El Mundo de las Mentiras Horrores de Guerra

Los Ultimos Hombres

La lluvia golpeaba los ventanales del palacio como si quisiera atravesarlos; meses enteros de cielos grises, calles inundadas y una humedad constante que se había infiltrado en cada rincón de Verlyn. Incluso el fuego de las chimeneas parecía cansado.

Desde el despacho imperial podía verse la ciudad o lo que quedaba de ella. A la distancia se elevaban columnas de humo; algunas procedían de barrios alcanzados por la artillería; otras de incendios provocados por los propios habitantes para calentarse durante las noches. La guerra había transformado la capital del Reino de las Mentiras en una ciudad irreconocible.

Armagedon observaba la ciudad desde una ventana, permanecía inmóvil, con las manos cruzadas detrás de la espalda y su espada permanecía apoyada junto al escritorio. Durante unos instantes pareció ignorar por completo los pasos que se acercaban y la puerta se abrió. Lealtad fue la primera en entrar, detrás de ella apareció Némesis. Ambos hicieron una breve reverencia.

—Cuentenme —ordenó Armagedon sin apartar la vista de la ciudad.

Lealtad avanzó unos pasos, llevaba varios documentos bajo el brazo; sus ojos mostraban el agotamiento de semanas enteras sin descanso.

—Potsdam está siendo atacada.

Armagedon no reaccionó.

—Continúa.

—Las últimas comunicaciones indican que los ejércitos de Andy y Piero mantienen la presión sobre la ciudad.

—¿Resistirá?

—No lo sabemos.

La lluvia golpeó los cristales, durante unos segundos nadie habló y finalmente Lealtad bajó la mirada hacia sus informes.

—También hemos perdido contacto con varias posiciones cercanas a Siemensstadt.

—¿Perdidas?

—No.

—¿Entonces?

—Silenciosas.

Armagedon continuó observando la ciudad, como si estuviera calculando algo.

—¿Y los revolucionarios?—preguntó finalmente.

Némesis tomó la palabra.

—Crecen

—¿Cuánto?

—Más rápido de lo esperado.

Aquello sí provocó una reacción.

—¿Dónde?—preguntó Armagedon.

—Principalmente en las zonas rurales, también en algunos barrios de Verlyn. Los seguidores de Eira están aprovechando el hambre: Prometen reformas, autonomía y el fin del Libro de la Paz.

El silencio volvió a instalarse en la habitación. Desde abajo llegaba el ruido de carros. Némesis continuó.

—Muchos creen que la caída del reino es inevitable.

—Y otros creen que Eira puede salvarlos.vagrego Lealtad

Armagedon soltó una leve exhalación.

—Nadie salvará a nadie.

La frase quedó suspendida en el aire. Lealtad intercambió una mirada con Némesis y ella avanzó otro paso.

—Los panfletos están funcionando.

Armagedon giró finalmente la cabeza.

—Muéstramelos.

Lealtad extendió varios papeles sobre la mesa. Muchos estaban húmedos; algunos habían sido arrancados de muros.

Armagedon comenzó a leer.

"SI CAEMOS, ELLOS NOS ANIQUILARÁN."

Otro.

"LO OCURRIDO EN NEUKÖLLN SERÁ EL DESTINO DE VERLYN."

Otro más.

"ROMA TRAE FUEGO." "ROMA TRAE HAMBRE." "ROMA TRAE MUERTE." "MAELGORIUN ES LA ESPERANZA DEL PUEBLO."

Por primera vez una sombra cruzó el rostro de Armagedon, no duró mucho, pero estuvo allí. Lealtad lo notó inmediatamente.

—¿Desea retirarlos?

Armagedon dejó el panfleto sobre la mesa y lo observó durante unos segundos. Negó con la cabeza.

—No. Nesecitan creer.

Armagedon volvió hacia la ventana.

—La gente no necesita héroes.—murmuró.—Necesita motivos para seguir luchando.

A lo lejos un relámpago iluminó el horizonte. El despacho permaneció en silencio durante varios segundos.

—¿Cuántos?—preguntó de repente.

—No tenemos una cifra exacta.—djo Nemesis

—Aproximadamente treinta mil simpatizantes.—agrego Lealtad

—¿Tantos?—dijo Armagedon

—Y creciendo.—menciono Lealtad

Némesis abrió uno de los informes, las hojas estaban arrugadas por la humedad.

—Las zonas más afectadas por el hambre son las más problemáticas. Los seguidores de Eira distribuyen alimentos cuando pueden atienden heridos; organizan refugios y te culpan de todo lo ocurrido.

Armagedon cerró los ojos durante un instante.

—¿Qué piden?—preguntó.

—La liberación de Eira.—respondió Némesis.—La abolición del Libro de la Paz; una asamblea popular y el fin del poder absoluto.

La habitación volvió a quedar en silencio. Lealtad observó a Armagedon, pero Armagedon siguió mirando la ciudad.

—Cedan.

Las dos mujeres levantaron la cabeza.

—¿Qué?vpreguntó Lealtad.

—Cedan.

Esta vez su voz fue más firme.

—¿Hasta dónde?—preguntó Némesis.

Armagedon giró lentamente, la luz gris de la tormenta iluminó parcialmente su rostro.

—Todo lo que no comprometa la defensa de la ciudad.

Lealtad parecía incapaz de creerlo.

—¿Quiere negociar con ellos?

—Quiero evitar una guerra civil.

La frase cayó sobre la habitación como una losa.

—Muchos oficiales no estarán de acuerdo.—dijo Lealtad.

—Entonces no se los preguntes.

La respuesta llegó tan rápido que ambas quedaron en silencio. Armagedon caminó hacia la mesa y tomó uno de los mapas, lo desplegó: La enorme ciudad apareció dibujada frente a ellos.

—Los revolucionarios creen que el problema soy yo.—dijo mientras observaba el mapa.—Los invasores creen que el problema es el reino.—su dedo descendió lentamente sobre Verlyn.—Ambos están equivocados.

Némesis observó el mapa.

—¿Y cuál es el problema?

Armagedon permaneció unos segundos en silencio.

—La guerra.

—Hablaré con ellos.—dijo Némesis.

—Hazlo.

—¿Qué les ofrezco?

Armagedon tomó varios documentos y los revisó rápidamente.

—Representación en algunos consejos locales; permiso para administrar refugios y participación en la distribución de alimentos.

Némesis arqueó una ceja.

—Eso es mucho.

—No.—respondió Armagedon.—Es poco.

La lluvia volvió a golpear los ventanales. Lealtad caminó lentamente hacia la mesa.



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En el texto hay: batallas, horror y sangre, traumas y odio

Editado: 29.07.2026

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