La lluvia llevaba días cayendo sobre el Reino de las Mentiras, convirtiendo los caminos en barro, los bosques en pantanos y los campamentos en lodazales. Aquella madrugada no era distinta. El río avanzaba oscuro, frío y profundo entre la niebla, con la otra orilla apenas visible, mientras los soldados cruzaban sin antorchas, tambores ni estandartes. El agua golpeaba las piernas de los infantes, los caballos resoplaban nerviosos y algunos carros quedaban atrapados entre el fango. Nadie hablaba porque al otro lado se encontraba Verlyn, la capital que había resistido durante generaciones y por la que se había derramado sangre durante toda la guerra.
Massena avanzaba al frente sobre un caballo gris cubierto por una manta oscura. La lluvia resbalaba por su armadura mientras mantenía los ojos fijos en la distancia. Cuando alcanzaron la otra orilla, los exploradores se internaron primero en el bosque y el resto del ejército fue desapareciendo bajo los árboles hasta que la niebla terminó de ocultarlos. Cuando salió el sol, nadie desde Verlyn habría imaginado que miles de hombres permanecían escondidos a pocos kilómetros de sus murallas.
La capital apareció finalmente entre la bruma. Sus murallas emergían como una montaña artificial, acompañadas por torres, baluartes y puertas fortificadas. La lluvia oscurecía la piedra hasta convertir toda la fortaleza en una masa casi negra. Algunos soldados la observaron en silencio y otros bajaron la mirada, conscientes de que intentar tomarla por la fuerza podía convertirse en una carnicería.
Massena desmontó y estudió la ciudad durante varios minutos. No buscaba todavía una brecha ni un punto de entrada, sino señales de actividad: humo, movimientos, luces o cualquier indicio que revelara el estado de la defensa. Verlyn permanecía demasiado inmóvil.
Un oficial se aproximó.
—Mariscal.
Massena no apartó la vista de las murallas.
—¿Qué ocurre?
—Los exploradores no encontraron patrullas.
Massena giró ligeramente la cabeza.
—¿Ninguna?
—Ninguna.
Aquello no encajaba. Una capital amenazada debía vigilar sus alrededores constantemente, y Verlyn tenía más razones que ninguna para hacerlo.
—Mantengan la posición.
—¿Acampamos?
—Sí.
El oficial dudó.
—¿Fogatas?
—No.
—¿Ni una sola?
—Ni una.
Las órdenes comenzaron a transmitirse y el ejército se dispersó entre los árboles. Los caballos y carros fueron ocultados, las telas cubiertas con barro, los metales oscurecidos y los senderos borrados hasta que, poco a poco, toda la fuerza pareció desaparecer.
La verdadera dificultad llegó con la noche. El frío húmedo penetró las capas, los guantes, las botas y las mantas. Muchos hombres no pudieron dormir y otros temblaban sin control mientras los caballos se agrupaban para conservar calor. Nadie encendió una fogata. Más allá del bosque y de la niebla, Verlyn permanecía visible como una sombra inmensa que muchos soldados sentían observarlos desde la distancia.
Cerca de la medianoche llegaron los primeros espías, agotados y completamente empapados. Massena los recibió personalmente.
—Hablen.
Uno de ellos respiró profundamente.
—Dentro de la ciudad ocurre algo.
—Continúa.
—Las tensiones aumentan. Hay enfrentamientos, disturbios, reuniones clandestinas y los revolucionarios se están moviendo.
Massena escuchó sin interrumpir.
—¿Están preparados?
El espía dudó.
—Todavía no. Necesitan más tiempo.
Massena volvió a observar las murallas.
—Entonces esperaremos.
Tomar Verlyn mediante un asalto podía costarle miles de hombres sin garantizar siquiera la entrada. Si la ciudad estaba comenzando a fracturarse desde dentro, cada hora de espera podía evitar una matanza frente a sus murallas.
La lluvia no cesó durante el día siguiente. El bosque dejó de parecer un refugio y comenzó a sentirse como una prisión de barro, ramas húmedas y frío. Algunos soldados despertaron cubiertos de lodo, otros no habían dormido y muchos caminaban entre los árboles únicamente para evitar congelarse. El ejército empezaba a resentir la espera y apenas había transcurrido un día.
Massena recorrió las posiciones desde temprano sin prometer victorias ni pronunciar discursos. Observó rostros cansados, manos temblorosas y mantas empapadas, sabiendo perfectamente qué pensaban sus hombres. Verlyn estaba delante de ellos y nadie entendía por qué seguían esperando.
Un capitán se acercó durante la mañana.
—Mariscal.
—¿Sí?
—Los hombres comienzan a impacientarse.
Massena siguió mirando la ciudad.
—Lo imaginaba.
—Muchos creen que estamos perdiendo tiempo.
Massena lo observó.
—¿Y tú?
El capitán dudó.
—Yo también.
Massena dejó escapar una pequeña sonrisa.
—Al menos tienes el valor de decirlo.
Volvió la vista hacia las murallas.
—Dime, ¿cuántos hombres crees que morirían si atacamos ahora?
El capitán guardó silencio.
—Miles.
—Sí. Y aun así no estoy seguro de que logremos entrar.
La conversación terminó allí. Nadie podía negar que las fortificaciones de Verlyn seguían siendo una pesadilla.
Durante la mañana aumentaron los enfermos. Los médicos atendían tos, fiebre y escalofríos mientras la humedad dañaba arcos, cuerdas, botas, mantas y alimentos. Los caballos sufrían tanto como los hombres. Al mediodía llegaron nuevos espías.
—¿Qué ocurre dentro? —preguntó Massena.
Uno de ellos respiró profundamente.
—Las cosas empeoran.
—¿Cómo?
—Los revolucionarios se están organizando mejor y las detenciones aumentaron.
Otro espía intervino.
—También aumentó la rabia.
Massena fijó la mirada en ellos.
—Explíquenlo.
—Muchos ciudadanos tienen miedo.
—Eso ya lo sabíamos.
—Ahora también están furiosos.
Aquello era distinto. El miedo podía inmovilizar, pero la rabia podía convertir a ciudadanos comunes en combatientes.