El humo de Verona aún seguía adherido a los uniformes y las columnas avanzaban lentamente por el camino embarrado que conducía hacia Mantua, las últimas lluvias habían convertido la carretera en una sucesión interminable de surcos donde las ruedas de los cañones quedaban atrapadas una y otra vez. Cada pocos metros era necesario desmontar, empujar y volver a colocar los ejes mientras los caballos resoplaban con espuma mezclada entre el barro.
Un soldado apoyó el hombro contra una cureña hasta conseguir liberarla del fango, sus manos estaban abiertas por las ampollas y la sangre se mezclaba con la tierra húmeda sin que él pareciera notarlo. A su lado, otro hombre recogió lentamente la herradura que acababa de desprenderse de uno de los caballos; se arrodilló allí mismo, sacó un pequeño martillo de su mochila y comenzó a colocarla nuevamente mientras el animal permanecía inmóvil, demasiado agotado incluso para resistirse.
Más atrás avanzaban las carretas de los heridos que apenas conservaban dos ruedas y los hombres tendidos sobre ellas no hablaban; muchos permanecían mirando el cielo gris que cubría toda la llanura italiana, mientras otros sostenían cartas arrugadas entre los dedos. Un muchacho de barba apenas naciente caminaba junto a la carreta donde viajaba un veterano con el brazo vendado.
—¿Cuánto falta?
El veterano tardó unos segundos en responder. No levantó la vista.
—Demasiado.
Continuaron caminando. Delante de ellos aparecieron las primeras tiendas del campamento y las largas filas empezaron a dominar el panorama por una ración caliente. Un cocinero removía lentamente una enorme olla suspendida sobre el fuego; la sopa era espesa únicamente por la cantidad de agua que había absorbido el pan endurecido y cada soldado recibía un cucharón.
Uno de ellos observó el contenido de su cuenco y después miró hacia el humo que todavía ascendía en el horizonte. Muy cerca del fuego, dos soldados intentaban secar sus botas. Uno de ellos sostuvo la suela desprendida entre las manos y sonrió sin alegría.
—Estas llegaron más lejos que yo.
El otro soltó una breve risa.
—Cuando volvamos... mi hija ya debe caminar.
El primero continuó observando la bota y acercó nuevamente la aguja al cuero.
—Si volvemos.
El viento cruzó el campamento levantando el olor húmedo de los uniformes, de la leña verde y de los caballos exhaustos. Un grupo de reemplazos pasó junto a ellos: muchachos demasiado jóvenes cuyos uniformes todavía conservaban el color original.
En el extremo del campamento, varios zapadores descargaban tablones, picos y palas, preparando los puentes. Más allá, la artillería revisaba una por una las cajas de munición capturadas en Verona; cada proyectil era contado y cada barril de pólvora, inspeccionado y mientras la tarde comenzaba a extinguirse detrás de las nubes, miles de hombres continuaban llegando al campamento con el mismo paso lento
La oscuridad terminó de envolver el campamento y las fogatas comenzaron a multiplicarse entre las tiendas mientras las últimas columnas encontraban un lugar donde descansar. Algunos soldados se dejaban caer sobre el suelo sin siquiera quitarse la mochila; otros permanecían sentados alrededor del fuego, calentando las manos ennegrecidas por el barro.
En el centro del campamento apareció un pequeño grupo de oficiales; uno de ellos llevaba varios pliegos enrollados bajo el brazo y clavó un farol en el suelo y, poco a poco, los soldados comenzaron a acercarse. El oficial desenrolló el documento...durante unos segundos solo pudo escucharse el chisporroteo de la leña.
—Por orden del mariscal Otton...—las conversaciones fueron apagándose, incluso los caballos parecieron aquietarse.—Nuestro querido mariscal Blücher entregó su vida durante la heroica ofensiva sobre Mezzolombardo, víctima del despiadado bombardeo enemigo mientras dirigía personalmente a sus hombres desde las colinas...su sacrificio permitió quebrar las defensas imperiales y abrir el camino hacia Italia. Que su muerte sea recordada como ejemplo de valor y de entrega a nuestra patria.
Un veterano se quitó lentamente la gorra y la sostuvo entre las manos durante unos segundos.
—Brindé con él... en Germania.
Otro soldado escarbó distraídamente el barro con la punta de una rama.
—Dicen que nunca abandonó a sus hombres.
El primero asintió.
—Por eso murió.
Las palabras quedaron suspendidas entre ambos. A lo lejos, alguien comenzó a entonar una vieja marcha militar; la voz era débil, pero poco a poco otros se fueron unieron, tal vez cantaban porque conocían la letra y era más sencillo seguir una melodía que quedarse pensando. Mientras la canción recorría lentamente el campamento, el retrato de Blücher fue colocado junto al mástil principal con una pequeña cinta negra que fue anudada alrededor del marco. Algunos soldados levantaron dos dedos hacia la frente al pasar; otros simplemente inclinaron la cabeza.
El amanecer encontró el campamento cubierto por una niebla baja, ya las fogatas de la noche anterior se habían reducido a montículos de ceniza gris; muchos soldados aún permanecían dormidos junto a ellas, abrazando el fusil como si fuera una manta más; otros ya formaban largas filas frente a las cocinas de campaña.
Las ollas volvieron a abrirse y el vapor escapó lentamente hacia el cielo; cada hombre extendía su cuenco con la misma paciencia con la que un campesino esperaba la lluvia. Un oficial pasó montado entre ellos, repitiendo el mismo mensaje en cada compañía.
—La paga llegará cuando termine la campaña.
Un soldado removía lentamente el contenido de su cuenco con un trozo de pan endurecido. Frente a él, un muchacho observó el pequeño saco de monedas vacío que llevaba sujeto al cinturón. Lo abrió, volvió a cerrarlo y después siguió comiendo. El veterano sentado a su lado habló sin levantar la cabeza.
—¿Cuántos meses?
El muchacho tardó unos segundos en comprender la pregunta.