El Mundo de las Mentiras Horrores de Guerra 2

Joshua

El humo comenzaba a cubrir las últimas calles de Mezzolombardo. Las campanas de la iglesia habían dejado de sonar hacía ya mucho tiempo. Parte del campanario permanecía abierto como una herida, y desde lo alto caían lentamente piedras sueltas que desaparecían entre los incendios que consumían las casas cercanas

Joshua desmontó, su caballo respiraba con dificultad; tenía una larga herida sobre el cuello y pequeñas astillas de madera incrustadas entre la crin, consecuencia de la explosión que minutos antes había derribado una vivienda entera sobre la calle principal.

Un oficial se acercó corriendo.

—Majestad...

Joshua entregó las riendas sin mirarlo y tomó un mosquete que descansaba apoyado contra un muro ennegrecido por el humo. Comprobó la llave, después observó la calle:

[Todavia hay algo porque luchar...]

Acaricio su caballo mientras observaba a sus hombres

[Centurion acompaname una ultima vez...]

Compañías enteras aparecían entre el humo completamente mezcladas. Algunas conservaban sus estandartes; otras avanzaban únicamente siguiendo la voz de un sargento que intentaba mantener unida a una formación que había dejado de existir hacía mucho tiempo.

Cada esquina se convertía en una nueva línea; cada puerta abierta ocultaba otro grupo dispuesto a disparar antes de volver a retirarse unos metros más.

Joshua levantó la vista: El humo ocultaba casi todo el pueblo, solo podía distinguir el resplandor anaranjado de las llamas reflejándose sobre las fachadas todavía en pie.

Bessières apareció entre la niebla acompañado por varios jinetes de la Guardia Imperial, su caballo llegó cubierto de polvo y ceniza.

—Joshua.

Joshua volvió apenas la cabeza.

—¿Cuántos?

Bessières miró hacia la calle por la que acababan de retirarse.

—Los suficientes para seguir siendo un ejército.

Joshua asintió lentamente.

Un tambor descansaba boca abajo sobre el barro; un muchacho intentaba vendar el brazo de un compañero utilizando el jirón de una bandera; dos granaderos cargaban a un oficial cuya pierna apenas permanecía unida al cuerpo; un sacerdote caminaba entre ellos sosteniendo una pequeña cruz ennegrecida por el humo.

Joshua permaneció inmóvil

—Que sigan cruzando.

—¿Y usted?—dijo Bessières

Joshua no respondió. A lo lejos, los disparos comenzaban a acercarse otra vez.

[Otton ya había roto la siguiente línea.]

Un capitán apareció jadeando desde la calle del molino.

—¡La última compañía ya se repliega!

Joshua levantó el mosquete.

—Cubridlos.

Los hombres de la Guardia Imperial ocuparon inmediatamente las ventanas y las esquinas que todavía permanecían en pie. Las primeras siluetas enemigas aparecieron entre el humo. Dispararon...retrocedieron y volvieron a disparar.

Bessières volvió a acercarse y esta vez habló con mucha menos firmeza.

—Joshua...

Joshua observó cómo otra columna de soldados desaparecía camino al estrecho. Muchos ni siquiera miraban atrás.

Joshua dejó escapar lentamente el aire.

[Hermanos, los veo luego.]

—Mis hombres.

Y comenzó a caminar hacia la línea de fuego.

Bessières dio un paso tras él.

—¡Majestad!

Joshua siguió avanzando. La Guardia Imperial no necesitó recibir otra orden. Uno tras otro, sus veteranos abandonaron la relativa seguridad del cruce y ocuparon nuevamente las primeras posiciones, formando alrededor de su emperador un último muro de acero y humo mientras, detrás de ellos, los restos del ejército imperial continuaban retirándose hacia el estrecho.

Las calles desaparecían bajo una mezcla de humo, vigas caídas y paredes abiertas por la artillería. Allí donde unas horas antes existían corrales y huertos ahora solo quedaban montones de madera ardiendo que obligaban a los hombres a rodearlos mientras seguían combatiendo.

Otton apenas podía distinguir unos metros delante de su caballo. El aire quemaba la garganta, cada respiración arrastraba ceniza y cada exhalación desaparecía inmediatamente entre el humo.

—¡Mariscal!

Un capitán señaló hacia la plaza.

—¡Retroceden!

Otton levantó el catalejo. A través del cristal comenzó a distinguir columnas imperiales abandonando lentamente el pueblo.

[Joshua seguía dirigiendo la retirada. No estan desesperados por ahora.]

Otton bajó el catalejo. Entonces apareció Mack, su caballería irrumpió por la ribera levantando barro y agua a cada paso. Los caballos llegaban cubiertos de sangre seca y espuma. Muchos jinetes habían perdido los penachos de los cascos; otros sostenían las riendas únicamente con una mano mientras la otra presionaba heridas improvisadamente vendadas.

No disminuyeron la marcha. Atravesaron los últimos sembrados buscando cerrar el estrecho antes de que los imperiales terminaran de cruzarlo.

Schwa ya combatía al otro lado y los disparos comenzaron a multiplicarse. El humo ocultó nuevamente el valle y las órdenes dejaron de distinguirse.

Otton espoleó el caballo. Las primeras casas quedaron atrás. Entró finalmente en la plaza principal: Un carro de municiones seguía ardiendo junto a la fuente mientras varios heridos intentaban arrastrarse lejos de las llamas.

Un ayudante apareció jadeando.

—¡General Mack informa que el estrecho casi está cerrado!

Otton asintió. Entonces escuchó un grito.

—¡¡ALLÍ!!

La voz de Mack atravesó el ruido del combate.

—¡¡ALLÍ ESTÁ EL EMPERADOR!!

Decenas de soldados volvieron la cabeza al mismo tiempo. Entre el humo apareció una pequeña agrupación de jinetes cubiertos por los últimos guardias imperiales. Combatían retrocediendo, cada pocos metros uno desmontaba para cubrir a los demás antes de volver a montar cuando la siguiente línea ocupaba su lugar.

Otton apenas alcanzó a distinguir una capa oscura entre ellos, no podía asegurar quién era, solo veía hombres luchando desesperadamente para abrir un camino.



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En el texto hay: horror, guerras, política y supervivencia

Editado: 10.09.2026

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