El Mundo de las Mentiras Horrores de Guerra

El Tuerto, el Cojo y el Convaleciente

La lluvia había cesado hacía apenas unos minutos, no quedaban relámpagos sobre Verlyn; solo un cielo inmóvil, cubierto por una costra de nubes negras que ocultaba por completo el sol. La luz descendía enferma entre columnas de humo, incapaz de atravesar el polvo, la ceniza y el vapor que todavía escapaba de los cráteres abiertos por la artillería.

El campo ya no parecía un lugar donde hubiese existido vidal; la tierra había perdido su color; el barro era una mezcla espesa de agua, pólvora y sangre que se adhería a las botas con un peso insoportable. Los restos de carros carbonizados seguían ardiendo lentamente; algunas ruedas aún giraban impulsadas por el viento antes de detenerse para siempre. Fusiles partidos, banderas reducidas a jirones y piezas de artillería volcadas sobresalían entre cientos de cuerpos inmóviles como si el propio terreno hubiese comenzado a expulsar hierro y carne al mismo tiempo.

El aire era denso, cada respiración arrastraba el olor metálico de la sangre reciente mezclado con madera quemada, cuero húmedo y pólvora. Más allá del frente, donde horas antes habían rugido los cañones, solo permanecían los sonidos que sobreviven a todas las guerras: el gemido de algún herido que todavía no encontraba quien lo auxiliara, el resoplido nervioso de un caballo atrapado bajo una carreta y el golpe constante de las palas comenzando a abrir las primeras fosas.

Nadie celebraba, los hombres caminaban entre los muertos buscando rostros conocidos. Algunos se arrodillaban junto a un compañero y permanecían inmóviles varios segundos antes de continuar; otros simplemente seguían avanzando sin mirar demasiado, como si detenerse significara aceptar que la guerra les había arrebatado una parte de sí mismos.

En medio de aquel paisaje, una figura permanecía de rodillas: Armagedón, su armadura estaba destrozada. La coraza había cedido en varios puntos y la tela oscura que aún colgaba de sus hombros apenas conservaba el color original bajo la sangre seca y el barro. Respiraba con dificultad, apoyando una mano sobre el suelo mientras varios soldados mantenían los fusiles apuntándole desde distintos ángulos.

Andy avanzó lentamente, cada paso hundía las botas en el barro con un sonido húmedo que parecía romper el silencio del campo. Llevaba el uniforme desgarrado, el rostro cubierto por polvo y sangre ajena. En su mirada no quedaba rastro del estratega, solo permanecía un hombre que había visto morir demasiados amigos.

Se detuvo frente a Armagedón y lo observó durante varios segundos, su mano descendió lentamente hasta la empuñadura de la espada y el acero abandonó la vaina con un sonido limpio. Los soldados alrededor comprendieron inmediatamente sus intenciones.

Andy levantó la espada.

—Se terminó.—La voz salió grave, casi vacía.

Armagedón levantó apenas la cabeza, no había desafío en sus ojos, solo un cansancio tan profundo que parecía haber consumido incluso el orgullo. La espada comenzó a descender.

—¡Andy!

El filo se detuvo a escasos centímetros. Piero sujetaba su brazo con ambas manos, estaba agotado; el uniforme conservaba más cortes que tela y la sangre que cubría parte de su pecho ya comenzaba a secarse, pero aún mantenía la fuerza suficiente para impedir aquel golpe.

—Está rendido.

Andy no apartó la vista de Armagedón.

—¿Y cuántos de los nuestros pudieron rendirse?

Piero guardó silencio.

—No así —dijo finalmente.

Andy intentó liberarse, Piero resistió y durante un instante ninguno de los dos pareció dispuesto a ceder; entonces una tercera voz rompió el silencio.

—Basta.

Napoleón avanzó entre los soldados, su rostro reflejaba el mismo agotamiento que el resto del ejército, pero su voz conservaba la firmeza del mando y se colocó entre ambos sin apartar la vista de Andy.

—No permitiremos que la primera decisión después de la victoria sea ejecutar a un prisionero.

Andy clavó los ojos en él.

—¿Victoria?

Miró alrededor.

—¿A esto le llamas victoria?

Napoleón no respondió. El viento volvió a recorrer el campo y arrastró una fina capa de ceniza entre los tres hombres antes de perderse hacia las ruinas de Verlyn. Entonces se escuchó un golpe seco....Tac....Tac.

El sonido de un bastón golpeando la piedra, era lento e irregular, pero avanzaba con la seguridad de alguien que no necesitaba anunciar su presencia y los tres giraron al mismo tiempo: Una figura emergía desde el camino que conducía a la ciudad, vestía de negro; la pierna izquierda arrastraba ligeramente el paso y el bastón absorbía parte del peso de su cuerpo. Una antigua cicatriz cruzaba el cuello hasta perderse bajo el uniforme.

Andy dejó escapar el aire como si hubiera olvidado respirar, Piero permaneció inmóvil e incluso Napoleón bajó lentamente la cabeza. Armagedón frunció apenas el ceño y observó con atención aquel rostro, después sonrió con amargura.

—Así que... el Emperador Negro eras tú.

Joshua respondió con una sonrisa cansada. Miró primero a Andy y luego a Piero, finalmente negó con la cabeza.

—Al final del día... siguen siendo los mismos idiotas.

Durante varios segundos nadie fue capaz de hablar hasta que Andy rompió el silencio.

—Yo...—su voz se quebró.—...yo te enterré.

Joshua apoyó ambas manos sobre el bastón y la sonrisa no desapareció.

—Y yo nunca tuve intención de asistir a mi propio funeral.

Piero soltó una breve risa, fue apenas un instante; la primera en demasiado tiempo, después respiró hondo y miró a ambos.

—Entren.

Andy seguía sin apartar la vista de Joshua, como si aún necesitara convencerse de que no estaba frente a un fantasma. Joshua dio media vuelta con calma.

—Tenemos mucho de qué hablar.

Antes de marcharse, Piero se volvió hacia Napoleón, no hizo falta levantar la voz.

—El mando es tuyo.

Napoleón asintió una sola vez y observó cómo las tres figuras se alejaban lentamente hacia las murallas ennegrecidas de Verlyn, luego volvió la mirada hacia el inmenso campo cubierto de muertos.



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En el texto hay: batallas, horror y sangre, traumas y odio

Editado: 29.07.2026

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