La noche apenas existía. La luna aparecía y desaparecía detrás de un cielo tan cargado que ninguna estrella conseguía mantenerse visible durante más de unos segundos. Cada vez que el viento descendía desde las colinas, arrastraba una cortina blanca que borraba el camino recién abierto por los primeros hombres de la columna. Minutos después, las huellas ya no estaban.
Un soldado dejó de caminar apoyó una mano sobre la cureña de un cañón para recuperar el equilibrio. Permaneció allí unos segundos, respirando sobre los dedos y cuando intentó volver a sujetar la cuerda que arrastraban entre cuatro hombres, la mano no respondió.
El artillero que marchaba detrás se acercó sin decir nada y le frotó los dedos con ambas manos; esperó y volvió a intentarlo. Finalmente desató una tira de tela de su propio cuello y comenzó a envolver aquella mano inmóvil mientras los demás seguían tirando del cañón.
Cuando terminaron, el hombre volvió a ocupar su lugar y la cuerda volvió a tensarse. El cañón avanzó unos metros más. A la izquierda del camino, un caballo permanecía inmóvil, cubierto por una capa de nieve que ya comenzaba a redondear el lomo. Uno de los soldados soltó la cuerda, se acercó al animal y retiró lentamente los arreos; el cuero crujió al desprenderse. Los dobló con cuidado y los cargó sobre el hombro. Miró unos segundos al caballo y luego regresó a la columna.
El viento apagó una de las antorchas, otra rafaga hizo lo mismo unos metros después. La oscuridad terminó de tragarse el bosque, solo quedaban los pequeños destellos anaranjados de las mechas con las que algunos granaderos protegían sus mosquetes debajo del abrigo. Uno de ellos detuvo el paso, sacó su arma y acercó el rostro. Golpeó dos veces el mecanismo con la palma y un pequeño trozo de hielo cayó sobre la nieve, entonces volvió a montar el arma. La llave apenas se movió; negó con la cabeza, la escondió otra vez bajo la capa y continuó caminando.
Un muchacho tropezó; la mochila de quien marchaba delante lo sostuvo por un instante, cuando recuperó el equilibrio, notó que el hombre al que se había sujetado ya no avanzaba.
—¿Compañero?
No obtuvo respuesta. Lo rodeó: Las pestañas del soldado estaban completamente blancas, permanecía de pie con ambas manos sujetando la correa del fusil, como si todavía estuviera marchando.
El muchacho tragó saliva y separó lentamente aquellas manos endurecidas para liberar el arma y la colgó sobre su propio hombro. Después acomodó el cuello del abrigo del desconocido para cubrirle el rostro y siguió caminando.
Un poco más atrás, dos hombres caminaban junto a una carreta: El de mayor edad abrió la tapa de una pequeña bolsa de cuero, metió la mano y la mantuvo dentro unos segundos y cuando volvió a sacarla, solo quedaban unas pocas semillas pegadas entre los dedos. Las observó y las dejó caer otra vez dentro de la bolsa. Más adelante, alguien vomitó. El sonido apenas logró imponerse al viento y continuaron avanzando.
La nieve ya cubría los cuerpos que habían quedado a un lado del camino durante la tarde, solo sobresalía una bota. Un soldado abandonó la formación unos segundos. Se arrodilló y tiró de ella, no salió y volvió a intentarlo con ambas manos, esta vez el pie apareció todavía dentro. Permaneció inmóvil unos instantes, después apoyó nuevamente la bota junto al cuerpo; cubrió ambos con nieve usando la pala de zapador y regresó a la columna.
A lo lejos, un cuerno rompió el silencio. El caballo avanzó unos cuantos pasos más antes de doblar lentamente las patas delanteras dejó de sostenerse y la carreta terminó inclinándose hacia un costado con un chirrido largo de madera. Cinco soldados acudieron inmediatamente, ninguno intentó levantar al animal. Uno comenzó a desabrochar los correajes; otro retiró los sacos de harina que aún quedaban secos; dos más colocaron los hombros bajo el eje de la carreta y el quinto esperó. Cuando el último arnés cayó sobre la nieve, ocupó el lugar que antes arrastraba el caballo, las cuerdas volvieron a tensarse y la carreta siguió avanzando.
Detrás de ella apareció un hombre caminando con la cabeza agachada, la barba ocultaba casi por completo el rostro y un abrigo, remendado tantas veces que apenas conservaba el color original, le caía sobre las rodillas; la mano izquierda sujetaba la vaina de una espada para impedir que golpeara constantemente contra la pierna al caminar. El hombre levantó apenas la vista y observó cómo la columna desaparecía entre la nieve, después giró hacia la retaguardia. Allí el camino era todavía más oscuro.
Un ayudante apareció corriendo, resbaló antes de llegar; apoyó una rodilla sobre el suelo.
—Mariscal...—respiraba con tanta fuerza que las palabras parecían romperse antes de salir.—Encontramos otro grupo.
El hombre siguió caminando.
—Quedaban cuatro, solo uno seguía respirando.
El Mariscal continuó en silencio. Un poco más adelante abandonaron el camino principal. Entre unos arbustos ennegrecidos por antiguas fogatas aparecieron tres cuerpos cubiertos con mantas; el cuarto aún respiraba, tenía los labios completamente amoratados, movía la boca una y otra vez, pero ninguna palabra conseguía salir.
Uno de los médicos intentó acercarle una cuchara de caldo y la mano comenzó a temblar tanto que el líquido terminó cayendo sobre la nieve. El hombre ni siquiera reaccionó.
El médico dejó la cuchara y acomodó la manta alrededor del cuello; permaneció unos segundos observándolo, después negó lentamente con la cabeza. Los cuatro soldados fueron cargados sobre la misma carreta que transportaba barriles vacíos y la columna volvió a ponerse en marcha.
Cuando regresaron al camino principal, el Mariscal se detuvo junto a una pequeña fogata; las llamas apenas sobrevivían y tres soldados permanecían alrededor: Uno de ellos sostenía un pequeño cuchillo.
El mariscal observó el trozo de carne que giraba lentamente sobre el fuego. El muchacho que sujetaba el cuchillo evitó levantar la vista. El silencio duró apenas unos segundos. El mariscal tomó un pedazo de madera encendida y lo acercó lentamente al fuego, esperó a que las llamas crecieran un poco más y dejó nuevamente el palo sobre el suelo. Continuó caminando.