No podía ver el final de la avenida. La niebla comenzaba a morir lentamente con el amanecer, pero la lluvia seguía cayendo sobre Nollendorfkiez como si quisiera terminar el trabajo que la artillería había empezado horas atrás.
Mi caballo respiraba con dificultad. Tenía metralla enterrada en el cuello. Yo también estaba herido; no sabía dónde exactamente. Ya no sentía varias partes del cuerpo, solo seguía moviéndome.
Alrededor mío quedaban restos de mi ejército. Restos, no hombres. La ciudad seguía rugiendo. Un trueno partió el cielo. El relámpago iluminó la avenida principal y entonces vi la magnitud de la masacre: Caballos abiertos por explosiones; cuerpos colgados desde balcones; niños muertos abrazados a rifles demasiado grandes para ellos y soldados imperiales… descuartizados por la artillería.
Bajé lentamente el catalejo. Un oficial se acercó casi arrastrándose entre barro y sangre. Tenía media cara vendada.
—Emperador… no podemos sostener esto mucho más.
Miré alrededor. La emboscada nos había destruido. La lluvia comenzaba a arrastrar sangre por toda la calle. Entonces escuché esos malditos gritos.
—¡EL LIBRO DE LA PAZ LOS PURIFIQUE!
Las ventanas volvieron a abrirse: Disparos. Otra vez.
Un granadero cayó a mi lado con el cuello atravesado. Uno intentó levantarlo y ambos fueron despedidos por un cañonazo. La explosión cubrió mi rostro con restos humanos.
No reaccioné. Ya no quedaba nada dentro de mí que pudiera reaccionar.
Levanté lentamente la mirada hacia el ala izquierda. Allí estaban más débiles o eso parecía. Si conseguíamos romper ese lado… tal vez podríamos escapar del cerco. Giré hacia mis oficiales. Algunos apenas podían mantenerse de pie.
—Contraataque.
Mi guardia avanzó primero. Los vi atravesar la avenida bajo la lluvial; cubiertos de barro hasta el pecho y los caballos furiosos. La caballeria intentó apoyar. Lo que quedaba de ella: Jinetes exhaustos descendieron por la avenida principal intentando romper las posiciones enemigas. Durante unos segundos creí que funcionaría. Estaban retrociendo y entonces escuché el sonido...
—¡AL SUELO!
La avenida explotó. Literalmente explotó. Las balas de cañón atravesaron filas completas de hombres. Un disparo arrancó tres caballos al mismo tiempo; otro impactó contra una barricada y convirtió a los soldados detrás en humo rojo.
Los supervivientes siguieron avanzando. Entonces los mosquetes enemigos abrieron fuego desde los techos. La línea imperial se quebró. Los soldados comenzaron a caer por decenas.
Vi a uno arrastrarse sin piernas intentando seguir sosteniendo el estandarte. Vi a otro abrazar a un compañero muerto mientras la lluvia apagaba lentamente el fuego sobre ambos y aun así… seguían avanzando.
Mi caballería murió allí. Un caballo sin mandíbula siguió corriendo varios metros antes de desplomarse contra una pared incendiada. Uno de mis oficiales quedó atrapado bajo otro animal destripado. Intentó salir, pero pudo. La segunda descarga lo hizo desaparecer.
La iglesia sonó detrás de nosotros. Miré hacia atrás. La torre acababa de partirse por la mitad.
—¡A LA IGLESIA!
Los supervivientes comenzaron a retroceder como pudieron. Disparabamos mientras corríamos; mis oficiales cargaban heridos.
Entramos, las puertas fueron bloqueadas con todo lo que habia a la mano: Banca y hasta algunos cuerpos...
La lluvia caía desde agujeros abiertos en el techo. Los vitrales estaban hechos pedazos. El suelo era barro mezclado con sangre.
Los soldados peleaban literalmente por cada banco. Las balas atravesaban paredes y los civiles armados intentaban entrar junto a la infantería rival gritando:
—¡MAELGORIUN, NO TE FALLAREMOS!
Un granadero imperial les respondió clavando la bayoneta a un muchacho directamente contra una columna. El chico siguió vivo varios segundos gritando. Yo retrocedí hacia la parte trasera de la iglesia. Allí estaba el sacerdote, temblando con un crucifijo roto entre las manos. Me observó acercarme sin decir palabra. Saqué lentamente la pequeña cápsula. Mi mano temblaba.
Afuera la batalla seguía rugiendo. El sacerdote murmuraba algo, no logre escuchar. Miré la cápsula, pero algo raro entro en mi, por lo que tome mi espada y subi a luchar con los que quedaban. No voy a morir sin luchar.
Mis soldados, todos estaban... muertos. Mate algunos civiles y oficiales solo. La sangre, el horror. Pensaba en una sola cosa. Volver a ver a mi Nazaret. Una mujer me tumbo e intente deterner su cuchillo, pero poco a poco se acercaba a mi cuello Entonces ocurrió:Las explosiones por todas partes, pararon mi batalla y en la distracion logre voltearle su cuchillo e incrustarlo en su pecho. Me tumbe y sentia como la iglesia entera comenzó a temblar.
El suelo explotó bajo los cadaveres; las paredes se partieron; el techo colapsó parcialmente y antes de perder el conocimiento… escuché algo imposible: Cuernos.
La lluvia seguía golpeando las lonas del campamento médico cuando Andy abrió los ojos. Por un momento no recordó dónde estaba, solo sintió el ardor insoportable en el rostro y el peso del vendaje cubriendo su ojo
Afuera seguía la guerra. Incluso allí podía escucharse. Un médico intentó detenerlo apenas lo vio incorporarse.
—Emperador, todavía no—
Andy lo apartó sin violencia. Se puso de pie lentamente. El mundo le daba vueltas; la pérdida de sangre todavía lo debilitaba.
Atravesó el campamento mientras los médicos y soldados bajaban la mirada al verlo pasar; muchos no sabían cómo reaccionar.
La venda negra cubriendo parte de su rostro lo hacía ver más cercano a un sobreviviente que a un gobernante.
Entonces encontró a Velo. El estratega permanecía inclinado sobre varios mapas húmedos protegidos bajo una tienda improvisada, su equipo escribía frenéticamente alrededor. Mensajeros entraban y salían.
Andy llegó frente a él.
—¿Qué ocurre?