El Mundo de las Mentiras Horrores de Guerra

Aun no

La lluvia no se detenía, caía sobre los techos destruidos, sobre los cadáveres alineados junto a las carretas, sobre los caballos abiertos por la artillería y sobre los hombres que aún respiraban sin saber si aquello era una bendición o una condena. Yo seguía de pie frente a la tienda médica esperando.

Los médicos entraban y salían cubiertos completamente con capas oscuras y máscaras improvisadas de tela. Nadie debía ver al emperador reducido a una camilla ensangrentada; Piero seguía vivo apenas.

La lluvia golpeó mi rostro otra vez; el barro se pegaba a mis botas; el humo seguía cubriendo el horizonte y aun así…sentía un silencio extraño.

Detrás de mí, Besieres discutía en voz baja con Hector sobre reagrupar la infantería, ese me gustaria creer; Napoleon observaba el horizonte junto a Bernadotte, que tenía el uniforme completamente quemado en un costado. Velo escribía, siempre escribía incluso entre muertos.

La lona de una de las tiendas se abrió: Un soldado apareció empapado hasta los huesos, respiraba agitado.

—Mi emperador… hay un mensajero.—El soldado tragó saliva.—Dice… que viene en nombre del emperador Armagedón.

Besieres levantó la mirada inmediatamente. Napoleon soltó una risa.

—¿Negociar? —murmuró—. Después de esta carnicería.

Entre la lluvia se abrio paso aquel soldado: Primero las botas, después el abrigo mojado y...esa cicatriz, yo la conozco de algun lado. La sonrisa eterna de aquel hombre. El mundo desapareció por un instante; aquella sonrisa no podia ser de otra persona, sino de el.

El mensajero sonrió apenas, como si hubiera estado esperando ese momento desde hacía años. Besieres notó mi expresión primero, lo mire y asintio. Velo dejó de escribir lentamente.

El sujeto avanzó unos pasos bajo la lluvia, sin miedo; como si ese perro estuviera caminando dentro de su maldita casa.

—El emperador Armagedón desea parlamentar —dijo con tranquilidad—. Esta guerra se ha convertido en un vertedero de sangre.

Mi mano se cerró lentamente, tan fuerte que sentí las uñas clavarse en la piel. El hombre seguía mirándome, sonriendo apenas.

—Tal vez… aún exista una salida para ambos bandos.

Napoleon dio un paso adelante.

—¿Y quién demonios eres tú para…?

—Déjalo —dije.

Mi voz salió más baja de lo normal. Napoleon se detuvo inmediatamente y Besieres ahora ya no apartaba la mirada del mensajero; Velo tampoco.

Me acerqué lentamente, con el temor de desatarme; hasta quedar frente a él. Tan cerca que podía sentir el maldito olor a vino.

El hombre inclinó apenas la cabeza.

—Mi emperador —dijo burlonamente.

No respondí.…iba a matarlo allí mismo y él lo sabía, claro que ese perro lo sabía; por eso había venido. Entonces el hombre ladeó un poco la cabeza y dijo algo que hizo desaparecer todo lo demás.

—Esperemos culminar esta masacre y...—su desgraciada risa se elavaba una vez mas—no cobrar inocentes victimas.

Estuve a punto de degollarlo. Hay que pensar mas alla. Inhale y exhale.

—Pasemos a negociar.

El hombre sonrió, esta vez de verdad y por primera vez en toda la noche…

sentí miedo.

La lluvia seguía cayendo cuando caminé hacia la tienda; solo se escuchaban las ultimas escaramusas.

[debo de concentrarme, el no ganara]

El mensajero avanzaba a mi lado escoltado por dos granaderos, estaba muy tranquilo este maldito, como si aquella guerra no pudiera tocarlo realmente...ya vera que si. Esta siendo muy dificil caminar guardando toda la venganza. Besieres se acerco y yo me detuve.

—Mi emperador, ?negociaremos?

Creo que mi mirada fue tan penetrante que aquel hombre se marcho de mi vista.

Llegamos frente a una pequeña tienda apartada del resto, con una lámpara encendida en el interior. Me detuve frente a la entrada. Extendí lentamente la mano y abrí la entrada.

—Entre caballero —dije.

Los dos granaderos intentaron entrar, pero los detuve con mi espada. Ellos me miraron confundidos.

—Que nadie entre.

Él soltó una pequeña risa y antes de cerrar la lona…vi a Velo mirándome fijamente y cerré la lona detrás de mí. El sonido de la guerra quedó amortiguado; ahora solo existía la respiración dentro de aquella tienda.

Una mesa, dos sillas; un pequeño mapa mojado y sangre seca en el suelo de alguien que había sido atendido antes allí.

El observó alrededor lentamente, luego se sentó sin permiso; yo permanecí de pie mirándolo. La lámpara iluminó finalmente su rostro completo y la cicatriz volvió a aparecer frente a mí.

El sonrió apenas.

—Han pasado años… Andy y veo que decoramos nuestros rostros de distinta manera.

Sentí algo subir desde el estómago hasta el pecho, pero no me moví. El hombre dejó escapar una pequeña risa y luego hizo una mueca de dolor llevándose una mano al ojo

—Pensé que me matarías apenas me vieras —dijo.

Seguí mirándolo. Él inclinó apenas la cabeza.

—¿O ya no reconoces a tus viejos amigos?

Mi mano se cerró lentamente sobre la espada. El cuero mojado crujió bajo mis dedos; el hombre vio el movimiento y volvió a sonreír disfrutándolo este momento...yo tambien lo disfrutare.

—Sigues reaccionando igual —murmuró—. Solo hace falta tocar ciertas heridas.

Di un paso hacia él; la silla rechinó un poco cuando él se acomodó, anque no retrocedió, ni siquiera un poco. Al menos ya no tendria como defenderse.

—Esto aun no termina.

Le hize un torniquete y el hombre dejo de moverse tan tranquilo. La lluvia golpeó más fuerte el techo de la tienda; afuera, un trueno hizo temblar el suelo. Me detuve frente a él, muy cerca.

Él levantó lentamente la mirada y por primera vez…dejó de sonreír un segundo. Entonces habló más despacio.

—He escuchado noticias sobre ella.

Mi respiración se detuvo, como si el cuerpo hubiera olvidado cómo seguir funcionando.

No pregunté, porque tenía miedo de escuchar el nombre. Él lo sabía, claro que lo sabía, por eso hablaba así.



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En el texto hay: ya se vera

Editado: 30.05.2026

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