La primera noche nadie habló. Las columnas avanzaban lentamente a través de la oscuridad; la niebla cubría los caminos con su permanente pesadez y los hombres caminaban con la cabeza baja, como si cada paso les costara una parte del alma. Detrás quedaban Charlottenburg, las fogatas falsas, las patrullas falsas y la ilusión de un ejército que seguía allí; delante solo existía la incertidumbre. Armagedon cabalgaba cerca de la vanguardia, Otton avanzaba algunos cientos de metros más adelante junto a los exploradores y Frederick permanecía supervisando la columna principal. Nadie hablaba demasiado porque las condiciones hacían imposible cualquier conversación larga. La lluvia se colaba por las capas, las botas, las armaduras e incluso las vendas de los heridos. Algunos hombres tosían, otros caminaban medio dormidos, pero todos continuaban porque detenerse significaba congelarse, y congelarse significaba morir.
Cuando amaneció, el sol no apareció. Solo llegó una claridad gris y enferma, como si el propio día estuviera agotado. Los campos que atravesaban permanecían abandonados; muchas granjas estaban vacías, con las ventanas rotas, los establos abiertos y las puertas arrancadas. A veces encontraban caballos, cabras o perros vagando solos por los caminos. Sus dueños habían desaparecido hacía semanas, quizá meses. Uno de los soldados observó una casa derrumbada.
—¿Quién vivía aquí?
Al mediodía alcanzaron un pequeño poblado que no aparecía en la mayoría de los mapas. Era poco más que un conjunto de casas de piedra alrededor de un molino, una taberna cerrada y una pequeña capilla. Los habitantes los observaron desde lejos con miedo, desconfianza y agotamiento, del mismo modo en que observaban a todos los ejércitos que cruzaban aquellas tierras, sin importar uniforme ni bandera. Una anciana escupió al suelo cuando vio pasar la columna y un niño se escondió detrás de ella. Ningún soldado reaccionó. Estaban demasiado cansados para ofenderse.
Aquella noche acamparon dentro de un bosque. Los árboles amortiguaban parte de la lluvia, aunque el barro seguía cubriéndolo todo y las fogatas apenas sobrevivían. Los cocineros repartían sopa aguada, algunos soldados intentaban secar sus calcetines y otros simplemente dormían donde caían. Armagedon permanecía sentado bajo una lona improvisada, observando las llamas en silencio, cuando Frederick se acercó.
—Los hombres están inquietos.
—Lo sé.
—No saben hacia dónde vamos.
—No necesitan saberlo.
Frederick permaneció callado unos segundos.
—Muchos creen que vamos a morir.
Armagedon continuó mirando el fuego.
—Todos vamos a morir.
—No me refiero a eso.
—Yo sí.
Al segundo día la lluvia aumentó hasta convertir los caminos en extensiones de barro, algunas carretas quedaron atrapadas, los caballos comenzaron a agotarse y varias mulas tuvieron que ser sacrificadas. Entre los soldados crecían los murmullos. Nadie protestaba abiertamente, pero muchos comenzaban a preguntarse si aquella marcha tenía sentido. Todavía no habían visto enemigos, no habían librado una batalla ni tomado una ciudad; solo caminaban y caminaban, como fantasmas atravesando un mundo muerto.
Durante la tarde aparecieron los primeros refugiados. Eran pequeños grupos y familias enteras que avanzaban en dirección contraria con carros desvencijados, niños descalzos y ancianos cubiertos con mantas. Todos intentaban alejarse de la guerra, aunque nadie podía saber hacia dónde quedaba un lugar realmente seguro. Una mujer reconoció los estandartes del Reino de las Mentiras y corrió hacia la columna.
—¡Mariscal!
Los soldados intentaron detenerla, pero Armagedon levantó una mano y la dejaron acercarse. La mujer estaba empapada, temblaba y tenía los ojos enrojecidos.
—¿Van a defendernos?
Nadie respondió inmediatamente.
—¿Van a detenerlos?
Armagedon la observó unos segundos.
—Lo intentaremos.
La mujer asintió lentamente, como si aquella respuesta fuese suficiente porque ya no esperaba nada mejor de nadie, y después continuó su camino hasta desaparecer entre la lluvia.
La tercera jornada amaneció igual que las anteriores, gris, fría e interminable, aunque algo había cambiado. Los exploradores regresaban con mayor frecuencia, los informes empezaban a multiplicarse, las patrullas aumentaban y los oficiales hablaban constantemente entre ellos. Armagedon comenzó a consultar los mapas a cada parada porque estaban acercándose, todavía no a Potsdam, pero sí a la zona donde la guerra que Andy y Piero habían dejado atrás comenzaba a hacerse visible. Hasta entonces solo la conocían mediante informes.
Mientras la columna avanzaba bajo la lluvia, los soldados distinguieron varias columnas de humo elevándose en el horizonte. Eran demasiadas para pertenecer a una ciudad, una batalla o un incendio aislado. Nadie dijo nada. Incluso desde aquella distancia comprendían que algo mucho mayor había ocurrido y, por primera vez desde que abandonaron Charlottenburg, algunos veteranos sintieron un nudo en el estómago. Cada kilómetro los acercaba a una herida cuya magnitud aún no podían ver.
Las columnas de humo continuaron acompañándolos durante toda la mañana siguiente. A veces desaparecían detrás de la niebla y después volvían a surgir más grandes, oscuras y numerosas. Cerca del mediodía, uno de los exploradores regresó al galope con el caballo cubierto de barro.
—Mariscal.
Armagedon levantó la vista.
—Informe.
—Hay un pueblo más adelante.
—¿Y?
—Está abandonado.
Aquello no sorprendió a nadie. Durante meses habían visto lugares abandonados, pero el explorador seguía inquieto.
—¿Qué ocurre? —preguntó Frederick.
El hombre vaciló antes de responder.
—Deberían verlo ustedes mismos.
Armagedon volvió a montar.
—Guíenos.
La columna principal no entró. Solo avanzaron Armagedon, Otton, Frederick, algunos oficiales y varios exploradores. La lluvia continuaba cayendo cuando los árboles se apartaron y apareció el pueblo. Algunas casas seguían en pie; otras estaban parcialmente derrumbadas, quemadas o cubiertas de impactos. Los establos estaban vacíos, las puertas habían sido arrancadas, las ventanas estaban rotas y el barro cubría las calles. No había perros, animales ni personas. Solo lluvia y ruinas.