La lluvia continuaba cayendo y parecía imposible recordar cuándo había sido la última jornada despejada. El cielo permanecía cubierto por una inmensa capa gris mientras el campamento romano se extendía entre colinas embarradas y bosques húmedos. Miles de tiendas, soldados y caballos ocupaban el paisaje, todos cargando ya el peso de meses de campaña. Sin embargo, aquella mañana la atención no estaba puesta en el frente, sino en un prisionero que no era general, noble ni mariscal, sino emperador: Maelgoriun.
Su captura seguía resultando difícil de comprender incluso para quienes habían participado en ella. Había aparecido prácticamente solo, atravesado territorios en guerra y llegado hasta el corazón del ejército enemigo para terminar capturado sin ofrecer una resistencia que explicara semejante riesgo. Todo parecía demasiado extraño para ser un accidente y demasiado deliberado para ser una simple imprudencia.
Andy observaba la lluvia desde la entrada de su tienda. Sobre la mesa había mapas, informes y partes de guerra, pero su atención permanecía lejos de ellos. Pensaba en el interrogatorio, en las respuestas obtenidas y, sobre todo, en las preguntas que Maelgoriun había dejado abiertas.
Un soldado apartó la entrada de la tienda.
—Los mariscales ya llegaron.
Andy asintió.
—Hazlos pasar.
Uno tras otro entraron Napoleon, Augereau, Berthier, Bessières, Bernadotte, Draeikos, Piero y finalmente Velo. Todos tomaron asiento alrededor de la mesa principal y el ambiente adquirió la rigidez de un juicio más que la de una reunión militar. Berthier rompió el silencio.
—¿Habló?
Andy levantó la vista.
—Sí.
Varias miradas se cruzaron. Bernadotte fue el siguiente.
—¿Y bien?
Andy tardó unos segundos.
—No demasiado.
Aquella respuesta provocó más sospecha que decepción porque todos entendieron lo mismo: Maelgoriun había hablado, pero había escogido cuidadosamente qué decir. Augereau se inclinó hacia adelante.
—¿Qué dijo?
Andy apoyó ambas manos sobre la mesa.
—Confirmó algo. Kamila sigue viva.
La noticia recorrió la tienda de inmediato. Piero fue el primero en reaccionar.
—¿Dónde?
—En territorio nórdico.
Napoleon frunció el ceño.
—¿Eso es todo?
Andy negó.
—No. También confirmó que sabía que podía ser capturado.
Draeikos habló.
—¿Lo sabía?
—Sí.
—¿Y aun así vino?
—Sí.
Las miradas comenzaron a cruzarse porque aquello no parecía tener sentido. Bernadotte verbalizó lo que todos pensaban.
—Eso no tiene sentido.
Velo intervino.
—¿Intentó negociar?
—No.
—¿Pidió algo?
—No.
—¿Amenazó?
—Tampoco.
Napoleon observó el mapa durante varios segundos antes de hablar.
—Ningún emperador cruza media guerra para ser capturado.
Mientras los mariscales buscaban respuestas en los mapas, otras piezas ya se movían a cientos de kilómetros. Verlyn ardía, Massena avanzaba, Sieyès avanzaba, Joshua continuaba empujando su frente y Armagedon se desplazaba bajo la lluvia por un lugar que ninguno de ellos podía señalar con certeza.
La reunión no terminó con Maelgoriun porque aquella incógnita era solo una parte de un problema mayor: la guerra completa comenzaba a llenarse de zonas que nadie comprendía del todo. Los mapas cubrían casi toda la mesa central con ríos, bosques, ciudades, fortificaciones y caminos convertidos en barro. Allí estaban meses de campaña reducidos a tinta y papel. Piero fue quien decidió apartar momentáneamente el asunto del prisionero.
—Olvidemos por un momento a Maelgoriun.
Varios asintieron.
—¿Dónde estamos?
Andy apoyó las manos sobre el mapa.
—Más cerca del final que del principio.
La frase arrancó algunas sonrisas cansadas porque, por primera vez en mucho tiempo, parecía cierta. Joshua había roto el frente occidental, los nórdicos ya no representaban una amenaza inmediata, la revolución seguía creciendo y varios pueblos comenzaban a rebelarse mientras el Reino de las Mentiras mostraba signos cada vez más claros de desgaste. Berthier señaló las líneas de abastecimiento.
—Nuestros suministros siguen llegando.
Bessières lo corrigió.
—Con retrasos.
—Pero llegan. Eso es lo importante.
Bernadotte señaló la enorme mancha negra del mapa.
—Si la revolución sigue creciendo, la capital terminará colapsando.
Augereau asintió.
—Tarde o temprano. Todo reino tiene un límite.
Andy mantuvo la vista fija sobre Verlyn. Durante meses toda la campaña había girado alrededor de aquella ciudad y ahora parecía cada vez más vulnerable, no por los ejércitos que la rodeaban, sino por su propia población. Velo habló en voz baja.
—Las revoluciones son difíciles de detener, especialmente cuando comienzan a alimentarse solas.
Nadie respondió porque incluso los militares comprendían aquella verdad. Una ciudad podía resistir un asedio, hambre o bombardeos, pero cuando sus habitantes comenzaban a luchar entre sí, la naturaleza del conflicto cambiaba por completo. Piero observó el mapa.
—Si Verlyn cae...
Durante varios minutos más discutieron escenarios futuros y, por primera vez en semanas, cierto optimismo se instaló dentro de la tienda. Fue entonces cuando Velo dejó de escuchar plenamente a los demás y fijó la vista sobre una zona concreta del mapa: Charlottenburg. La observó durante varios minutos sin interrumpir. Cuanto más la miraba, más incómoda le parecía. Había una pregunta pequeña, casi insignificante, que todavía nadie había formulado.
La reunión siguió adelante con conversaciones sobre suministros, posiciones y reservas hasta que Napoleon reparó en la mirada de Velo y siguió su dirección.
—Hay algo que no entiendo.
Andy levantó la vista.
—¿Qué ocurre?
Velo señaló el mapa.
—Charlottenburg.
Bernadotte frunció el ceño.
—¿Qué sucede con Charlottenburg?