El Mundo de las Mentiras Horrores de Guerra

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La tierra estaba endurecida por el frío y el aliento blanco escapaba de hombres y caballos mientras miles de antorchas avanzaban entre las colinas como un río de fuego abriéndose paso en la oscuridad. Los pasos resonaban sobre los caminos junto al choque de armaduras, voces y estandartes. El Reino Ymi había despertado después de meses de espera, no porque sus hombres no quisieran luchar, sino porque sus tradiciones eran más antiguas que cualquier rey, guerra o imperio. Los ancianos sostenían que ningún hijo de Ymi debía marchar hasta que el sol descendiera dentro de la Copa del Invierno, una formación rocosa perdida entre las montañas sagradas donde, una vez al año, el horizonte parecía tragarse el último resplandor del verano. Solo entonces los juramentos podían cumplirse.

Ese momento había llegado y las tribus, los clanes y los señores respondieron al llamado. Columnas interminables descendían desde las montañas con carretas de provisiones, caballería, infantería, arqueros, jóvenes reclutas y veteranos. Las banderas Ymi ondeaban bajo la lluvia con lobos blancos, ciervos dorados y cuervos negros bordados sobre telas pesadas. En el centro de aquella inmensa marea avanzaba Maelgoriun sobre un caballo oscuro. No llevaba corona, porque nunca la usaba durante campaña; solo vestía una armadura ennegrecida por los años, una capa gruesa y la espada que lo había acompañado durante casi toda su vida.

La lluvia golpeaba su armadura y el viento sacudía la capa, pero Maelgoriun mantenía la mirada fija en el horizonte. Verlyn todavía no podía verse, aunque sabía que estaba allí, más allá de las colinas, los bosques y la guerra. Había esperado aquel momento durante meses mientras los informes empeoraban, ciudades desaparecían, las fronteras retrocedían y los enemigos avanzaban. Lo insoportable no había sido el miedo ni la desesperación, sino la inacción. Odiaba observar cómo otros decidían el destino de su reino y, muchas noches, había permanecido despierto frente a mapas calculando movimientos, distancias, reservas y posibilidades hasta llegar siempre a la misma conclusión: sin los Ymis no podía cambiar el curso de la guerra. Ahora sí.

Uno de sus generales se aproximó lentamente hasta colocarse junto a él.

—Majestad.

Maelgoriun no apartó la vista del horizonte.

—¿Qué sucede?

—Las columnas traseras siguen llegando.

—¿Cuántas?

—Más de las previstas. Los clanes menores también respondieron al llamado.

Por primera vez aquella mañana, Maelgoriun pareció satisfecho. Los clanes menores rara vez participaban en campañas lejanas porque preferían proteger sus territorios, aldeas y familias. Que estuvieran allí significaba que incluso ellos comprendían la gravedad de la situación.

—La moral es alta —añadió el general.

Maelgoriun asintió. Los Ymis no habían sufrido todavía los meses de desgaste que habían destruido a otros ejércitos. No habían marchado durante semanas entre ciudades quemadas ni enterrado amigos tras cada jornada. Llegaban frescos, convencidos y preparados, y aquello tenía un valor enorme. Por primera vez en mucho tiempo, sintió regresar algo que la guerra había ido erosionando lentamente: esperanza, peligrosa pero esperanza al fin.

Al caer la tarde, la lluvia comenzó a disminuir y la niebla se abrió durante unos instantes. Entonces apareció Verlyn a lo lejos, gigantesca y oscura, con sus murallas emergiendo sobre el horizonte como una montaña artificial. Las torres sobresalían entre la bruma y los estandartes ondeaban sobre las fortificaciones. Muchos reclutas guardaron silencio; algunos jamás habían visto la capital y otros apenas podían creer que una ciudad de aquella magnitud existiera realmente.

Maelgoriun permaneció inmóvil. Aquel era el corazón del Reino de las Mentiras, el lugar donde todo había comenzado y donde todo podía terminar, finalmente clavó las espuelas.

—Marchamos.

La columna volvió a moverse y miles de hombres reanudaron el avance hacia la capital. Maelgoriun todavía ignoraba que la ciudad que estaba a punto de encontrar no era la que había imaginado durante meses. Tras aquellas murallas no solo se libraba una guerra contra Roma; también comenzaba otra entre los propios habitantes del reino, una batalla mucho más difícil de reconocer porque no se combatía únicamente con armas.

Las puertas de Verlyn permanecían abiertas y aquello llamó inmediatamente su atención. En tiempos normales no habría resultado extraño porque la capital era demasiado grande e importante para cerrar completamente sus accesos, pero aquellos no eran tiempos normales. La guerra se acercaba, los ejércitos enemigos avanzaban y las noticias empeoraban, aunque las murallas no transmitían la sensación de una fortaleza sitiada. Había centinelas, patrullas y torres ocupadas, pero faltaba el nerviosismo que Maelgoriun había esperado encontrar.

La inmensa columna Ymi comenzó a ingresar por las avenidas principales y los habitantes salieron primero con cautela y después en mayor número. Niños, ancianos, artesanos y comerciantes observaban a los recién llegados; muchos aplaudían, algunos lloraban y otros simplemente permanecían quietos. Sin embargo, no fue el entusiasmo lo que llamó la atención de Maelgoriun, sino la división.

Apenas habían recorrido unas calles cuando aparecieron los primeros carteles improvisados, pintados a mano y clavados sobre paredes o sujetos con cuerdas. Uno exigía la liberación de Eira, otro recordaba que el pueblo también sangraba y un tercero preguntaba cuántos más debían morir. Los reclutas Ymi los observaban sin comprender demasiado, pero Maelgoriun sí entendía el mensaje.

Más adelante aparecieron panfletos por cientos, quizá miles, arrastrados por el viento, pegados en ventanas, acumulados en las esquinas y pisoteados por los caballos. Algunos pedían resistencia total, otros reformas, otros reclamaban la liberación de Eira y otros atacaban directamente al Libro de la Paz. La expresión de Maelgoriun se endureció porque aquello ya no parecía simple descontento. Había organización.



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En el texto hay: batallas, horror y sangre, traumas y odio

Editado: 18.09.2026

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