El convoy avanzaba con un ritmo constante.Aquiles iba al frente, no miraba atrás, pero escuchaba... siempre escuchaba.
—¿Cuánto falta para Roma? —preguntó uno.
—Lo suficiente para que dejes de preguntar —respondió otro.
Risas cortas, nadie insistió. Yo tampoco hablé, miré al frente y luego a él: No encajaba, no con esto, al menos no con nosotros.
Las cajas iban bien sujetas, no era el peso; ea el cuidado. Una de ellas tenía doble sello.
Aquiles no giró en todo el trayecto, pero corrigió el ritmo dos veces, sin mirar, sin avisar, solo lo hizo. Los demás se ajustaron tarde, mi grupo no.
Por un momento pensé que nos había detectado, pues se detuvo en seco y nos miro friamente que senti ese invierno en su mirada.
Llegamos sin incidente; eso, en sí mismo, ya era algo. Nos recibieron en silencio. Un hombre salió primero, más relajado que el resto. Eso también era raro.
—Almacén sur —ordenó Aquiles al desmontar—. Descargan y regresan.
Obedecieron, yo también.
De cerca, las cajas no cambiaban: Una tenía marcas nuevas, no de transporte; de apertura, cerradas otra vez.
Aquiles miró a los hombres uno por uno. Contó y se detuvo.
—Son muchos mas.
—Estan llendo al almacen, señor.
Silencio.
Aquiles no respondió de inmediato, miró al soldado; luego a las cajas; una en particular: La del doble sello.
Asintió.
—Tres bastan para verificar la ruta.
Decidió, pero no apartó la vista de esa caja al girarse. No era un hombre al que le dieran este tipo de tareas, se notaba en cómo observaba, en lo poco que hablaba y en como parecia enojado con la vida.
Nos alejamos del almacén, Octavio giró primero, Bruto lo siguió y yo dudé, luego avancé.
La ciudad aún no estaba terminada: Calles abiertas, piedra sin fijar, demasiados accesos. Tomé nota: Puertas vigiladas, puestos activos, murallas incompletas; la noreste… débil, no por descuido; por prisa.
Seguimos caminando.
—¿Seguro que era por aquí? —pregunté.
—Eso dijeron —respondió Octavio.
El río marcaba un límite, también una falla. La vimos antes de que nos viera o eso creí. Estaba de pie, quieta.
Me detuve medio paso atrás, por cálculo.
—Buscamos la biblioteca —dijo Octavio.
Ella no respondió, escaneo todo lo que llevamos y se detuvo en la más grande. Dio un paso.
—Aún no está lista la biblioteca.
—Por eso venimos ahora —dije—. Dejamos y nos vamos.
Silencio.
—No suelen adelantar entregas aquí.
—Tampoco solemos venir nosotros —respondió Octavio.
—¿Del Sur?
—Directo.
Sus ojos volvieron a la caja, luego a nuestros rostros, uno por uno.
—Está doblando la esquina —dijo al fin.
Señaló, pero no se apartó.
—¿Puede abrirnos? —preguntó Bruto.
Ella dudó.
—No debería.
—Será rápido.
Silencio.
Nos volvió a mirar, luego avanzó.
—Miguel, buenos días.
—Majestad, ¿se le ofrece algo?
No reaccionamos.
—Necesito la llave de la biblioteca. Traen provisiones.
—Oh… la biblioteca… disculpe el desorden, está en mantenimiento.
—No será problema.
La llave cambió de manos, demasiado fácil. Nos movimos. Yo no dejé de mirarla y ella tampoco.
La puerta cedió. El aire dentro estaba quieto; entramos, primero ella, luego nosotros.
—Dejen eso —dijo—. Quiero ver qué ha enviado mi cu—
No terminó. Sus ojos bajaron a la caja, luego a nosotros y se tensó apenas. Un paso atrás y Octavio se movió: Rápido y preciso; el brazo rodeó su cuello y el paño selló el resto. Forcejeó un poco, sus manos buscaron y sus dedos se cerraron en mi uniforme.
—Átala —dijo Octavio.
La sostuve y ajusté el agarre.
—No hacía falta —dije.
—Siempre hace falta.
La caja grande se abrió apenas. Bruto miró dentro.
—Esto no es entrega —dijo.
—Nunca lo fue.
—Nos dijeron extracción.
—Y lo estamos haciendo.
Silencio.
—Esto es otra cosa.
Bruto no respondió, siguió trabajando. Ajusté el nudo, ella dejó de moverse.
En la parcela de al frente, corrían, daban vueltas, como si buscaran algo que ya habían olvidado.
—¡Apúrate! —dijo Adriano—. Si llegamos primero, yo se lo doy.
—¡No! Yo lo encontré —respondió Thais, apretando el libro contra el pecho.
—Pero yo lo vi antes.
—Pero no lo agarraste.
—Porque tú corriste.
—Porque tú dudaste.
Se detuvieron sin acuerdo.
—Bueno… lo damos juntos —dijo Adriano.
Thais dudó, luego asintió.
Se sentaron en el suelo, el libro entre los dos.
—Cuando terminemos —dijo Adriano—, ¿nos vamos a ir?
—Eso dijo papá.
—¿Lejos?
—Creo que sí.
Silencio.
—Entonces quiero llevar mi espada.
—No tienes espada.
—La de madera.
—Esa no cuenta.
—Sí cuenta.
Pausa.
—Pero no quiero pelear de verdad —añadió—. Solo… como cuando jugamos.
Thais lo miró.
—¿Pelear sin hacer daño?
—Ajá.
Thais frunció el ceño.
—Eso no existe.
Adriano miró el suelo pensativamente.
—Entonces… algo como lo de Ronaldo.
—¿El juego?
—Sí.
—Eso no es pelear.
—Pero corren.
—Y no se lastiman.
Adriano sonrió.
—Entonces eso.
Silencio.
—¿Y tú? —preguntó—. ¿Qué quieres hacer?
Thais no respondió de inmediato.
Miró el libro, lo abrió un poco y luego lo cerró.
—Quiero ser… escribidora.
Adriano la miró.
—¿Eso existe?
—No sé.
—Entonces no cuenta.
—Sí cuenta.
—¿Por qué?
Thais pensó, no mucho.
—Porque papá dijo que había un hombre…
Se detuvo; buscó la palabra.
—Que escribía… y se iba.
—¿A dónde?
—A otro lugar.
—¿Cómo?
—No sé.
—Entonces no se fue.
—Sí se fue.
—No.
—Sí.
Adriano la miró un segundo más, luego asintió.
—Bueno… entonces tú escribes y yo voy contigo.