El Mundo de las Mentiras Horrores de Guerra 2

Soldados de Cara a la Muerte

Fuera, el campamento continúa despierto a pesar de la noche. Entre las hileras de tiendas, herreros remachan herraduras bajo una luz rojiza que apenas vence la oscuridad. Los carros de munición llegan cubiertos de barro hasta los ejes y los caballos resoplan mientras el vapor escapa de sus hocicos. Cada cierto tiempo una rueda se atasca y varias manos acuden sin necesidad de recibir una orden. Más lejos, un cirujano abandona una tienda limpiándose las manos en un paño ennegrecido antes de dirigirse hacia otro herido. Sobre una mesa de madera descansa un mapa enorme del norte de Italia. Pequeñas piedras sujetan las esquinas para que el viento no lo cierre; alfileres de distintos colores marcan pueblos, puentes y cruces de caminos. Entre ellos se extienden hilos tensados que unen posiciones como si todo el continente hubiera quedado atrapado sobre aquella superficie. Otton permanece inclinado sobre el mapa desde hace varios minutos en silencio Con la punta de un compás mide la distancia entre dos pueblos. Después anota un número en una hoja y cambia el compás de sitio; vuelve a medir y borra una cifra con el pulgar y escribe otra. Los oficiales esperan de pie alrededor de la mesa. Charles mantiene un cilindro de pergaminos bajo el brazo. Blücher sostiene un cuaderno lleno de informes. Mack observa en silencio una pequeña caja con fichas de madera. Melas permanece inmóvil, con las manos apoyadas sobre el pomo del sable. Vonmirck revisa una lista escrita con una caligrafía diminuta mientras, al otro extremo de la tienda, un ayudante reemplaza una vela que acaba de consumirse por completo, solo cuando Otton deja el compás sobre la mesa levanta por primera vez la vista.

—Charles, comentame.

Charles desenrolla lentamente uno de los pergaminos.

—General... durante el traslado de la tercera batería perdimos tres cajas de munición de artillería.

—¿Dónde?

—En el camino de Lavis.

—¿Por qué?

Charles tarda apenas un instante en responder.

—Uno de los carros cedió al cruzar un puente de madera. El terreno estaba saturado por las lluvias. Recuperamos parte del contenido, pero el resto cayó al río antes de que pudiéramos asegurar la carga.

—¿Escolta?

—Cumplió con su deber.

—¿Emboscada?

—No.

—¿Sabotaje?

—No encontramos indicios.

Otton baja nuevamente la vista hacia el mapa, su dedo índice recorre lentamente la línea que representa el río. Después llega hasta la posición donde descansan las baterías.

—Treinta minutos.

Los generales intercambian una mirada. Otton toma una ficha negra y la desplaza unos centímetros sobre el mapa.

—Compénselo con la primera batería.

Charles asiente.

—Sí, mariscal.

Otton vuelve a apoyar ambas manos sobre la mesa. Las llamas de las velas proyectan sombras irregulares sobre los mapas mientras el viento hace vibrar la lona de la tienda. Afuera, un convoy continúa avanzando lentamente entre el barro. La lona de la tienda volvió a levantarse apenas unos centímetros cuando un ayudante dejó sobre la mesa otro cilindro de pergaminos todavía húmedo. La lluvia había terminado hacía varias horas, pero el barro seguía pegándose a las botas con la obstinación de quien no pensaba abandonar el campo de batalla tan pronto. Blücher tomó una de las pequeñas banderas de madera clavadas sobre el mapa y la desplazó apenas unos centímetros hacia el norte.

—Piero continúa avanzando.—su dedo permaneció inmóvil sobre la nueva posición.—Más lento de lo previsto.

Melas levantó apenas la vista.

—Las emperatrices.

Blücher asintió.

—Siguen obligándolo a desplegar tropas en cada pueblo importante.—el viejo general dejó escapar el aire lentamente mientras apoyaba ambas manos sobre la mesa.—No esperaba esto. Pensé que abandonarían las ciudades para concentrar todas sus fuerzas.—deslizó una pequeña ficha azul sobre una ruta secundaria.

—En cambio...—la dejó inmóvil.—Nos obligan a combatir por cada cruce de caminos.

Vonmirck levantó otro informe.

—Ayer incendiaron otro puente.

Mack añadió sin levantar demasiado la voz.

—Y retiraron las barcazas antes de abandonar el río.

Blücher pasó la mano sobre varias anotaciones escritas al margen del mapa.

—Nuestros zapadores ya repararon dos puentes.

Melas negó lentamente con la cabeza.

—Mientras reconstruimos uno...Ellas destruyen otro.

El sonido de una rueda atascándose llegó desde el exterior: Varios soldados comenzaron a empujar un carro mientras los caballos relinchaban bajo el esfuerzo. El chirrido húmedo de la madera atravesó la lona durante unos segundos antes de desaparecer otra vez entre las voces del campamento. Blücher continuó.

—No están intentando derrotarnos.—su dedo recorrió lentamente la ruta hacia Trento.—Solo necesitan retrasarnos.

Vonmirck dejó otro documento junto al mapa.

—Y lo están consiguiendo.

Melas tomó una pequeña regla de latón y calculó la distancia entre dos posiciones, después levantó apenas la mirada.

—Cada día que permanecemos aquí...—hizo una pausa.—Respiran un día más.

Mack desenrolló entonces un nuevo informe.

—Consumo de pólvora.

La dejó frente a Otton.

—Las baterías dispararon más de lo previsto durante los últimos cuatro días.

Charles levantó la cabeza.

—Las carreteras empiezan a resentirse.

—También los caballos —añadió Vonmirck.

Otro oficial intervino desde el fondo de la tienda.

—Hemos enterrado ciento diecisiete desde el inicio de la semana.

Se escuchó el roce del carbón cuando Otton corrigió una pequeña anotación sobre el mapa. Blücher volvió a señalar la posición de Piero.

—Si consigue romper este frente...—su dedo descendió lentamente hasta Mezzolombardo.—Se reunirá con Joshua.

Las llamas de las velas continuaban consumiéndose lentamente mientras el viento golpeaba la lona de la tienda. Desde el exterior llegaban voces apagadas, el crujido de una carreta descargando barriles y el resoplido cansado de los caballos que regresaban del frente. Mack tomó finalmente uno de los informes que permanecían cerrados sobre la mesa y lo dejó abierto junto al mapa: Había manchas de barro sobre varias líneas y la tinta se había corrido en algunos bordes, pero los nombres todavía podían distinguirse. Dercolo, Mezzolombardo, Tueno y Trento. Su dedo descendió lentamente hasta Dercolo.



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En el texto hay: horror, guerras, política y supervivencia

Editado: 10.09.2026

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