La nieve comenzó a caer antes de tiempo aquel año. No como en los cuentos que mi abuela me contaba cuando todavía existía el pan caliente y las ventanas limpias. La nieve en Verlyn caía sucia, mezclada con ceniza y con el olor de la guerra.
A veces pensaba que incluso el invierno tenía miedo de tocar esta ciudad. Escribo esto sentado en el suelo de una iglesia. Aunque ya no parece una. Las bancas fueron arrancadas para usarlas como leña. Las imágenes de los santos están cubiertas con telas viejas porque los heridos vomitan sangre sobre ellas y donde antes la gente rezaba… ahora amputan piernas.
Querida abuela. Hoy volvió a morir un hombre junto al altar.
Doblé apenas la hoja. Mis dedos estaban entumecidos por el frío. A mi alrededor los médicos seguían trabajando con delantales cubiertos de sangre. Uno de ellos sostenía a un muchacho mientras otro le serruchaba el brazo sin anestesia.
Los gritos duraron poco. El chico se desmayó rápido. Tuvo suerte.
Mamá dormía sentada contra una columna de piedra o fingía hacerlo. Cada día parecía más cansada, más delgada. A veces despertaba sobresaltada en mitad de la noche solo para comprobar que yo seguía allí, como si temiera que la guerra también pudiera robarme mientras dormía.
Guardé la carta dentro de mi abrigo. Ya no tenía espacio; había escrito demasiadas. Nunca supe realmente por qué seguía haciéndolo.Quizá porque eras la única persona que sabía escuchar historias hasta el final.
Afuera, Verlyn seguía crujiendo. Siempre había ruido, junto a disparos lejanos, campanas anunciando muertos y hambre; sobre todo hambre.
Algunas personas todavía intentaban vender cosas en las calles, todo lo que valga unas monedas. Hasta vi a las mujeres del buen vivir como me decia mi Abuela. Pero ya casi nadie tenía nada.
Me levanté lentamente. Mamá abrió apenas los ojos.
—¿Otra vez?
No respondí enseguida. Ella ya sabía que en las noches era el único momento donde podía conseguir algo.
—Volveré rápido.
Mi madre se incorporó inmediatamente.
—Renzo…
Su voz sonó quebrada, como si cada salida fuera la última. Me acerqué a ella.
—Solo iré al mercado viejo.
Mentira. El mercado ya no tenía casi nada. Ahora debía acercarme más a los depósitos militares. Mamá tomó mi rostro entre sus manos heladas.
—No quiero perderte también.
La urna de mi abuela seguía junto a nuestras cosas. A veces mamá le hablaba cuando creía que yo dormía. Yo fingía no escucharla. Le di un beso en la frente y salí antes de arrepentirme.
El frío de Verlyn mordía distinto de noche. Las calles estaban cubiertas de barro oscuro mezclado con nieve. Algunas casas seguían destruidas desde los primeros bombardeos. Otras permanecían vacías, con las ventanas abiertas como ojos muertos. Pase por mi antigua casa. Ya estaba ocupada por soldados, aun extrano ver mi pared pintada con estrellas.
Caminé pegado a los muros, sin hacer ruido. Los soldados patrullaban constantemente y cuando tenían hambre o miedo… disparaban primero.
Escuché pasos cerca. Me escondí rápidamente detrás de una carreta volcada. Dos soldados pasaron hablando. Uno llevaba sangre seca en la manga.
—Dicen que los romanos ya rodean el río.
—Mentira.
—¿Y si no?
Esperé a que desaparecieran; luego seguí avanzando. Aquella noche conseguí pan duro; probablemente robado antes por alguien más, pero seguía siendo pan.
También encontré dos latas pequeñas en un almacén semidestruido cerca de las viejas carrosas. Tuve que esperar casi una hora escondido debajo de una carreta porque los soldados revisaban la zona con lámparas. Uno de ellos orinó tan cerca de mí que pensé que escucharía mi respiración.
Regresé a la iglesia cuando ya casi amanecía. El viento empujaba nieve húmeda hacia el interior por las puertas rotas.
Mamá seguía despierta, siempre me esperaba despierta. Cuando vio el pan, cerró los ojos un instante.
—Ven.
Nos sentamos junto a una vela pequeña protegida dentro de una botella rota. Alrededor nuestro estaba mis vecinos herdios y mis companeritos de clase que estaban enfermos. Los ancianos sufrian mucho. Le decia a mi mama que ellos debian morir para que ya no sufran y ella solo me abrazaba.
Partimos el pan lentamente, como si hacerlo rápido fuera una falta de respeto. Mamá comió menos que yo. Fingía llenarse rápido y yo fingía creerle.
Después saqué otra hoja: Querida abuela. Hoy conseguí pan. Mamá dice que todavía sabes cuidarnos.
Me detuve. No sabía qué más escribir y eso me puso triste.
Un grito afuera interrumpió el silencio. Todos dentro de la iglesia levantaron la vista. La gente ya había aprendido algo horrible: Distinguir cuándo los disparos estaban lejos… y cuándo no.
Estos estaban cerca. Un grupo de soldados pasó arrastrando a un hombre herido por la calle.
—¡Viva la República!
El hombre gritaba incluso mientras lo golpeaban. Tenía sangre en toda la cara.
—¡Viva la República!
Uno de los soldados le rompió la boca con la culata del rifle. Aun así siguió intentando hablar. Lo llevaron hacia la plaza. Horas más tarde vimos humo subir desde ese sector.
Mamá apartó la mirada de la ventana rota.
—No mires.
Pero ya había visto demasiado desde hacía meses.
La noche siguió avanzando lentamente. El frío empeoró. Algunos heridos murieron mientras dormían; los médicos apenas tuvieron energía para cubrirlos con telas. Cuando finalmente intentamos descansar, mamá me llamó suavemente. Me acerqué y ella acomodó mi cabello como cuando era niño y entonces dijo algo que jamás habría dicho antes.
—Si algo pasa… Vete con los Romanos.
La miré confundido. Ella evitó sostenerme la mirada.
—Prométemelo.
No respondí. Mi Mami acercó lentamente sus labios a mi frente y me dio un beso pequeño.
No dormí o tal vez sí. La iglesia crujía con cada corriente de aire. Las vigas viejas parecían quejarse, como si también estuvieran enfermas. No veia a mi mami. Me levanté sin hacer ruido. Guardé las cartas dentro del abrigo. La urna de la abuela estaba a un lado.