La nieve había dejado de caer hacía apenas unos minutos, no porque el cielo hubiese tenido compasión de los hombres, sino porque el viento había decidido empujar las nubes hacia las montañas que rodeaban Mantua. El aire seguía mordiendo la piel con la misma violencia con cada respiración que escapaba convertida en una nube blanca que desaparecía tan rápido como nacía. Las herraduras permanecían inmóviles sobre el sendero, la Reserva de Caballería aguardaba en completo silencio. Murat permanecía montado sobre su alazán, con ambas manos apoyadas sobre la empuñadura del sable todavía enfundado. Su mirada recorría lentamente la pendiente que descendía hasta la carretera principal. Más allá, una inmensa pared gris que parecía tragarse el mundo y su alrededor, cientos de jinetes esperaban exactamente igual. Uno de los caballos dobló lentamente las patas delanteras antes de desplomarse sobre la nieve endurecida y el jinete descendió de inmediato limitandose limitó a acariciar el cuello mientras el animal exhalaba una última nube de vapor y sin decir palabra, comenzó a retirar la silla de montar. Un herrador pasó junto a ellos llevando varias herraduras sujetas por una cuerda.
—Servirán para otro.
Más atrás, varios soldados golpeaban lentamente sus botas contra unas piedras para desprender el hielo acumulado en las suelas. Uno de ellos sonrió con cansancio.
—Cuando vuelva... jamás volveré a quejarme del barro.
Su compañero soltó una breve risa.
—¿Todavía piensas volver?
El hombre permaneció unos segundos observando la neblina y sacó del bolsillo interior de la guerrera una pequeña cinta azul limpiandola cuidadosamente con el pulgar.
—Mi hija me la dio antes de partir. Dice que trae suerte.
El otro la contempló un momento.
—Entonces guárdala bien, porque aquí la vamos a necesitar todos.
El silencio volvió a extenderse entre los escuadrones; permaneciendo el sonido de los caballos respirando y, muy a lo lejos, algún cañón cuya detonación llegaba amortiguada por la niebla. Las manos de Murat buscaban cualquier ocupación.
[Paciencia Murat; la carga sera decisiva y tu la comandaras.]
Giró ligeramente la cabeza y varios cientos de metros distinguió otra masa oscura de caballos completamente inmóviles. Un capitán acercó lentamente su caballo hasta el de Murat.
—Mariscal...
Murat no apartó la vista del valle.
—¿Sí?
—¿Cree que hoy termine todo?
El mariscal observó cómo el viento levantaba pequeños remolinos de nieve sobre el camino y bajó lentamente la mirada hacia las huellas congeladas que cientos de caballos habían dejado durante la noche.
—No. Hoy solo decidirán quién seguirá teniendo fuerzas para continuar mañana.
El oficial asintió en silencio y el viento volvió a soplar con fuerza; las capas comenzaron a agitarse junto al relichar de los caballos.
—Tenemos solo una oportunidad—dijo Murat mientras soplaba sus manos.—Debemos atacar como si nuestra vida dependiera de ello.
—Y, realmente depende de ello—contesto el capitan.
Los hombres dejaron de mirar el horizonte para concentrarse en pequeñas tareas que mantuvieran las manos ocupadas. Unos ajustaban por tercera vez las correas de las montura; otros retiraban con la punta del cuchillo el hielo acumulado sobre las hebillas. Los caballos, permanecían con la cabeza baja, respirando lentamente mientras el vapor escapaba de sus fosas nasales. Murat seguía montado, no había cambiado de posición desde que anocheció, con sus ojos fijos en aquella inmensa pared blanca que ocultaba completamente el campo de batalla. A lo lejos...Boom. El sonido viajó lentamente por el valle y las montañas lo devolvieron varias veces antes de desaparecer.
Los caballos levantaron las orejas y los hombres intercambiaron miradas. Un jinete sonrió con nerviosismo.
—Ya empezó.
Nadie respondió. Pasaron los minutos y el frío continuó adueñándose del sendero. El mismo oficial volvió a acercarse lentamente.
—Mariscal...
Murat negó con la cabeza antes de que terminara de hablar.
—Todavía no.
El oficial retrocedió.
Los minutos comenzaron a hacerse eternos. Ya muy lejos, el eco de algunos mosquetes alcanzaba débilmente las montaña, después volvía el silencio.
Un caballo relinchó y su jinete descendió para tranquilizarlo, hablandole al oído como si intentara convencer también a su propio corazón.
Un cañón disparó desde algún punto oculto del frente y el proyectil ascendió describiendo un amplio arco por encima de la neblina. Durante un instante pareció una estrella cruzando el amanecer estallando al tocar el cielo. Decenas de destellos rojos, dorados y blancos iluminaron las nubes bajas; los reflejos se multiplicaron sobre la nieve, incluso los caballos levantaron la cabeza.
Murat desenvainó lentamente el sable, el acero reflejó por un instante los últimos destellos del fuego artificial. Giró el caballo y recorrió con la mirada a toda la reserva y levantó el sable hacia el valle.
—Ahora.
La palabra apenas fue más fuerte que el viento y miles de espuelas golpearon los costados de los caballos casi al mismo tiempo.
Las primeras filas descendieron por la pendiente levantando nieve y barro; el sonido de cientos de cascos terminó por devorar cualquier otro ruido. A través de la neblina, apenas visible entre las sombras, otra columna de caballería inició también su descenso.
La pendiente, endurecida por el hielo de la madrugada, permitía que los caballos ganaran velocidad sin apenas esfuerzo. La neblina seguía ocultándolo todo. Murat apenas distinguía las primeras filas de su propia caballería; más allá solo existía una inmensa pared gris donde el estruendo de los cañones parecía rebotar una y otra vez.
Entonces aparecieron las primeras siluetas: Soldados que corrían de un lado a otro, junto a carretas y piezas de artilleria
Las lanzas quebraron las primeras filas antes incluso de que los mosquetes pudieran elevarse. Un artillero alcanzó a prender la mecha de un cañón, pero un caballo lo arrolló contra la cureña antes de que el disparo saliera. Otro soldado intentó girar la pieza hacia la pendiente; la rueda quedó atrapada en el barro y el cañón terminó volcándose bajo el peso de los animales desbocados.