La lluvia había quedado atrás, por primera vez en muchas semanas el cielo permitía distinguir pequeños claros entre las nubes, aunque el sol apenas conseguía atravesarlas. El otoño comenzaba a agotarse lentamente; las hojas amarillas y rojizas cubrían los senderos del bosque formando una alfombra húmeda que amortiguaba el sonido de los cascos, mientras una brisa fría descendía desde las montañas anunciando un cambio de estación que ninguno de los tres hombres deseaba nombrar.
Napoleón encabezaba la pequeña columna de dragones sin apartar la vista del camino. Su caballo mantenía un paso constante, pero él no dejaba de alternar la mirada entre el horizonte y el mapa doblado que sostenía sobre el muslo izquierdo; cada cierto tiempo deslizaba el dedo sobre las rutas marcadas con carbón, comprobando por enésima vez unas distancias que conocía prácticamente de memoria.
Detrás avanzaban Davout y Draeikos: El primero mantenía la espalda completamente recta sobre la montura; apenas movía la cabeza, sus ojos recorrían los márgenes del bosque, los senderos secundarios y las colinas que dominaban el camino principal con la misma paciencia con la que un cazador estudia un terreno desconocido.
Draeikos, en cambio, llevaba la pipa apagada entre los labios desde que abandonaron Verlyn. Giraba lentamente el pedernal entre los dedos sin llegar a encenderlo. Más de una vez acercó la mano al bolsillo donde guardaba el tabaco y otras tantas la retiró antes de terminar el movimiento.
El silencio terminó rompiéndolo Napoleón.
—¿Cuánto falta?
Davout levantó brevemente la vista hacia una elevación que asomaba entre los árboles.
—Dos horas... quizá menos.
Napoleón asintió sin dejar de avanzar.
Los dragones continuaban detrás de ellos en una columna perfectamente ordenada. A diferencia del ejército principal, aquellos hombres apenas transportaban lo indispensable para moverse con rapidez. Cada caballo llevaba únicamente una pequeña ración, munición y herramientas para reparar las monturas durante la marcha.
El camino comenzó a descender: Los árboles se abrieron lentamente dando paso a un valle atravesado por un río estrecho, sobre el agua flotaban hojas secas que la corriente arrastraba con una lentitud casi hipnótica. Más allá del puente de piedra apareció un pequeño caserío.
Las chimeneas seguían humeando: Un anciano levantó la vista al escuchar los cascos acercarse y se descubrió la cabeza al reconocer los uniformes. Dos niños dejaron de jugar junto a un carro de leña para observar en silencio el paso de la columna.
Napoleón respondió con un leve movimiento de cabeza, mientras dejaban atrás el pueblo, Draeikos observó de reojo los pequeños huertos todavía verdes junto a las viviendas.
—Hace semanas que no veía un lugar intacto.
Aquellas pocas casas parecían pertenecer a otro mundo, un mundo donde la guerra todavía no había pasado. El bosque volvió a cerrarse tras ellos, el aire comenzó a enfriarse y las primeras ráfagas agitaban las copas desnudas produciendo un murmullo constante que acompañaba el trote de los caballos.
Napoleón dobló el mapa y lo guardó bajo la casaca.
—Si el almacén sigue allí podremos reorganizar la campaña.
Davout desvió brevemente la vista hacia él.
—Al menos tendremos tiempo.
—Y comida —añadió Draeikos mientras golpeaba suavemente la pipa contra la palma de la mano.
Napoleón dejó escapar una leve sonrisa.
—Con comida siempre aparece una solución.
Durante unos instantes ninguno volvió a hablar y el ritmo de la marcha aumentó. Los dragones espolearon sus caballos siguiendo a sus comandantes mientras el camino comenzaba a elevarse nuevamente. Entonces, entre las ramas desnudas del bosque, apareció una torre de vigilancia, después otra y finalmente, sobre una pequeña loma, emergieron las empalizadas de madera que protegían el gran almacén de Potsdam.
Napoleón redujo el paso, sus ojos recorrieron lentamente las murallas destruidas.
[aquellos que se quedaron a descanzar, reposaron eternamente]
Aquel viento balanceando las banderas descoloridas que aún colgaban sobre la entrada principal y sin apartar la vista de la fortificación, llevó una mano hasta la empuñadura del sable. Después espoleó suavemente el caballo.
—Vamos. Tenemos trabajo por delante.
Los dragones cruzaron el último tramo del camino formando dos columnas a medida que ascendían por la loma, el almacén revelaba su verdadera magnitud. La empalizada superaba con facilidad la altura de tres hombres y estaba reforzada por un terraplén de tierra apisonada. En las esquinas se alzaban cuatro torres de vigilancia comunicadas por un camino de ronda desde el que, meses atrás, decenas de centinelas habían custodiado uno de los depósitos más importantes del ejército. Ahora no había nadie, solo el viento.
Napoleón desmontó antes de llegar al portón, las botas se hundieron unos centímetros en el barro, avanzó despacio hasta la enorme puerta de madera, apoyó la palma sobre uno de los tablones; la humedad del otoño había hinchado la madera, pero las bisagras seguían enteras.
Davout caminó bordeando la empalizada, pasó los dedos por varios troncos y se inclinó junto al foso, observó la tierra, después levantó la vista hacia una de las torres, seguía intacta. Draeikos permanecía inmóvil frente al portón, sus ojos recorrían lentamente los alrededores, las copas de los árboles, el camino, incluso el silencio parecía demasiado ordenado.
Napoleón se volvió hacia un sargento.
—Ábranlo.
Cuatro dragones apoyaron los hombros contra la puerta, la madera apenas cedió; el sargento levantó la mano y otros cuatro hombres acudieron inmediatamente. Las bisagras comenzaron a protestar con un crujido grave que resonó por toda la fortificación, poco a poco, el portón fue abriéndose.
Napoleón dio un paso al frente, las filas de estanterías aparecieron lentamente a ambos lados del enorme edificio. Kilómetros de tablones perfectamente alineados: Barriles, soportes, ganchos; todo ocupaba exactamente el lugar donde debía encontrarse, pero...no había nada sobre ellos.