Hoy he firmado siete muertes. La tinta aún no se seca y ya han dejado de pertenecerme. Los nombres pasan al verdugo con la misma facilidad con que cruzaron mi mesa; el sello cae; el pergamino cruje y mi mano tiembla apenas, pero no como aquella vez. Nadie lo nota. Los oficiales miran el suelo con disciplina aprendida. Uno de ellos recoge los decretos y espera mi gesto final... Asiento, me sale sin hablar y el salón vuelve a cerrarse sobre sí mismo.
No leo sus edades, leo sus cargos: Conspiración, desobediencia e incitación. Palabras que justifican lo que el hierro ejecuta mejor que la tinta. Apoyo la pluma y observo mis dedos, aquel temblor desaparece cuando dejo de mirarlo.
Un asistente anuncia disturbios menores en el distrito norte. Nada grave, algunos soldados excedieron su fuerza.... dos civiles heridos. Me extiende el informe, lo leo completo; creo que antes habría firmado la sanción automática contra los agitadores. Hoy modifico la orden, retiro la ejecución sugerida y ordeno arresto con audiencia pública.
El asistente se sorprende apenas. Lo suficiente para que lo note, no lo suficiente para que lo mencione.
—Que se cumpla sin espectáculo —digo.
Asiente.
Cuando se marcha, el silencio regresa con una densidad distinta: no es respeto, es expectativa. El reino entero parece contener el aliento cada vez que decido algo.
Abro el cajón inferior, de mi despacho, el Libro de la Paz reposa donde siempre: Lomo oscuro, bordes gastados. Este objeto rige los tres reinos que ahora administro: el mío, el de los nórdicos y el de los Ymis.
“La dignidad precede a la fuerza.” La línea permanece intacta, Sensatez insistió en su redacción exacta y aun me acuerdo que discutimos durante horas por el orden de esas palabras. Yo sostenía que la fuerza garantiza la dignidad cuando el orden peligra, Él decía que invertir la frase era el principio de toda corrupción.
Cierro el libro con suavidad. La dignidad no siempre sostiene reinos, la fuerza sí, al menos durante un tiempo.
Las noches sin sueño, el sudor frío y la sensación de que el techo descendía lentamente sobre mi pecho. Maelgoriun entraba sin anunciarse, se sentaba cerca del lecho y hablaba con calma matemática, decía que los pueblos no buscan verdad, buscan seguridad; que la paz escrita es frágil si no la respalda el miedo y que la mentira, usada con precisión, es herramienta, no traición. En aquel estado, sus argumentos no me parecían ajenos.
Ese fue el síntoma más grave, firmé decretos entonces con la mente nublada y la convicción intacta. Entre ellos, el edicto destinado a Ymis: construcción de escuelas, decía el encabezado e inversión en orden cívico. Lo sellé sin releer los anexos y esos anexos... autorizaban la ejecución de siete consejeros por rebelión y calumnias. Cuando comprendí el alcance, el martillo ya había caído.
No destituí a Maelgoriun. Un rey que admite haber sido engañado no gobierna; es gobernado y aprendí eso demasiado pronto.
Me levanto y camino hasta el balcón: la ciudad late con normalidad, comerciantes, soldados, niños que no recuerdan un día sin guerra. Los nórdicos celebran cada avance como si el conflicto fuese identidad, segun me dice Lancelot en sus cartas y los Ymis guarda una distancia silenciosa, que aveces Malegoriun no me comenta. Mi propio reino pide firmeza, no dudas; no deseo la guerra, pero retirarla sin transición sería fractura inmediata.
Regreso al escritorio y el recuerdo del juicio se impone sin que lo convoque, aquella sala estaba llena: Nobles, militares, ciudadanos. Sensatez no alzó la voz, nunca necesito hacerlo: Habló de coherencia, de la línea que no debía cruzarse y yo respondí con estabilidad, con unidad, con amenaza exterior. La multitud se agitó cuando comprendió que aquello ya no era discusión teórica.
Entonces él dijo:
—No hay mentira tan grande que no termine devorando al mentiroso.
Fue advertencia y silencio. Ellos esperaban mi reacción, solo lo observé largo rato, busqué en su rostro algo que justificara clemencia pública y... No lo encontré, solo convicción.
Giré hacia mis soldados y mi voz tembló.
—Expúlsenlo. Que el exilio lo purifique.
Sostuve su mirada, no la rompí y el temblor se disipó antes de que la orden terminara de resonar en la sala. El pueblo no recordó mi voz, solo la decisión.
Perdí algo que aún no termino de nombrar y vuelvo al presente con la sensación de que el silencio de aquel día sigue suspendido sobre el reino. Fue apoyo, dicen algunos; fue respeto; Yo sé que también fue miedo y el miedo es eficaz.
Miro los decretos ya firmados, podría revocar uno o demorar otro. No lo hago, las pruebas son suficientes y la desobediencia en tiempos de guerra no es error menor.
No tiemblo ahora. He aprendido a sostener la pluma con firmeza incluso cuando recuerdo.
Maelgoriun diría que la mentira no me devora, porque yo la administro; que el miedo no me consume, porque lo dosifico; que la guerra no me gobierna porque la conduzco, parte de mí entiende esa lógica y otra parte relee el Libro de la Paz para asegurarse de que aún sé quién lo escribió.
Acepté la tregua no por compasión, sino por cálculo lúcido. Un reino exhausto se endurece y lo que se endurece demasiado termina quebrándose. Necesito tiempo, necesito que el conflicto respire antes de asfixiarlo o ser asfixiado por él. Quizá eso también sea una forma de mentira, quizá no.
Tomo el último decreto y observo el sello real aún húmedo: Siete muertes hoy. El reino verá firmeza, los nórdicos verán determinación y los Ymis verá confirmación de su sospecha. Yo veo el eco de una frase que no he podido borrar: “No hay mentira tan grande que no termine devorando al mentiroso.”
Cierro el Libro de la Paz y lo guardo en el cajón. Mi mano descansa sobre la madera, ya no tiembla creo, eso debería tranquilizarme.