El Mundo de las Mentiras Horrores de Guerra 2

Mezzolombardo

La primera luz de la mañana comenzó a deslizarse lentamente entre las montañas, durante semanas la niebla había convertido cada jornada en un muro blanco donde la guerra aparecía apenas en destellos de pólvora y sombras que desaparecían antes de poder distinguirse.

El río Noce descendía junto al camino como una larga cicatriz gris, rompiendo aquí y allá la costra de hielo que intentaba aprisionarlo. A la derecha, las laderas ascendían abruptamente entre bosques de abetos ennegrecidos por la nieve. Más allá, las montañas cerraban el horizonte como murallas levantadas por la propia naturaleza.

En medio de aquel corredor permanecía Mezzolombardo. Los primeros soldados redujeron el paso casi al mismo tiempo. Las puertas permanecían abiertas de par en par, golpeando lentamente contra las paredes cada vez que el viento atravesaba las calles: Un carro descansaba atravesado en mitad de la plaza principal, una de sus ruedas continuaba girando muy despacio, empujada únicamente por la corriente de aire que descendía desde las montañas.

Joshua observó el pueblo sin pronunciar palabra dejando a su caballo avanzar unos metros más, hasta que se detuvo en un matrorral. Detrás del emperador, la columna comenzó a entrar lentamente en Mezzolombardo. Los hombres caminaban con la cabeza baja, envueltos en capas remendadas una y otra vez durante la marcha. Muchos uniformes habían perdido hacía tiempo su color original bajo el barro, la sangre seca y el humo de incontables fogatas; algunos llevaban los pies envueltos en tiras de manta porque las botas ya no existían; otros sujetaban los fusiles con manos cubiertas por vendas donde antes hubo guantes.

Cuatro soldados abandonaron lentamente la columna, aunque ningún oficial les dio la orden, solo comenzaron a caminar más deprisa: Uno giró hacia una calle estrecha sin mirar atrás y otro cruzó la pequeña plaza, mientras que los otros dos siguieron caminos distintos, como si llevaran años recorriéndolos de memoria.

Uno de los soldados pasó junto a una fuente completamente congelada, su mano rozó distraídamente la piedra, mientras que sus dedos siguieron avanzando sobre el borde helado mientras sus ojos buscaban desesperadamente una fachada entre todas las demás. Se detuvo mirando pro el interior de una ventana, su respiración comenzó a hacerse más corta; apenas un murmullo escapó de sus labios.

—Mi madre...

Las calles comenzaron a vaciarse poco a poco, no porque el ejército abandonara Mezzolombardo, sino porque muchos soldados dejaron de marchar; uno desaparecía detrás de una puerta entreabierta, otro doblaba una esquina que reconocía, un tercero atravesaba un portón medio vencido por el invierno y cada uno cerraba tras de sí una parte del silencio que cubría el pueblo.

Joshua continuó avanzando sin ordenar que regresaran a filas. En una pequeña vivienda de piedra, un soldado empujó la puerta y encontró la mesa todavía puesta con cuatro platos, uno de ellos roto sobre el suelo, una cuchara junto al hogar y habitaciones vacías que parecían haber sido abandonadas en mitad de una conversación; recorrió cada rincón llamando a su madre hasta comprender que no encontraría un cuerpo ni una respuesta.

A pocas calles de allí, otro hombre se detuvo antes de entrar en una casa por el olor que escapaba desde dentro y, cuando finalmente cruzó el umbral, dejó caer el fusil al descubrir bajo una mesa dos cuerpos cubiertos parcialmente por una manta y un pequeño zapato infantil abandonado junto a ellos; levantó la mano para apartar la tela, pero no pudo hacerlo y terminó cerrando la puerta con cuidado, como si todavía hubiese alguien durmiendo.

Cerca de la iglesia, un tercero caminó entre los restos de una vivienda calcinada hasta encontrar una pared donde todavía se conservaban las pequeñas líneas de carbón con las que una familia había medido el crecimiento de una niña llamada Lucía, mientras junto al río otro soldado cayó de rodillas frente a un viejo chal doblado sobre una silla y comenzó a golpear el suelo con ambos puños sin pronunciar una sola palabra. Entonces llegaron los gritos, aunque no fueron órdenes ni alarmas, sino nombres lanzados desde una calle hacia otra, madres, esposas, hijos y hermanos repetidos una y otra vez esperando respuestas que nunca llegaban, hasta que durante unos minutos el ejército dejó de parecer una fuerza organizada y volvió a convertirse en lo que había sido antes de la guerra: miles de hombres intentando regresar a casa.

Joshua permaneció en mitad de la plaza escuchando aquellos nombres perderse entre las fachadas vacías, aunque su atención comenzó a desplazarse hacia otra cosa; recorrió con la mirada las ventanas, los tejados, el campanario, las colinas que dominaban el valle y finalmente el río, porque Mezzolombardo ofrecía demasiados lugares desde donde observar y demasiados desde donde ocultarse.

Abandonó la plaza y cabalgó hacia el extremo norte, donde las últimas casas cedían paso al campo abierto y el Noce descendía junto al camino arrastrando bloques de hielo bajo un viejo puente de piedra; desde allí siguió con los ojos la ladera opuesta, los bosques, las rocas y los senderos apenas visibles entre la nieve, después giró hacia las montañas que se levantaban demasiado cerca del pueblo y permaneció un largo rato observando la masa oscura de abetos sin descubrir humo, banderas ni movimiento alguno.

Precisamente aquella ausencia comenzó a inquietarlo, porque el viento que descendía de las alturas traía olor a madera quemada y un rastro más tenue de pólvora vieja, no la de una descarga reciente sino la que permanece adherida a la tierra después de varios días de combate.

Joshua desmontó, apartó con la mano una capa de nieve endurecida junto al camino y encontró debajo barro removido por centenares de ruedas y botas; un oficial se acercó, hundió dos dedos en una de las marcas y comprobó que la humedad todavía se conservaba bajo el hielo.

—¿Hace cuánto pasaron?



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En el texto hay: horror, guerras, política y supervivencia

Editado: 05.10.2026

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