La mañana llegó cubierta por una lluvia fría, persistente e inagotable. Las nubes llevaban tantos días ocultando el sol que algunos soldados apenas recordaban cuándo habían visto por última vez un cielo despejado. El barro dominaba el campamento, las ruedas de los carros se hundían, los caballos avanzaban con dificultad y las capas pesaban por el agua acumulada. Sin embargo, aquella mañana era distinta. Se percibía en las conversaciones, en las miradas y en la forma en que los oficiales caminaban entre las tiendas. Desde la madrugada, los mensajeros iban y venían, las unidades eran reorganizadas, los suministros distribuidos, los mapas actualizados y las órdenes copiadas una y otra vez. Por primera vez en semanas, todo el ejército parecía moverse hacia un mismo objetivo: Verlyn.
La gran tienda de mando estaba llena. Napoleon, Bessières, Draeikos, Velo, Berthier, Augereau, Bernadotte y Andy rodeaban la enorme mesa central. Piero no estaba presente porque todavía se recuperaba de las heridas provocadas por el derrumbe y no podía permanecer demasiado tiempo de pie. Aquello irritaba profundamente a Andy, aunque jamás lo habría admitido. Necesitaba a su hermano, pero tendría que decidir sin él.
Andy observó el mapa extendido sobre la mesa. La tinta comenzaba a correrse por la humedad, los bordes estaban desgastados y las marcas de meses de campaña cubrían el papel. Aun así, todas parecían conducir al mismo punto.
—Ha llegado el momento...—Andy señaló Verlyn.—Massena debería encontrarse cerca de las rutas occidentales. Sieyès debe estar movilizando a los revolucionarios.—deslizó el dedo hacia la posición de su propio ejército.—Nosotros golpearemos de frente.
Bessières levantó la mirada.
—¿Ataque general?
Andy lo corrigió.
—Ataque total. Sin reservas.
Algunos oficiales intercambiaron miradas. La decisión implicaba un riesgo enorme, pero también prometía velocidad, algo que después de años de guerra empezaba a importar más que la prudencia.
Berthier tomó varias hojas.
—Necesitaremos reorganizar las columnas.
—Hazlo.
—También habrá que coordinar los suministros.
—Hazlo.
—Las piezas de artillería...
Andy lo interrumpió.
—Hazlo.
Velo observaba el mapa en silencio. Nada en el plan parecía claramente incorrecto y, sin embargo, algo seguía molestándolo. No podía señalar un error, una posición enemiga ni un informe que justificara su incomodidad. Napoleon terminó notándolo.
—¿Ocurre algo?
Velo tardó unos segundos.
—No.
Mentía, y ambos lo sabían. Andy golpeó la mesa.
—Entonces está decidido.—todos levantaron la vista.—Mañana Verlyn arderá.
La frase cayó sobre la sala como una sentencia. Nadie se opuso porque todos comprendían que acababan de cruzar un punto del que ya no sería fácil regresar.
Durante el resto de la mañana y buena parte de la tarde, Berthier y Velo coordinaron los detalles de la operación. Se redactaron órdenes, distribuyeron rutas, asignaron reservas, prepararon convoyes y organizaron columnas. Miles de soldados comenzaron a movilizarse sin saber que, a muchos kilómetros de allí, otro ejército también marchaba, uno que no se dirigía hacia Verlyn, sino directamente hacia ellos.
El resto del día transcurrió entre órdenes y preparativos. Los herreros trabajaban sin descanso, los carpinteros reparaban ruedas, los armeros revisaban las armas, los oficiales comprobaban efectivos y los intendentes distribuían las últimas provisiones. Los soldados hacían lo que siempre hacían antes de una gran batalla: esperar y pensar. Algunos limpiaban sus fusiles, otros escribían cartas y muchos simplemente contemplaban la lluvia preguntándose si sobrevivirían al día siguiente.
La noticia del ataque se propagó rápidamente a pesar de que nadie había ordenado divulgarla. Verlyn estaba finalmente al alcance. Muchos veteranos habían combatido durante años para llegar hasta aquel momento, atravesando bosques, montañas, ríos y campos cubiertos de cadáveres mientras perdían amigos, hermanos y comandantes. Ahora podían imaginar el final. En la zona de mando, Berthier trabajaba rodeado por decenas de mapas.
—Necesito otra copia de esta ruta y otra de esta. También quiero actualizar los puentes.
Un oficial salió corriendo mientras otros tomaban notas. La actividad era frenética, pero Berthier parecía cómodo en medio del desorden.
Velo trabajaba en una tienda cercana, mucho más silenciosa y llena de documentos, cartas interceptadas, declaraciones de prisioneros y registros de inteligencia. Volvió a leer los informes: Charlottenburg: nada. Massena: nada. Sieyès: nada. Una parte de él quería acudir nuevamente ante Andy e insistir, pero no sabía qué advertirle, no tenía una posición enemiga, un movimiento confirmado ni siquiera una ciudad cuya caída pudiera señalar. Uno de sus ayudantes apareció.
—¿Sigues con eso?
Velo no levantó la vista.
—Sí.
—Mañana atacaremos Verlyn.
—Lo sé.
—Entonces deja eso.
Velo levantó finalmente la cabeza.
—No puedo.
El ayudante suspiró.
—¿Por qué?
Velo observó el mapa.
—Porque algo no encaja.
—¿Qué?
—No lo sé.
En otro sector del campamento, Napoleon caminaba solo bajo la lluvia, sin escoltas ni ayudantes. Observaba las filas, los caballos, las baterías de artillería y las columnas que comenzaban a prepararse. Los soldados lo saludaban al verlo pasar y él respondía con pequeños gestos, aunque parecía profundamente distraído.
Al llegar a una elevación se detuvo. Desde allí podía contemplar miles de tiendas, fogatas y hombres, uno de los mayores ejércitos reunidos durante toda la guerra. Aun así, no consiguió sentirse tranquilo. Draeikos apareció a sus espaldas.
—Te estaba buscando.
Napoleon no se movió.
—Ya me encontraste.
Draeikos soltó una pequeña risa.
—Sigues pensando en Charlottenburg.
Napoleon tardó unos segundos.