El Mundo de las Mentiras Horrores de Guerra 2

Te Amo Hermanito

La manana comenzaron a cubrir el valle mientras el humo de Mezzolombardo seguía elevándose en columnas delgadas que el viento empujaba hacia el norte. Allí donde durante la madrugada habían rugido los cañones, ahora solo permanecían los golpes rítmicos de los zapadores levantando cruces provisionales y el murmullo apagado de los sacerdotes que caminaban entre los muertos. Draeikos no volvió a la colina, desde donde se encontraba bastaba una mirada para comprender que aquel lugar no debía ser interrumpido. El mariscal entró lentamente en una pequeña tienda levantada con lonas rescatadas del tren de suministros, sobre una mesa improvisada descansaban mapas, listas de bajas y varios informes que todavía esperaban ser revisados. Los apartó con una mano y pidió papel, tinta y una pluma; el ayudante dejó todo frente a él, después salió sin pronunciar una palabra. Draeikos permaneció largo rato observando la hoja en blanco, mojó la pluma y la apoyó sobre el papel. Se detuvo y la retiró nuevamente. Afuera, un herrero continuaba golpeando una rueda deformada por la batalla. Más lejos, los cirujanos seguían trabajando bajo la luz temblorosa de varias lámparas de aceite. Los carros no dejaban de llegar con nuevos heridos encontrados entre las ruinas. Draeikos volvió a tomar la pluma y esta vez escribió:

"Majestad."—la tinta tardó unos segundos en secarse, continuó:—"Lamento profundamente que estas palabras deban llegar hasta vos por mi mano."—volvió a detenerse y cerró los ojos; terminando la carta y la dobló y la selló conla cera personal del ejército imperial.

Cuando salió de la tienda, un jinete ya esperaba con el caballo preparado, era joven; todavía llevaba polvo de la batalla sobre el uniforme. Draeikos le entregó la carta con ambas manos:

—No te detengas.

El muchacho inclinó la cabeza y guardó la carta bajo la guerrera, junto al pecho; montó de un solo impulso y el caballo relinchó suavemente y después emprendió el galope, atravesando el campamento, luego el valle y finalmente desapareció entre el camino que conducía hacia el norte, donde Andy seguía reorganizando a un ejército que aún ignoraba que acababa de perder a uno de sus hermanos. Draeikos permaneció inmóvil hasta que dejó de escuchar los cascos, solo entonces volvió lentamente la vista hacia la colina y desde la distancia todavía podía distinguir dos siluetas; el viento recorrió una vez más Mezzolombardo apagando algunas hogueras e hizo oscilar las cruces recién clavadas en la tierra. Un sendero estrecho que descendía lentamente entre praderas cubiertas por pequeñas flores silvestres fue alcanzado por ese mismo aire. La brisa movía con suavidad las ramas de los álamos que bordeaban el camino mientras el murmullo de un arroyo acompañaba cada paso como una melodía olvidada hacía demasiado tiempo. Andy caminaba sin armadura, las botas ya no pesaban, sus manos no estaban cubiertas por cicatrices recientes ni por la suciedad de la campaña. Respiró profundamente, el olor de la tierra húmeda reemplazaba al de la pólvora, y durante unos instantes le costó recordar que alguna vez hubiera existido una guerra. Entonces la vio al otro lado del puente de madera: Kamila permanecía inmóvil, observándolo con aquella serenidad que el tiempo jamás había conseguido borrar de su memoria. El viento levantaba algunos mechones de su cabello mientras el sol de la tarde iluminaba suavemente su rostro. Ella sonrió aquella pequeña sonrisa bastó para derrumbar años enteros de ausencia. Él comenzó a avanzar, el puente crujió bajo sus pasos, pero ya no le importaba. Cuando llegó frente a ella, la abrazó con fuerza, como si temiera que el mundo volviera a arrebatársela. Kamila respondió al abrazo y Andy cerró los ojos. Durante varios segundos no existió nada más, solo el latido tranquilo de dos personas que por fin habían vuelto a encontrarse. Cuando separó apenas el rostro, la besó. Fue un beso breve, torpe, como el de alguien que había esperado demasiado tiempo para volver a hacerlo. Kamila apoyó lentamente la frente sobre la suya y Andy sonrió; quiso decir tantas cosas que ninguna consiguió salir. Entonces sintió el frío. Al principio fue apenas una sensación leve, como el agua helada de un río rozando las manos, pero continuó abrazándola y aquel frío cada vez aumentaba mas. Atravesó la tela de la ropa y le recorrió los brazos, la espalda y el pecho. Kamila no se movía, seguía abrazándolo. Andy intentó apartarse apenas unos centímetros, no pudo. Volvió a mirarla, la sonrisa permanecía allí, pero algo había cambiado:Una fina capa de escarcha comenzaba a cubrir lentamente las puntas de su cabello. Él parpadeó, pensó que era un reflejo del sol. Después apareció sobre sus pestañas, sobre sus mejillas y sobre sus labios.

—Kamila...

Ella no respondió y el hielo continuó extendiéndose. Descendió por el cuello con una lentitud insoportable; cubrió sus hombros. Después los brazos que todavía rodeaban a Andy comenzaron a endurecerse hasta perder todo movimiento. Él retrocedió bruscamente y las manos permanecieron unidas.

—No...

Andy intentó liberarla, golpeó desesperadamente la escarcha con los nudillos y pequeños fragmentos cristalinos cayeron al suelo, pero debajo aparecía más hielo y cada segundo la inmovilidad avanzaba un poco más. Todo quedó atrapado bajo una transparencia azulada que reflejaba la luz del atardecer.

—¡Kamila!

Golpeó otra vez y sintió cómo la piel de sus manos comenzaba a abrirse; la sangre quedó pegada sobre el hielo. El viento dejó de ser cálido, las flores desaparecieron bajo una capa de nieve, el puente comenzó a agrietarse y el arroyo dejó de correr. Todo el paisaje empezó a congelarse al mismo ritmo que ella. Andy apoyó ambas manos sobre aquel bloque de hielo, su respiración empañó durante un instante la superficie transparente. Detrás, Kamila seguía observándolo y un estremecimiento atravesó todo su cuerpo y abrió los ojos de golpe. La oscuridad de la tienda sustituyó al valle, su respiración era agitada. Las mantas apenas conseguían contener el temblor que recorría sus brazos. El aire helado se colaba por las costuras del lienzo con la misma facilidad con la que el hielo había invadido su sueño. Durante unos segundos permaneció inmóvil, intentando distinguir qué parte seguía perteneciendo a la pesadilla y cuál a la realidad. Afuera, el viento golpeaba las lonas del campamento y, a lo lejos, alguien volvió a toser. El frío seguía aferrado a su cuerpo como si hubiese despertado dentro del mismo hielo que acababa de aprisionar a Kamila. Intentó incorporarse, pero un dolor agudo recorrió inmediatamente sus hombros y descendió hasta la espalda; permaneció sentado sobre el improvisado catre mientras el vapor de su aliento se disipaba lentamente dentro de la tienda. La lona de la entrada se abrió apenas unos centímetros y un médico de campaña ingresó acompañado por un joven practicante que sostenía una pequeña caja de madera, el apoyo una mano sobre la frente de Andy y después sobre su cuello.



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En el texto hay: horror, guerras, política y supervivencia

Editado: 05.10.2026

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