Munich tardó semanas en dejar de ocupar todas las conversaciones de París, no porque Francia hubiera comprendido finalmente lo ocurrido, sino porque aparecieron problemas nuevos suficientes para obligarla a hablar de otras cosas. Los primeros días estuvieron llenos de versiones incompatibles; había periódicos que hablaban de una derrota grave y otros que describían una retirada estratégica. Algunos afirmaban que el ejército había sido destruido; otros, que Piero reorganizaba sus fuerzas y volvería a avanzar en cuanto recibiera refuerzos. Los nombres de los mariscales aparecían y desaparecían de las listas según llegaban nuevos despachos. Un hombre podía acostarse creyendo muerto a su hermano y despertarse al día siguiente con un periódico asegurando que su división había cruzado los Alpes. Talleyrand dejó de corregir cada rumor y descubrió pronto que era imposible; se limitó a impedir que el gobierno convirtiera rumores propios en información oficial y pidió a Lefebvre que las calles permanecieran abiertas mientras no existiera una amenaza real contra el orden.
Las manifestaciones disminuyeron, pero los insultos contra Piero continuaron escritos en paredes. El apodo de los sentimentales sobrevivió a Munich y empezó a aparecer incluso en conversaciones donde semanas antes nadie se habría atrevido a pronunciarlo delante de un oficial. Los detractores repetían que Francia había enviado a su emperador, sus mejores hombres y buena parte de sus recursos detrás de una familia, mientras que los partidarios de Piero respondían señalando que Germania seguía siendo una amenaza y que una derrota no borraba todo lo conseguido antes. En las tabernas aquellas discusiones podían terminar con una mesa volcada y en el Consejo terminaban con votaciones aplazadas; en ambos lugares el problema era el mismo: nadie poseía suficiente información para demostrar completamente que tenía razón.
Talleyrand intentó aprovechar aquella incertidumbre y durante varias semanas no escribió a Piero, no por resentimiento ante el silencio sobre Oudinot, tampoco porque hubiera dejado de preocuparle la situación; hizo exactamente lo contrario: decidió comportarse como si todavía fuera posible salvar políticamente el reinado sin exigir nada irreversible. Habló con periódicos que criticaban al emperador y les recordó que una Francia debilitada por una crisis interna podía ser mucho más atractiva para Austria o Gran Bretaña que cualquier derrota sufrida en Germania. Visitó comerciantes cuyas rutas habían sido alteradas por la guerra y consiguió que algunos aceptaran esperar antes de apoyar públicamente a los opositores. Permitió que varios miembros del Consejo atacaran la conducción de la campaña siempre que distinguieran al gobierno del Estado. No defendía cada decisión de Piero. En ocasiones ni siquiera intentaba defenderlo. Su prioridad era impedir que el rechazo hacia un hombre se convirtiera en rechazo hacia todas las instituciones que seguían funcionando en su nombre.
Lefebvre no comprendía siempre aquella estrategia.
—Los deja insultarlo.—Talleyrand siguió escribiendo.—No está aquí para escucharlo.
—Yo sí.—Respondio Talleyrand
—Entonces procure no tomárselo personalmente.—respondio Lefebvre quien caminaba alrededor de la mesa.—Ayer quemaron otro retrato.
—Es más barato que quemar un ministerio.
El mariscal se detuvo.
—Algún día va a decir algo que consiga que lo golpee.
Talleyrand levantó la mirada.
—Ese día al menos sabré que todavía conserva energía.—Talleyrand dejó la pluma.—No necesito que París ame a Piero.
—Es su emperador.
—Precisamente. El amor es una forma muy poco estable de gobierno.
—¿Entonces qué necesita?
—Que no considere necesario destruirlo antes de que vuelva.
Lefebvre miró hacia la ventana.
—¿Y va a volver?
Talleyrand tardó.
—Eso espero.
Aquella respuesta era todavía sincera. Por entonces seguía creyendo que había una salida relativamente sencilla. Terminar la campaña, recuperar parte del prestigio perdido, regresar a París y reorganizar el gobierno. Dejar que pasaran meses suficientes para que Munich se convirtiera en una batalla y no en la palabra con la que se explicaba todo. Era difícil, pero no imposible.
Nazaret ayudaba precisamente porque todavía hacía imaginable el regreso, mientras ella permanecía en Francia, la familia imperial no parecía haber desaparecido por completo. No era una dirigente particularmente hábil y cometía errores que Talleyrand corregía después con una paciencia que rara vez le concedía a otros. Una vez prometió ayuda económica a varias familias de soldados sin consultar cuánto podía pagar realmente el gobierno. Otra vez recibió a representantes de dos grupos políticos enemigos el mismo día y consiguió que ambos salieran convencidos de que la emperatriz apoyaba más al contrario. Talleyrand tuvo que pasar una semana explicando que Nazaret había intentado escuchar, no comprometer al Estado, aun así, su presencia servía. La gente podía verla y no sentirse abandona por sus gobernantes, eso importaba más de lo que Talleyrand habría reconocido delante de ella.
Nazaret visitaba hospitales sin convertir cada visita en ceremonia. Escuchaba a madres que preguntaban por hijos sobre los que ella tampoco tenía información, recibía esposas de oficiales y caminaba por algunos jardines públicos con suficiente escolta para protegerla y no tanta como para parecer sitiada; había personas que la aplaudían y alguna que otra vez escuchó insultos. Por eso, cuando anunció que abandonaría París, Talleyrand comprendió cuánto iba a costar.
Nazaret se lo comunicó personalmente, llegó al despacho al final de una tarde lluviosa y esperó hasta que el último funcionario salió. Talleyrand la vio sentarse.
—¿Qué ocurrió?
—Tengo que irme.
—¿Cuándo?
—En pocos días.
Talleyrand dejó la pluma.
—Eso sí es pronto.
Nazaret bajó la mirada.