El Mundo de las Mentiras Horrores de Guerra

Horrores de Guerra

Partieron antes del amanecer y el pueblo aún dormía cuando las primeras columnas comenzaron a moverse bajo la lluvia; las antorchas apenas lograban atravesar la niebla; los cascos de los caballos producían sonidos apagados sobre el barro y las ruedas de los carros dejaban profundas cicatrices en los caminos inundados.

Massena cabalgaba al frente, el cuello de su capa estaba completamente empapado. A su alrededor avanzaban soldados tan agotados que algunos parecían caminar por pura costumbre, como hombres que habían olvidado hacía meses por qué seguían luchando.

A lo lejos, los cañones seguían sonando, nunca se detenían. Durante el día, durante la noche, siempre estaban allí, como un corazón monstruoso latiendo sobre Verlyn; recordándole a todos que la guerra seguía viva.

La columna abandonó las últimas casas del pueblo y poco a poco el paisaje comenzó a cambiar: Las tierras cultivadas desaparecieron; los caminos se volvieron más estrechos, más salvajes, más solitarios; la lluvia había convertido los campos en extensiones de barro gris; las cercas estaban rotas; los molinos abandonados. Algunas granjas permanecían vacías; otras mostraban puertas abiertas balanceándose con el viento.

Massena observó una de ellas: La vivienda parecía intacta y sin embargo estaba vacía, como si sus habitantes hubieran desaparecido en mitad de una comida.

Un soldado también la observó.

—¿Crees que huyeron?

Nadie respondió, continuaron avanzando. La niebla se volvió más espesa; tan espesa que los hombres de la retaguardia apenas podían distinguir a quienes marchaban delante; el mundo parecía reducirse a unos pocos metros. Más allá de eso solo existía una inmensa pared gris silenciosa.

A media mañana encontraron la primera cruz, era sencilla: Dos tablones unidos mediante clavos oxidados. Un soldado se persignó al verla y continuaron avanzando. Pocos minutos después apareció otra y luego otra. Algunas estaban inclinadas; otras habían caído.

Massena comenzó a contar, pero dejó de hacerlo después de la vigésima; la lluvia seguía cayendo..

Un joven dragón imperial observó las cruces.

—¿Quién las enterró?

Nadie respondió, solo Massena se detuvo al ver mas por la carretera.

[Alguien se había tomado la molestia de enterrarlos. Eso significaba que hubo supervivientes y donde había supervivientes...había historias; historias que probablemente ninguno quería escuchar.]

El camino continuó; la niebla seguía cerrándose sobre ellos; los árboles comenzaron a aparecer, primero dispersos, luego cada vez más numerosos, parecían esqueletos emergiendo del suelo; las ramas se agitaban con el viento produciendo sonidos extraños, como susurros o como lamentos.

Uno de los soldados escupió.

—Odio estos bosques.

Su compañero asintió.

—Yo también.

Entonces encontraron el primer cadáver, no estaba enterrado, simplemente permanecía allí a un costado del camino, sentado contra un árbol. La lluvia había ennegrecido sus ropas y el rostro era irreconocible, los animales habían hecho el resto.

Los soldados redujeron el paso; nadie comento acerca de ello Massena tampoco, pero luego apareció otro y otro más; algunos seguían sosteniendo herramientas; incluso conservaban mochilas. Uno de ellos tenía los brazos rodeando algo y cuando un soldado desmontó para verificarlo descubrió que se trataba de un saco, un simple saco vacío. Volvió a montar sin decir una palabra.

La columna siguió avanzando y el silencio comenzó a extenderse.

[Aquellas personas no habían muerto combatiendo y eso resulta tetrico]

Massena levantó la vista yt la niebla se abría por momentos, lo suficiente para mostrar un paisaje cada vez más desolado; todo parecia detenido, como si la vida hubiese abandonado aquel lugar apresuradamente o hubiese sido arrancada de raíz.

Uno de los exploradores regresó al galope; el caballo estaba agotado cubierto de barro. El hombre apenas logró detenerse.

—Mariscal

Massena giró la cabeza, el explorador tragó saliva y durante unos segundos pareció incapaz de encontrar las palabras, eso bastó para preocupar a todos.

—Hemos encontrado el siguiente pueblo.

Massena lo observó.

—¿Y?

El explorador permaneció inmóvil, la lluvia descendía por su rostro.

—No hay nadie.

Silencio.

—¿Muertos?—preguntó un oficial.

El explorador negó lentamente.

—No hay nadie.

repitió.

—Ni vivos, ni muertos, nada...vacio

Massena sintió un extraño escalofrío y mientras la columna retomaba la marcha bajo la lluvia interminable.

[Si eso era lo que rodeaba Neukölln...¿qué demonios encontraremos allí?]

El siguiente pueblo apareció poco después del mediodía, nadie lo vio surgir, la niebla simplemente comenzó a abrirse lentamente y las primeras construcciones emergieron entre el gris.

Massena detuvo su caballo y la columna hizo lo mismo. Aquel lugar estaba demasiado silencioso.

[No es el silencio habitual de los pueblos abandonados. Me incomoda esto. Es como si el propio mundo estuviera conteniendo la respiración. ?Que sucedio en esta parte de Verlyn?]

Las casas permanecían en pie; los tejados seguían intactos; las puertas continuaban cerradas; las ventanas conservaban los cristales. No había señales de combate.

Uno de los soldados avanzó unos pasos.

—¿Dónde están?—preguntó.

Massena desmontó, sus botas se hundieron en el barro, el agua descendía por su capa mientras avanzaba por la calle principal. Los demás lo siguieron, como si esperaran una emboscada.

Entraron en la primera vivienda, la mesa seguía preparada: Había platos, cubiertos, una silla caída; todo cubierto por una fina capa de polvo y humedad.

Un soldado observó la mesa.

—Se marcharon rápido.

Massena negó.

—No.—el oficial lo miró. Massena señaló los platos.—Se fueron hace semanas, quizás meses.

El hombre guardó silencio, las telarañas confirmaban sus palabras.



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En el texto hay: batallas, horror y sangre, traumas y odio

Editado: 29.07.2026

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