lo siguió, todavía divertida.

—¿Qué te pasa, amorcito? —le preguntó.

Andy no respondió. Cerró la puerta del dormitorio y cuando ella empujó para entrar, la risa se le congeló: velas rojas encendidas, pétalos de rosa formando un corazón sobre la cama, el aire impregnado de perfume dulce.




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