El Mundo de las Mentiras Los Caidos

Los Quehaceres del hogar

La puerta del cuartel se abrió antes del amanecer; primero entraron los caballos, luego los hombres. El sonido de cascos sobre piedra resonó en el patio interior mientras los soldados cruzaban la entrada uno tras otro, cubiertos de polvo del camino. Algunos caminaban erguidos, otros arrastraban ligeramente un pie.

Un carro pasó lentamente detrás de ellos; en él iban los heridos, vendajes oscuros, rostros pálidos; uno de los hombres en el carro apretaba los dientes con tanta fuerza que la sangre había vuelto a filtrarse por la venda de su costado.

Nadie hablaba.

Durante semanas habían vivido con el ruido constante de la guerra: acero contra acero, órdenes gritadas, hombres cayendo y aquel silencio del cuartel resultaba extraño.

Un soldado joven desmontó de su caballo, sus manos temblaban un poco mientras desabrochaba las correas de la armadura.

—¿Cuántos?

preguntó sin mirar a nadie.

Un veterano que caminaba cerca respondió:

—Doce muertos.

Se detuvo un momento.

—Cinco más que no llegarán al anochecer.

El joven tragó saliva y miró el carro de heridos.

Uno de los hombres en la parte trasera estaba cubierto con una tela gruesa; el rostro no se veía, pero el bulto bajo la tela no se movía.

El joven apartó la mirada.

—Dijeron que ganamos esa batalla.

El veterano escupió al suelo.

—La historia lo dictan los vencederos y parece que somos nosotros.

Miró el carro otra vez.

—Los muertos nunca preguntan quién ganó.

Los soldados empezaron a dispersarse por el patio. Algunos buscaban agua, otros simplemente se sentaban en el suelo con la espalda contra la pared.

Un hombre dejó caer su espada junto a la mesa central.

—Quiero irme a casa.

Otro soldado respondió desde el fondo.

—Yo también.

Un tercero habló.

—Mi hijo nació mientras estaba en el frente.

Un silencio breve recorrió al grupo.

—¿Lo has visto?

preguntó alguien. El hombre negó.

—No.

Miró sus manos sucias, con una especie de melancolia.

—Ni siquiera sé si se parece a mí.

Un soldado mayor se quitó lentamente el casco. El cabello gris estaba pegado al sudor.

—Mi esposa me envió una carta; dice que la cosecha fue buena este año.—Se detuvo.—Dice que el perro sigue esperando en la puerta todas las noches.

Nadie dijo nada.

La guerra tenía esa costumbre cruel; mientras los hombres peleaban y morían en campos lejanos, el mundo seguía moviéndose sin ellos.

Un soldado levantó la cabeza.

—¿Entonces es verdad?

—¿La tregua?

Otro respondió.

—Eso dicen.

El primero frunció el ceño.

—¿Quién firmó?

La respuesta llegó rápido.

—Los hermanos.

La palabra cayó pesada; uno de los soldados golpeó la mesa con el puño.

—¡Traicioneros!

Las miradas se levantaron y la rabia que habían guardado durante el viaje empezó a salir.

—¡Estábamos ganando!

—¡Tenían las murallas cayéndose!

—¡Dos semanas más y tomábamos la ciudad!

El soldado joven habló con amargura.

—Tres de mis amigos murieron intentando cruzar ese maldito puente.

Miró alrededor.

—¿Y para qué?

Otro hombre levantó la voz.

—¡Para que un estratega firme una tregua!

El veterano negó con la cabeza. Otro escupió la palabra con desprecio.

—Traicioneros.

La conversación cambió de dirección.

—¿Y Joshua?

Un soldado se rió sin humor.

—Joshua…

Miró al grupo.

—¿Dónde está ahora?

Nadie respondió.

El soldado continuó:

—En su casa, con sus hijos, mientras que nosotros no vemos a los nuestros.

La palabra salió cargada de desprecio.

—Un rey que se esconde.

Otro añadió:

—Un rey que duda es un rey débil.

Algunos asintieron.

Un tercero mencionó otro nombre.

—¿Y Andy?

El ambiente cambió un poco, pasaron segundos cuando un soldado habló.

—Andy ya no es uno de nosotros.

Otro agregó:

—Ahora es un señor. Un hombre que manda desde lejos.

El soldado joven miró el suelo.

—Antes estaba en la primera línea, ahora ni siquiera viene al cuartel.

La sensación de abandono empezó a mezclarse con el cansancio. Fue entonces cuando una voz se escuchó desde la entrada.

—Hablan como si el mundo les debiera algo.

Los soldados giraron: Un hombre estaba apoyado contra la puerta, alto y cubierto de polvo; la espada colgaba relajada de su cintura. Caminó hacia el centro del patio. Sus botas crujieron sobre la grava.

—¿Quién eres?

preguntó un soldado.

El hombre respondió sin detenerse.

—Aquiles.

El nombre se movió entre los soldados. Algunos lo reconocieron, uno murmuró:

—El centinela en ascenso…

Aquiles llegó hasta la mesa. Observó el carro de heridos y luego el cuerpo cubierto.

—¿Doce?

El veterano respondió.

—Doce muertos y cinco más que no verán mañana.

Aquiles asintió lentamente, luego miró a los hombres reunidos.

—¿Y están aquí quejándose?

El soldado joven respondió con rabia.

—Nos quitaron la guerra.

Aquiles inclinó la cabeza.

—¿La guerra era tuya?

El joven no respondió. Aquiles apoyó una mano sobre la mesa.

—La guerra nunca pertenece a los soldados.

Miró alrededor.

—Solo somos los que la sobreviven.

Un soldado preguntó:

—¿Tú también crees que los hermanos hicieron bien?

Aquiles se encogió ligeramente de hombros.

—No estaba en esa mesa, así que no hablo de decisiones que no tomé.

El soldado gruñó.

—Eso suena a cobardía.

Aquiles sonrió apenas.

—Cobardía es necesitar la guerra para sentirse útil.

El ambiente se tensó, pero en ese momento otro hombre entró al patio. No hizo ruido, simplemente apareció caminando entre los soldados y su mirada analizó el lugar.

—¿Terminamos en la parte en donde todos se quejan?



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En el texto hay: reflexiones, absurdísmo

Editado: 28.03.2026

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