El alba encontró a Roma despierta, mucho antes de que el sol lograra atravesar las nubes del invierno, los primeros golpes de los martillos ya recorrían las murallas; el sonido se propagaba entre las calles estrechas, rebotaba contra las fachadas de piedra y terminaba perdiéndose entre las torres que vigilaban el horizonte del norte. Sobre las murallas, cuadrillas enteras colocaban nuevas empalizadas de madera. Los carpinteros reforzaban las plataformas donde pronto descansarían los cañones, mientras varios herreros clavaban largas grapas de hierro en las viejas piedras que los siglos habían desgastado. Nadie permanecía inmóvil.
Las puertas principales permanecían abiertas y por ellas entraban incesantemente carretas procedentes de los pueblos vecinos, transportando trigo o barriles de agua. Muchas llegaban cargadas únicamente con familias; niños que abrazaban gallinas contra el pecho, ancianas que sostenían pequeñas imágenes religiosas envueltas en mantas, hombres que empujaban carros donde toda una vida cabía dentro de tres cofres mal cerrados. Al cruzar la puerta buscaban un lugar donde continuar siendo útiles. En la plaza principal, decenas de mujeres cosían grandes paños rojinegros que el viento hacía ondear antes incluso de quedar terminados. Varias muchachas remendaban uniformes alrededor de improvisadas mesas de madera, mientras un grupo de niños enrollaba cuidadosamente vendas que después serían enviadas a los hospitales.
Muy cerca de allí, el humo ascendía desde las fraguas. Las campanas rotas de una pequeña capilla eran fundidas lentamente dentro de enormes crisoles; el bronce líquido recorría estrechos canales de arena hasta llenar moldes donde pronto nacerían nuevas piezas de artillería. Un sacerdote observó el metal incandescente y se quitó lentamente el crucifijo del cuello, depositandolo junto a las demás piezas destinadas a la fundición, volviendo al trabajo sin pronunciar una sola palabra.
En otra calle, varios muchachos transportaban sacos de arena hacia las ventanas de los edificios más altos, colocaban uno junto a otro formando gruesos parapetos. Un veterano corregía pacientemente la altura de cada barricada, moviendo con las manos algún saco que había quedado mal colocado.
Frente al antiguo palacio imperial; mensajeros entraban y salían constantemente, oficiales discutían alrededor de enormes mapas extendidos sobre mesas improvisadas. Caballos cubiertos de espuma llegaban desde distintos caminos de Italia antes de volver a partir pocos minutos después. Sobre el edificio, el águila imperial ondeaba lentamente descansando a media asta; el viento agitaba sus alas negras con una lentitud solemne. Un niño que ayudaba a transportar tablones levantó la vista tirando suavemente de la manga del anciano que caminaba junto a él.
—¿Por qué la bajaron?
El viejo dejó el tablón en el suelo y miró la bandera durante unos segundos; sus manos conservaban cicatrices.
—Porque uno de los emperadores ya no volverá.
El niño volvió a mirar el águila y reanudó el camino sujetando nuevamente el tablón entre los brazos.
Desde la torre septentrional del palacio imperial, Roma parecía respirar al ritmo de miles de personas y alli el viento agitaba la capa de Yesenia mientras recorría con la mirada las murallas, las calles y los caminos que convergían sobre la capital. Entre sus manos sostenía un pequeño cuaderno de tapas oscuras; cada pocas líneas levantaba la vista. A unos cien pasos de la puerta norte, varias compañías cavaban una segunda línea de trincheras. Más allá, donde el terreno comenzaba a elevarse, cuadrillas de ingenieros marcaban con estacas los lugares donde serían enterradas nuevas estacas defensivas.
Yesenia pasó la página. "El enemigo deberá desplegar aquí la artillería." Levantó la vista y observó el desnivel, negó suavemente con la cabeza y tachó la anotación. "No." "Demasiado expuesto." Caminó lentamente hasta el otro extremo de la torre y desde allí el río describía una amplia curva antes de desaparecer entre los árboles.
[Si Otton cruzaba por allí... No. El cauce era demasiado profundo para improvisar un puente bajo el fuego de la ciudad.]
Volvió a escribir. "Mantener una batería sobre el margen occidental." Guardó el lápiz y observo los almacenes: decenas de hombres descargaban sacos de trigo, clasificando barriles de pólvora bajo la supervisión de artilleros que revisaban uno por uno los sellos de cera y una fila de muchachos transportaba cubos de agua hacia las cisternas, mientras que otro llenaban depósitos de arena. Más allá, médicos militares organizaban largas filas de camillas dentro de un antiguo monasterio y una voz surgió detrás de ella.
—¿Ha encontrado algo?—dijo Nazarent
—Tres lugares.—señaló una calle estrecha.—Aquí pueden romper nuestra línea con artillería.—movió el lápiz unos centímetros.—Aquí pueden ocultar infantería antes del asalto.—señaló el extremo oriental de la muralla.—Y aquí... Si yo fuera Otton... esperaría la noche.
Un grupo de campanas comenzó a sonar desde distintos puntos de la ciudad: marcaban el cambio de turno de quienes trabajaban en las fortificaciones; los obreros descendían de las murallas y otros empezaban a ocupar su lugar.
Un jinete cruzaba el camino principal cubierto de barro hasta la cinturañ el caballo respiraba con violencia y apenas conseguía mantener el paso al atravesar la puerta norte y apenas consiguió detenerse antes de desplomarse sobre las rodillas. El mensajero cayó junto a él e intentó incorporarse inmediatamente, dos soldados lo sostuvieron antes de que volviera a caer. Desde la torre, Yesenia ya caminaba hacia la escalera junto con Nazaret. Cuando llegaron al patio principal, el mensajero ya había recuperado el aliento suficiente para mantenerse de pie. Balu apareció casi al mismo tiempo desde el extremo opuesto del patio, tomó el mapa que el mensajero llevaba protegido dentro de un cilindro de cuero y lo abrió sobre un barril. Recorrió lentamente el dibujo con un dedo ennegrecido por el polvo del camino y se detuvo.