Hace 6 meses que seguimos en guerra; 6 meses desde que las fronteras dejaron de importar y la tierra comenzó a pudrirse bajo el peso de los hombres. He leído sobre conflictos toda mi vida. He estudiado campañas antiguas, rebeliones civiles, hambrunas, golpes de estado y purgas militares; siempre hubo un patrón, una lógica miserable detrás de cada matanza humana. Esto… no tiene nombre.
La lluvia golpeaba la lona de la tienda con una constancia enfermiza. No era una tormenta feroz; era peor. Una llovizna perpetua, fría y paciente, como si el cielo hubiese decidido descomponerse lentamente sobre el mundo.
La tinta corría apenas sobre el papel húmedo y Velo continuó escribiendo.
Las guerras que los libros describen poseen estructura. Incluso las más brutales conservan cierto orden comprensible: un objetivo político, un territorio, recursos, religión, orgullo. Aquí no queda nada de eso, solo hombres sobreviviendo lo suficiente para olvidar qué eran antes:
A unos metros de su mesa, más allá del corredor exterior de la tienda, un soldado vomitó. Nadie reaccionó; el hedor ya se había vuelto parte del campamento.
Velo levantó apenas la mirada y a través de la entrada entreabierta pudo observar a varios soldados reunidos cerca de una fogata miserable, demasiado débil para combatir el frío. Ninguno hablaba demasiado, permanecían sentados, tensos, mirando ocasionalmente hacia una tienda ubicada varios metros más lejos y continuo escribiendo:
Los gritos habían cesado hacía unos minutos. Draeikos continúa participando en los interrogatorio, hace las preguntas con serenidad clínica, como un médico examinando órganos abiertos: Coordenadas, rutas. números de suministros, nombres de oficiales, posiciones defensivas; aún conserva método. Andy ya no.
La punta de la pluma permaneció inmóvil un instante y la lluvia continuó cayendo:
No recuerdo cuándo empezó exactamente el deterioro; quizá ocurrió antes y ninguno quiso admitirlo. Tal vez siempre estuvo ahí, aguardando algo lo suficientemente doloroso para salir a la superficie.
Un sonido metálico atravesó el campamento. Los soldados alrededor de la fogata evitaron mirar hacia el sendero principal; Velo sí lo hizo: Dos hombres transportaban un recipiente cubierto por una tela ennegrecida. Uno de ellos tenía manchas oscuras hasta los codos; el otro respiraba por la boca, intentando no percibir el olor. Pasaron de largo y nadie preguntó nada.
Velo volvio a su escritura sin pertubacion alguna:
Hoy vi a un capitán enemigo intentar arrancarse la lengua con los dientes antes de responder. Draeikos logró impedirlo, Andy no pareció impresionado.
La vela junto a Velo osciló ligeramente. Fuera de la tienda, el viento empezó a soplar con más fuerza. El agua descendía ahora en diagonales furiosas, golpeando las estructuras del campamento y convirtiendo el barro en una masa espesa donde las botas se hundían como cadáveres en pantano.
Entonces ocurrió nuevamente: Un grito breve cortado abruptamente. Los hombres junto a la fogata bajaron la mirada al suelo. Uno de ellos empezó a rezar en voz baja; lo más inquietante no son los métodos, son las reacciones. Nadie discute ya lo que ocurre dentro de esa tienda, nadie intenta detenerlo. El horror prolongado termina volviéndose administración.
Velo humedeció la pluma otra vez y la tinta tardó unos segundos en mezclarse con el agua acumulada sobre el borde del recipiente.
Cada vez que Andy entra, los demás abandonan el lugar. Incluso los oficiales permanecen afuera, bajo la lluvia, esperando. He observado hombres afrontar cargas suicidas sin pestañear, pero ninguno soporta quedarse ahí dentro demasiado tiempo.
El cuero de la entrada se abrió de golpe: Un soldado apareció jadeando ligeramente bajo la tormenta, tenía el rostro mojado y una respiración acelerada, quizá por el frío, quizá por el ambiente entero del campamento. Miró a Velo apenas un segundo.
—Velo… Aquisgrán lo necesita.
Dejó la pluma sobre el borde del tintero, la llama de la vela se agitó cuando el viento atravesó la abertura de la tienda. Durante un instante observó las últimas líneas escritas, todavía húmedas, deformándose apenas sobre el papel amarillento. Luego cerró el cuaderno; no respondió inmediatamente al soldado.
Afuera, el campamento continuaba respirando como un animal enfermo. El barro alcanzaba los tobillos en algunas zonas, y las cuerdas que sostenían las tiendas vibraban bajo la lluvia constante. A lo lejos podían escucharse martillazos, ruedas atrapadas y órdenes apagadas entre la tormenta. La guerra jamás descansaba ya.
Velo tomó su abrigo oscuro del respaldo de la silla y se lo colocó lentamente. El soldado aguardó en silencio evitando mirar hacia la tienda de interrogatorios, casi todos lo hacían.
—¿Desde cuándo espera? —preguntó Velo mientras ajustaba los guantes de cuero.
—Hace unos minutos, señor.
La respuesta salió demasiado rápido. El muchacho debía tener apenas dieciocho años: Ojeras profundas, labios pálidos y un temblor involuntario en la mandíbula.
Velo lo observó apenas un segundo más. El ejército estaba llenándose de rostros así. Abandonaron la tienda y comenzaron a caminar entre el barro.
La lluvia descendía con más violencia ahora: Las antorchas protegidas bajo pequeñas cubiertas apenas conseguían mantenerse encendidas, produciendo una iluminación miserable y oscilante que deformaba las sombras de los soldados en el suelo. Nadie conversaba demasiado.
Los hombres mas jovenes transportaban cajas de munición; los mas veterano retiraban cuerpos cubiertos con lonas húmedas. Más allá, varios médicos intentaban inmovilizar a un herido que deliraba sobre fuego y caballos negros.
Velo siguió avanzando. Entonces pasó cerca de la otra tienda: La de los interrogatorios.
Dos guardias permanecían afuera, inmóviles bajo la lluvia. Ninguno parecía dispuesto a entrar: Uno de ellos tenía restos de vómito seco sobre la pechera metálica. La lona estaba cerrada por completo y aun así, desde dentro llegaba un sonido irregular, algo golpeando madera, después silencio.