El Mundo de las Mentiras Los Caidos

La Marca Roma

La ciudad no los esperaba en silencio, la monotonia los habia adiestrad; golpes de martillo marcaban un ritmo irregular pero constante, piedras arrastradas sobre tierra húmeda dejaban un sonido áspero, casi incómodo, voces se cruzaban sin elevarse demasiado: no había celebración… pero tampoco lamento. La Confraternidad, en lo que alguna vez fue su gloria, ya no era eso.

Joshua fue el primero en cruzar la entrada y un campesino, inclinado sobre la tierra harada, se detuvo a medio movimiento. No levantó la cabeza de inmediato y cuando lo hizo… no habló.

—…es él.

Fue una certeza que empezó a desplazarse; Otro hombre dejó caer una carga de madera.

—?Joshua…?

El nombre no se pronunció fuerte, se filtró, de boca en boca.;una mujer se llevó la mano al rostro, un soldado, con vendas aún frescas, intentó ponerse firme… y falló a medio intento.

—¡Está vivo!

La voz rompió el equilibrio.

—¡Es él! ¡Joshua!

El murmullo se convirtió en oleada. Andy cruzó detrás; no pasó desapercibido, pero no fue buscado. Las miradas llegaban… y se iban. Algunos asentían; otros dudaban, pero nadie lo nombró.

Kamila lo notó antes que él, y decidio caminar un poco más cerca.

—Ve con tus primos hijito, papa estara ocupado

Alondra avanzaba junto a Joshua, observabando todo. Al inicio, Thais y Adriano se aferraban a su padre, pero la ciudad los fue soltando.

—Mira eso…

Dijo Adriano, señalando una estructura torcida.

—Parece que se va a caer.

Thais negó.

—No… alguien la está arreglando.

Ronaldo observaba en silencio.

—Pero todavía está mal.

La gente comenzó a acercarse.

—Nuestro salvador… El único que volvió…

Joshua asentía apenas, pero sus mano se movía levemente.

[No soy un salvador; perdimos.... a todos]

Miró a su alrededor.

Andy observando los continuos alagos, sintio como algo en su pecho se tensó.

—Podrías decir algo.

Su voz fue baja.

Joshua no respondió y siguió caminando.

Ronaldo levantó la mirada hacia su padre.

—¿Por qué lo miran así?

Andy tardó en responder

—Porque necesitan creer que alguien los salvó.

El niño volvió a mirar a Joshua.

—¿Y tú lo crees?

Silencio.

Joshua seguía adelante, pero ya no caminaba igual, había algo… más pesado en su ritmo.

[No soy lo que dicen, pero… lo necesitan.]

El patio central apareció poco a poco; columnas incompletas, espacios abiertos donde antes había estructura y aun así…persistía.

Joshua se detuvo y su mirada subió.al balcón.

—Ahí…

Murmuró.

[Ahí hablaba Marco Aurelio, alli se sostenía la poca cordura que tuvimos y creo que en aquella torre]

Su mano descendió lentamente hacia el bolsillo y sacó el objeto con cuidado; solo lo sostuvo.

[En aquella torre fue que… decide quedarme.]

La multitud ya no murmuraba igual, ahora observaba. Un anciano se abrió paso con dificultad.

—Disculpen caballeros…—Su voz no tembló.—¿Ustedes… son del ejército que se marchó?

Andy dio un paso al frente.

—Sí y hemos vuelto.

El anciano lo miró, más tiempo del esperado.

—Entonces… ¿no se rindieron?

Joshua levantó la mirada.

—No y no tenemos pensarlo hacerlo.

Un joven se acercó; más firme, más directo.

—¿Quién es usted?

Andy sostuvo la mirada.

—Andy... Hermano de Joshua.

Algunos se miraron; Otros no reaccionaron.

Joshua intervino.

—No somos dos, somos cuatro.

El joven frunció el ceño.

—Entonces… ¿dónde están los otros?

Joshua sostuvo la mirada. Un segundo más de lo normal.

—Donde deben estar.

En otro lugar de la ciudadela, Kamila observaba a los niños a lo lejos. A Ronaldo, que ya no buscaba tanto su mano y a los de Joshua, que reían… con una facilidad que le parecía ajena.

—Se están acostumbrando.

No sonó tranquila.

Alondra tardó en responder.

—No, pero se están adaptando.

Kamila soltó una leve exhalación.

—Es peor, porque nosotros… no.

Alondra apoyó las manos sobre la tela que cubría la mesa improvisada y la alisó, con un gesto pequeño.

—¿Sabes qué es lo peor?

Kamila la miró. No respondió.

—Que tengo tiempo.

—¿Tiempo?

Alondra asintió.

—Antes… no lo tenía y ahora que lo tengo…—Miró alrededor.—No sé qué hacer con él.

Silencio.

Kamila bajó la mirada.

—Yo sí sé.

Alondra la miró.

—Pero no puedo hacerlo: Tejer. Es lo único que sé hacer sin pensar en la guerra.—Pauso—Y no lo hago.

Alondra frunció apenas el ceño.

—¿Por qué?

Kamila soltó una risa breve.

—Porque cada vez que lo intentaba…—Se detuvo unos segundos—Esperaba que él volviera.

Silencio.

Alondra asintió lentamente.

—Yo dejé de leer.

Kamila la miró.

—¿Tú leias?

—Sí... No podía concentrarme.—Miró sus manos.—Las palabras no tenían peso… cuando no sabía si él iba a volver y ahora que volvió…—Alondra levantó la mirada.—No sé si puedo volver a ser esa persona.

El ruido de la ciudad seguía, pero más lejos, más bajo, como si la conversación lo filtrara.

—Entonces no volvemos.—Dijo Kamila.

Alondra la miró.

—Construiremos otra cosa, con lo que queda.—Alondra respiró más profundo.—Una biblioteca, no para leer, para enseñar, para que esto…—Miró la ciudad.—no que vuelva a empezar desde cero.

Kamila asintió lentamente.

—Yo puedo enseñar a trabajar; Tejer, coser, reparar.—Pauso— no es guerra… pero sostiene lo que queda después.

Alondra la miró con más atención.

—Y eso es más importante que la guerra.

Kamila negó.

—No, eso lo que queda… cuando la guerra se va.

Ambas miraron hacia los hombres aún hablando con la gente.

—No van a poder solos.—Dijo Alondra.

Kamila asintió.

—Nunca pudieron, solo que ahora… se nota más.

Alondra se enderezó apenas.



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En el texto hay: reflexiones, absurdísmo

Editado: 28.03.2026

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