La lluvia seguía cayendo, no con la violencia de los días anteriores, no con aquellos relámpagos capaces de partir árboles enteros; era constante, monótona e inagotable, como si el propio cielo hubiese decidido llorar sobre los restos de la guerra.
Los bosques occidentales de Verlyn estaban irreconocibles: Donde antes existían senderos apenas quedaban zanjas llenas de barro. Árboles centenarios aparecían abiertos por la mitad, carbonizados por los rayos. Algunas raíces sobresalían de la tierra como huesos arrancados de una tumba demasiado antigua.
Auki permanecía inmóvil sobre una pequeña elevación observando el camino principal, debajo de él, cientos de soldados Ymis aguardaban sobreviviendo con algunas vendas y buscando el calor entre las ramas. Ya habian pasado dos horas de aquella batalla, en donde solo la muerte fue ganadora y la peste, las consecuencias.
Entonces aparecieron, los refuerzos que tanto habian requerido: Una larga columna emergió lentamente de la niebla matinal; caballos, carretas y hombres. El Reino Nórdico había respondido. Un murmullo recorrió el campamento; era alivio agotado, despues de horas de tortura. Las columnas avanzaron lentamente entre el barro.
Auki descendió de la colina; los oficiales Ymis comenzaron a organizar la recepción mientras las primeras unidades nórdicas ocupaban posiciones y entonces apareció él. El anciano avanzaba caminando con un viejo abrigo oscuro empapado por la lluvia y sn rifle descansaba sobre su hombro. Su paso era lento, pero firme. Los soldados fueron apartándose poco a poco; los mas ancionos lo reconocieron de inmediato; los inverves únicamente observaban con curiosidad.
—M-Mariscal S-Suvurov...
Algunos de los muchachos Ymis se quedaron mirando al anciano; Uno de ellos soltó una pequeña risa.
—M-Mariscal S-Su... S-Su...
La imitación apenas alcanzó a terminar. Auki giró la cabeza y con solo una mirada, los jóvenes palidecieron. El silencio regresó inmediatamente. Suvurov los observó durante unos segundos, no parecía molesto, tampoco ofendido: Parecía triste.
[Toda una generacion perdida...asi como la mia]
Continuó caminando, Auki finalmente se acercó; los dos hombres se observaron bajo la lluvia. El líder Ymi parecía más envejecido que la última vez que se habían visto.
—Agradezco vuestra ayuda.
Suvurov asintió.
—T-Traigo lo q-que pude.
Auki fruncio el seno.
—?Hablas nuestra lengua?
Suvurov asintio.
—Siempre tengo que estar P-preparado.
Mientras caminaban por el campamento, los soldados nórdicos comenzaron a observar el estado de los defensores y poco a poco sus rostros fueron cambiando.
—No estan peleando—murmuro uno—estan sobreviviendo.
Bajo un árbol caído, un anciano intentaba reconocer el rostro de varios cadáveres alineados sobre una lona. Un soldado nórdico se acercó a un grupo de civiles,lLes ofreció pan y los civiles prácticamente se lanzaron sobre él: Una mujer lloraba mientras intentaba repartir las migas entre tres niños, un anciano besó el pan antes de comerlo, como si se tratara de un objeto sagrado.
Suvurov observó aquella escena en silencio. Más adelante, la lluvia comenzó a disipar lentamente parte de la niebla y la basta llanura apareció poco a poco ante ellos. Muy lejos se podían distinguir las líneas enemigas y todavía más lejos, como una herida abierta en el horizonte, el palacio en llamas.
Suvurov permaneció observándolo durante largo tiempo, sin hablar. La lluvia descendía lentamente por su rostro envejecido.
El alba había terminado de imponerse, por primera vez en muchos días, la niebla permitió ver más allá de unas pocas decenas de metros. No era una visión hermosa, ahora podían contemplar la magnitud de la destrucción.
Auki y Suvorov permanecían sobre una elevación natural formada por raíces y rocas. Desde allí las cicatrices de la guerra se hicieron presente: Campos enteros reducidos a barro, granjas quemadas y cadáveres de caballos hinchados por la lluvia.
Suvurov apoyó ambas manos sobre la culata de su rifle y durante varios minutos permancieron en silencio. Finalmente fue Suvorov quien rompió el silencio.
—¿C-Cuántos?
Auki giró levemente la cabeza.
—¿Cuántos qué?
Suvurov señaló el campamento.
—M-Muertos.
La respuesta tardó en llegar.
—Demasiados.
Suvurov asintió, como si hubiese esperado exactamente esa respuesta. Luego observó a unos jóvenes Ymis que cargaban un cuerpo cubierto por una manta.
—L-Lo sé.
La lluvia seguía cayendo suavemente, todo parecía gris.
—H-He visto eso antes.
Auki guardó silencio.
—P-Primero desaparecen los h-hombres.—Suvurov observó las columnas de humo en el horizonte.—L-Luego desaparecen los h-hijos.—Su mirada se desplazó hacia una mujer que sostenía un bebé mientras esperaba frente a una improvisada cocina militar.—D-Después desaparecen los p-pueblos.
El viento atravesó la colina. Auki finalmente habló.
—No estamos luchando por gusto.
—N-No.
—Ni por gloria.
—N-No.
—Ni por conquista.
—N-No.
Suvurov levantó la vista hacia Verlyn.
—P-Pero siguen muriendo igual.
Aquella frase quedó suspendida entre ambos. Durante varios minutos no hubo palabras; solo lluvia, la naturaleza hablando.
Entonces Auki habló nuevamente, esta vez con cansancio.
—¿Qué propones?
Suvurov no respondió de inmediato. Primero tomó un catalejo y observó las posiciones lejanas: Las trincheras y el ejército de aquel despiiadado.
Suvurov bajó lentamente el catalejo.
—E-Ese hombre.
—¿El mariscal?
—S-Sí.
—¿Qué ocurre con él?
—N-No está huyendo.
Auki observó nuevamente el horizonte. Aquellas posiciones parecían defensivas, no había señales de pánico.
—Está esperando.
—S-Sí y su mejor A-arma, es el tiempo.
—Nos observa igual que nosotros lo observamos a él.