La noche comenzaba a ceder, aunque el amanecer todavía no encontraba la forma de atravesar las montañas. La nieve seguía cayendo sobre los Alpes con una calma engañosa, casi silenciosa, ocultando bajo un mismo manto las huellas de hombres, caballos y cadáveres. El viento descendía por las laderas levantando remolinos blancos que borraban el camino apenas unos instantes después de que alguien lo recorriera.
Andy alcanzó la cima de la pequeña colina acompañado únicamente por el crujido de la nieve bajo sus botas. Se detuvo y respiró profundamente.
Muy lejos, apenas durante el tiempo que tarda un corazón en latir, una luz anaranjada rasgó la blancura. El fogonazo desapareció tan deprisa como había nacido. Varios segundos después el eco de un cañón llegó apagado, deformado por las montañas, como si la batalla se estuviera librando en otro lugar, en otra época.
Andy giró apenas el rostro intentando encontrar un segundo destello. Las pequeñas llamas de algunas casas de Lana permanecían inmóviles entre la niebla, diminutas, aisladas, suspendidas sobre un océano blanco que parecía no tener fondo.
A sus espaldas alguien resbaló al subir la pendiente. El ruido de unas piedras rodando se perdió enseguida bajo la nieve.
—...Mi senor...—La voz llegó antes que el hombre.
Andy no se volvió, continuó mirando el vacío. El oficial alcanzó la cima jadeando. Llevaba la manga desgarrada desde el hombro hasta el codo. El hielo se había adherido a la tela y cada respiración levantaba una pequeña nube de vapor frente a su rostro. Tardó unos segundos en recuperar el aliento.
—El general Davout... continúa resistiendo.
Las palabras quedaron suspendidas entre ambos y el oficial miró también hacia el valle, como si desde allí pudiera señalar el lugar exacto. Andy habló sin apartar la vista.
—¿Dónde?
El hombre tardó demasiado en responder, sus ojos recorrieron el horizonte una vez más.
—No... no lo sé, mi senor.
Abajo, junto a los cañones, varios artilleros permanecían inmóviles con las mechas apagadas entre los dedos. Uno limpiaba la nieve acumulada sobre la cureña con el borde del guante; otro esperaba junto a una bala sin decidirse a introducirla en la boca del cañón. Todos levantaban la vista una y otra vez hacia la colina, aguardando una orden que todavía no podía llegar.
—No se puede disparar contra aquello que no existe.—murmuro uno de los soldados
Por un instante pareció abrir un pequeño corredor entre la niebla. Andy levantó apenas el mentón...pero la abertura desapareció antes de mostrar nada. Entonces otro caballo emergió lentamente desde la pendiente, llegó con la cabeza baja, resoplando con dificultad. El jinete intentó desmontar y una de sus piernas cedió al tocar el suelo. Se sostuvo del cuello del animal hasta recuperar el equilibrio. Traía barro congelado hasta la cintura.
—Mi senor...—Necesitó varias respiraciones antes de continuar.—Masséna... debía aparecer por la izquierda.
Andy sintió cómo el único ojo que le quedaba recorría una vez más aquel vacío interminable. Muy a lo lejos volvió a encenderse un destello, después otro. El sonido tardó tanto en llegar que ambos parecían pertenecer a batallas distintas.
Andy deslizó la mano hasta el catalejo que colgaba de su cinturón, sus dedos se detuvieron sobre el cuero y no lo levantó.
Otro oficial apareció entre la nieve casi tropezando. La espada golpeaba contra su costado porque la vaina se había cubierto de hielo y ya no conseguía envainarla.
—Victor... cruzó el río.
Andy giró por primera vez.
—¿Con todo el cuerpo?
—No pude verlo.
Las palabras quedaron suspendidas mientras un nuevo cañonazo retumbaba entre las montañas. Andy volvió hacia el valle: Miles de hombres combatían allí abajo.
—Davout seguía esperando refuerzos.—bajo la mirada—Masséna no aparecía donde debía. —cerro su puno aplastando la nieve dentro—Victor había desaparecido tras el río.—suspiro—Y yo...solo eh alcanzado a distinguir las llamas lejanas de Lana flotando entre la niebla.
Apoyó una mano sobre la nieve endurecida y cerró el ojo durante un instante. Cuando volvió a abrirlo, el paisaje seguía exactamente igual: Las llamas de Lana seguían inmóviles entre la niebla, pequeñas, lejanas, casi irreales. Detrás de él, los artilleros aguardaban junto a las piezas con la misma paciencia con la que un cazador espera que el bosque revele a su presa. Nadie hablaba demasiado; el viento bastaba para llenar el silencio.
La montaña tembló, aquello nació desde mucho más abajo, como si las entrañas de la cordillera hubieran despertado de golpe. El suelo vibró bajo las botas y una fina lluvia de nieve cayó de las ramas desnudas.
Los caballos levantaron la cabeza al mismo tiempo; uno de ellos relinchó con violencia, tirando de las riendas hasta hacer caer a su jinete.
Cerca de los cañones, un atacador resbaló de unas manos entumecidas y rodó pendiente abajo.
Andy giró hacia el estruendo.
—¿Qué demonios fue eso...? —murmuró alguien a su espalda.
Los hombres intercambiaban miradas buscando una explicación que ninguno poseía. Algún artillero habló de un polvorín alcanzado por una granada; otro negó con la cabeza antes incluso de terminar de escucharlo. Aquella explosión había sido demasiado profunda, demasiado larga, demasiado viva.
Los segundos comenzaron a pesar hasta que un caballo apareció entre la bruma. Llegó cubierto de humo, con la espuma helada pegada al cuello y las crines salpicadas de tierra negra. El jinete apenas conseguía mantenerse sobre la silla. No redujo la marcha ni desmontó al alcanzar la colina, solo reunió el aire suficiente para gritar mientras seguía descendiendo.
—¡¡Es Soult!!
El nombre atravesó la línea de artillería como una chispa y otro soldado lo repitió.
—¡Es Soult!
—¡Es Soult!
—¡Es Soult!
El rumor corrió cuesta abajo entre las baterías. Algunos hombres comenzaron a sonreír por primera vez en semanas sin saber todavía qué había ocurrido. Bastaba aquel nombre para comprender que, en algún lugar oculto por la niebla, uno de los mariscales seguía golpeando.