La madrugada permanecía silenciosa bajo una lluvia constante que golpeaba miles de tiendas oscuras. El ejército del Emperador de Negro descansaba, o al menos lo intentaba, porque incluso los veteranos más endurecidos comenzaban a mostrar señales de agotamiento. En el centro del campamento, Joshua dormía, aunque su mente permanecía atrapada en otro lugar, en un hogar que ya no existía.
En su sueño, el cielo era azul. No gris, no cubierto por humo ni lluvia, sino de un azul tan limpio que dolía. Joshua caminaba lentamente por un jardín que reconoció de inmediato porque había sido feliz allí mucho tiempo atrás. Entonces escuchó una risa infantil y el corazón se le estremeció. Thais y Adriano corrían entre las flores, persiguiéndose, empujándose y riendo como si la guerra jamás hubiese existido. Adriano levantó una mano.
—¡Padre!
Joshua permaneció inmóvil durante varios segundos, observando aquella sonrisa que llevaba años intentando conservar en la memoria y que cada día parecía alejarse un poco más. Comenzó a caminar hacia ellos con miedo, como si cualquier movimiento brusco pudiera romper la escena. Entonces vio a Alondra sentada bajo un árbol, ella también sonreía.
Joshua avanzó otro paso porque quería abrazarlos, escuchar sus voces y permanecer allí aunque solo fuese un instante... el silencio llegó primero y las risas desaparecieron, los pájaros dejaron de cantar y el viento se extinguió, pero apareció una luz violenta y demasiado brillante. 3Joshua la reconoció.
—No...
La explosión atravesó el sueño y el jardín desapareció junto con los árboles y las flores. Solo quedaron fuego, humo y gritos.
Joshua despertó bruscamente, respirando con dificultad y empapado en sudor. La lluvia golpeaba suavemente la lona de la tienda. El mundo real había regresado junto con la guerra y la soledad. Permaneció sentado durante varios segundos, inmóvil, hasta cerrar los ojos y bajar lentamente la cabeza. Incluso después de tantos años, campañas y muertos, aquella herida seguía abierta.
La tienda permaneció en silencio mientras su respiración recuperaba poco a poco el ritmo. Joshua pasó una mano por el rostro. El agotamiento que sentía no era físico, sino uno mucho más profundo, nacido de los muertos y especialmente de tres nombres que nunca habían dejado de acompañarlo.
Se inclinó hacia un pequeño mueble junto a la cama y abrió un cofre de madera viejo y gastado. Dentro estaban las tres estatuillas.
Tomó primero la de Thais. Era pequeña y estaba tallada en madera. La sostuvo entre las manos mientras intentaba reconstruir su rostro, su voz y su risa. Los recuerdos comenzaban a volverse crueles porque cada año parecían borrar algo. Todavía podía recordar su risa, pero a veces dudaba del color exacto de sus ojos, y aquello lo aterraba más que cualquier batalla.
Dejó la figura cuidadosamente sobre sus piernas y tomó la de Adriano. El niño siempre había querido ser soldado y seguía a Joshua por toda la casa haciendo preguntas constantes. En otro tiempo algunas le habían resultado molestas; ahora habría entregado cualquier cosa por escucharlas de nuevo. Recordó al pequeño intentando sostener una espada demasiado grande y una lágrima descendió por su mejilla hasta caer sobre la estatuilla.
Tomó la tercera figura: Alondra. Durante varios segundos no consiguió mirarla. La sostuvo con ambas manos porque aquella pérdida era diferente. Alondra no había muerto en una explosión ni en combate; había terminado vencida por el dolor, la culpa y la desesperación. Joshua levantó finalmente la mirada hacia la pequeña figura y apareció en su rostro una sonrisa triste.
—Los extraño.
Permaneció largo rato sentado con las tres estatuillas entre las manos mientras la lluvia continuaba golpeando el exterior, los ejércitos avanzaban y las ciudades ardían. Durante aquellos minutos, el Emperador de Negro no era emperador ni comandante, sino un hombre sentado junto a los únicos tres seres humanos cuya pérdida jamás había conseguido aceptar.
Más tarde, el campamento continuaba bajo una calma extraña. Los centinelas vigilaban los caminos, los cocineros comenzaban a preparar el desayuno y algunos soldados limpiaban sus armas mientras otros contemplaban la lluvia. Nadie esperaba que aquella madrugada fuese distinta.
Entonces llegó un cañonazo lejano, aunque muchos pensaron que era un trueno. Poco después llegó otro y después un tercero. Los veteranos comenzaron a levantar la vista porque aquellos sonidos no nacían en el cielo, sino en la tierra. Un explorador llegó galopando desde el norte con el caballo agotado y dos soldados corrieron hacia él.
—¿Qué sucede?
El hombre apenas conseguía respirar.
—Fuego en dirección a Verlyn.
Los informes comenzaron a multiplicarse. Patrullas, exploradores y mensajeros regresaban con la misma noticia: incendios, explosiones y movimientos dentro de la ciudad. Los cañonazos se hicieron cada vez más frecuentes hasta que nadie pudo seguir confundiéndolos con truenos. Davout salió de su tienda ajustándose los guantes.
—¿Qué sabemos?
Un oficial respondió.
—Explosiones en Verlyn. Incendios visibles. No sabemos quién combate.
Davout observó el horizonte y Magnus apareció poco después con la capa empapada.
—¿Confirmado?
—Sí —respondió Davout—. Algo sucede en Verlyn.
Magnus contempló las luces durante varios segundos y Juno llegó poco después.
—Debemos informarle.
Magnus respondió primero.
—Está rezando.
Los tres guardaron silencio.
—Entonces esperaremos.
Los cañones continuaron resonando con mayor frecuencia mientras el horizonte de Verlyn comenzaba a teñirse de rojo. Davout, Magnus y Juno permanecían observando las luces sin apartarse demasiado de la tienda imperial.
Juno terminó perdiendo la paciencia.
—Deberíamos despertarlo.
Nadie respondió.
—Esto ya no es una escaramuza. Verlyn está ardiendo. La revolución comenzó.