No recuerdo cuándo dejó de oler a tierra. Ahora todo huele a pólvora y carne El cielo sobre Postdamn parecía enfermo. Tan bajo que daba la impresión de que los cañones podían perforarlo.
—¡Más al frente esas piezas! ¡No quiero disparos cortos!
Mi voz apenas lograba sobrevivir entre las detonaciones. Los artilleros corrían cubiertos de barro hasta las rodillas mientras arrastraban las ruedas hundidas de los cañones. Algunos hombres caían sin siquiera gritar
Tomé el catalejo. El vidrio estaba manchado de humo y lluvia. Vi los viñedos o lo que quedaba de ellos.
Las hileras de cultivo estaban destruidas por las ruedas de artillería y los cadáveres. Entre la niebla negra del combate distinguí las capas oscuras de Draeikos moviéndose entre disparos y despedazados
Seguían avanzando, pero apenas. Las tropas enemigas estaban resistiendo como animales acorralados. Una explosión levantó tierra cerca de mi posición. Los restos de un caballo cayeron detrás de mí. Escuché a alguien vomitar.
—¡Penetren sus líneas! ¡No disparen a las murallas todavía!
Los artilleros corrigieron elevación y la batería completa disparó al mismo tiempo. Vi cuerpos desaparecer entre humo blanco; hombres salir ardiendo y soldados intentando recoger sus propios intestinos mientras seguían caminando unos pasos antes de desplomarse.
Volví a levantar el catalejo: Draeikos seguía allí entre los viñedos; cubierto de barro y humo. Su espada subía y bajaba entre los disparos mientras sus hombres intentaban abrir paso entre los enemigos.
Entonces vi el problema. El flanco izquierdo se estaba doblando. La presión enemiga comenzaba a encerrarlos cerca del lago. Si ese lado cedía, todo el frente se partiría en dos y el río se convertiría en una tumba.
—¿Dónde está Murat?
—Esperando órdenes, emperador.
Señalé el río.
—Que avance por el son del río. Quiero su caballería cruzando antes del anochecer.
El oficial salió corriendo. Una detonación más cerca, sentí tierra caer sobre mi abrigo y otra descarga atravesó la línea enemiga cerca de los viñedos, pero ya no bastaba. Los soldados de la Alianza seguían entrando como sombras entre el humo, disparando desde las hileras destruidas de uvas y barro.
Tomé nuevamente el catalejo. Cerca del lago, la línea izquierda comenzaba a abrirse.
—!Donde esta Murat!
Un boquete pequeño. Sentí el cansancio subir desde mis piernas hasta la nuca; la explosión del sur cruzó mi mente un instante. Pero entonces otro disparo pasó silbando cerca de mi posición y me obligó a regresar.
Guardé el catalejo.
—Guardia Imperial conmigo.
Los hombres reaccionaron al instante y descendimos hacia la brecha. Mientras avanzábamos, los disparos enemigos comenzaron a golpearnos desde la neblina cercana al lago.
Un caballo cayó atravesado por metralla. El jinete quedó atrapado bajo el animal todavía vivo mientras gritaba como un niño. Nadie pudo ayudarlo.
El barro salpicaba sangre cada vez que los cascos golpeaban el suelo. Los hombres de Draeikos combatían cuerpo a cuerpo entre humo y agua lodosa. Algunos utilizaban las culatas porque ya no tenían tiempo para recargar. Vi a uno hundir sus dedos en la herida del cuello de otro hombre para arrancarle el pedazo de metal que había quedado incrustado.
—¡EMPUJEN!
Mi Guardia Imperial descendió sobre la brecha como un muro negro. Los disparos comenzaron a iluminar el lago; los ecos retumbaban entre el agua y la pólvora. Entré junto a ellos; mi espada chocó contra una bayoneta, sentí el impacto recorrerme el brazo entero; el enemigo intentó dispararme a quemarropa, pero uno de mis hombres le atravesó el rostro antes de que apretara el gatillo.
Seguimos avanzando centímetro por centímetro y cadáver sobre cadáver... poco a poco la línea dejó de retroceder.
No sé cuánto tiempo estuvimos peleando junto al lago. En batalla, el tiempo se rompe primero. Mi guardia Imperial logró estabilizar la línea. Draeikos seguía luchando más adelante, entre los viñedos destruidos. Apenas podía distinguirlo entre la pólvora, pero cada vez que su espada aparecía, sus hombres avanzaban unos metros más.
Retrocedí unos pasos; necesitaba volver a ver el campo completo, tomé el catalejo. Las manos me temblaban. Busqué el río y entonces vi a Murat: Su caballería descendía por la ribera como una inundación negra. Los caballos atravesaban barro, cuerpos y humo mientras los disparos enemigos levantaban columnas de tierra a su alrededor. Algunos jinetes caían al agua atravesados por metralla.
Un estruendo me obligó a mover el catalejo otra vez hacia los viñedos y allí vi un muchacho que corría entre disparos abrazando algo contra el pecho. Los soldados enemigos comenzaron a gritarle; le dispararon y le atravesaron el hombro. El muchacho siguió avanzando, otro disparo en la pierna lo hizo caer.
Pensé que moriría allí, pero volvió a levantarse. Entonces entendí lo que llevaba:Granadas. Draeikos también lo vio, porque dejó de avanzar un instante. El muchacho gritó algo que no pude escuchar; la guerra se tragó sus palabras y después sonrió, se lanzó contra la barricada enemiga y su mundo explotó.
Vi cuerpos salir despedidos por el aire, miembros caer entre las vides incendiadas. La onda expansiva lanzó soldados al barro como muñecos y entonces apareció la brecha. Draeikos no dudó; sus tropas entraron inmediatamente por el agujero abierto entre humo y fuego. Los disparos comenzaron a escucharse desde dentro de la línea enemiga y al mismo tiempo…Murat alcanzó el puente. Lo vi atravesar el humo con su caballería mientras los enemigos intentaban reorganizarse desesperadamente al otro lado del río.
La caballería imperial cayó sobre ellos con una violencia imposible de detener. Los hombres fueron aplastados contra las barandas del puente, soldaods saltaron al río antes de ser alcanzados y los mas tenases fueron empujados al agua por sus propios compañeros. Murat levantó su sable y el estandarte imperial cruzó finalmente al otro lado.