El Mundo de las Mentiras Los Caidos

¿Por que soy tan inteligente?

El cuerpo del Inka reposaba sobre una plataforma tallada con símbolos antiguos. Los Ymis lo habían cubierto con tejidos rojos y dorados, bordados con figuras del sol, del cóndor y de serpientes que parecían moverse bajo la luz de las antorchas.

Observé el rostro del Inka por última vez. Había gobernado bien; demasiado bien para el mundo que venía. Comprendía el peso de la historia, pero no comprendía su inutilidad.

Tomé una vasija de arcilla: Ceniza negra y la dejé caer lentamente sobre su pecho.

—El tiempo no perdona a los hombres —dije.

Nadie respondió. Uno a uno avanzaron. Amaru; Illapa, Kupay y Kuntur. No inclinaron la cabeza, no lo honraban a él; aceptaban lo que venía después.

Los observé con detenimiento: Amaru no se movía más de lo necesario; Illapa apretaba los dientes como si aún buscara una guerra; Supay no parpadeaba y Kuntur… Kuntur ya estaba en otro lugar. Bien, cuatro voces no discuten: Ejecutan.

El fuego comenzó a elevarse: Primero los tejidos y la madera, luego la historia. Las llamas reflejaban en sus ojos. Cada uno veía algo distinto; no me importaba realmente.

Me retiré antes de que el cuerpo colapsara, no me interesan los finales; solo las transiciones.

Mi espacio no tiene nombre; algunos dirían biblioteca, santuario o arsenal; todos tendrían razón, las paredes están cubiertas de historia útil, nada es por decoracion, todo se utiliza como memoria o ensenanza.

Un casco espartano agrietado, es el como no hacer la guerra teniendo ferocez soldados; una lanza griega que aún conserva manchas, es para no olvidarme de la meganomalia de Alejandro, hay que ser prudente y inprecnarse de la cultura conquistada. Imperios convertidos en objetos.

Me senté y abrí un manuscrito, no leí aun; pensé en ello: Joshua, Piero y Andy: Tres estructuras distintas. Joshua respira antes de decidir, eso lo vuelve peligroso; Piero observa más de lo que habla, eso lo vuelve incómodo y Andy…Andy arde y los hombres que arden no piensan en consecuencias, piensan en impacto; es muy predecible.

Cerré el libro, ya no necesitaba más confirmación; consideré opciones, siempre lo hago: Alondra incorrecta, seria un golpe fatal, pero ese hombre aguanta lo inhumano, no quema. Kamila…correcta, no por quién es, por lo que provoca; Andy no calcula pérdidas, las multiplica.

Joshua intentara contener, Piero intenta ordenar y en ese intento…se vuelven a fragmentar.

Me levanté y caminé entre los restos de hombres que creyeron ser eternos, pasé la mano sobre el casco espartano.

—Disciplina perfecta —murmuré—. Final predecible.

Roma.

—Cultos y rectos; todos murieron por sus convicciones

Siempre lo mismo; se detienen cuando creen haber entendido el mundo, ahí empieza su caída.

Me detuve frente a la ventana; la noche ya había cubierto todo, pero el movimiento… ya estaba en marcha: No uso ejércitos, uso decisiones; aunque me guste ver como aquellos que dicen ser los mas valientes, se rompen cuando el barro y la pestilencia toca su puerta, prefiero ahora canalizarlo: El caos sin orden puede devorarte a ti.

Mis hombres no entienden el plan completo, eso los hace útiles; los que entienden demasiado…dejan de obedecer y la obediencia es más importante que la inteligencia.

Sonreí apenas: Andy aún cree que la guerra es acero contra acero; Joshua cree que es control contra desorden; Piero cree que es equilibrio, los tres están equivocados; la guerra real…es percepción contra realidad y la percepción siempre llega tarde, cuando lo entiendan…Andy ya habrá cruzado la línea, Joshua ya no podrá contenerlo y Piero ya no podrá equilibrarlos. Solo en ese momento…no necesitaré hacer nada más; el resto…lo harán ellos.

El salón estaba en silencio, no el silencio vacío; el otro, ese que aparece cuando algo ya está decidido… pero aún no se ha dicho en voz alta. Lancelot no miraba a su invitado, miraba los libros. Horas habían pasado; el fuego de la chimenea ya no crepitaba con fuerza, solo resistía.

—Curioso —dijo Lancelot al fin—. Todos creen que la guerra se decide en el campo.

No hubo respuesta inmediata, solo el leve sonido de una página cerrándose.

—Porque es lo único que pueden ver —respondió la voz.

Maelgoriun no levantó la mirada, seguía leyendo, como si la conversación fuera secundaria.

—¿Y qué es lo que no ven? —preguntó Lancelot.

Maelgoriun cerró el libro, deslizó los dedos por la cubierta.

—El momento —dijo.

Lancelot lo observó de reojo.

—Todos atacan cuando creen que están listos.

Maelgoriun alzó la vista, sus ojos no buscaban aprobación.

—Los imperios caen… cuando no lo están.

El fuego se movió, sombras largas en las paredes. Lancelot apoyó el codo sobre la mesa.

—Y nosotros… ¿en qué punto estamos?

Maelgoriun no respondió, se levantó y caminó despacio, observó una espada apoyada en la pared.

—Más cerca de lo que creen —dijo al pasar.

Pasaron horas; mapas movidos apenas unos centímetros, nombres que no se repetían; demasiado largos para ser casuales y en algún punto Maelgoriun rió, como si respondiera a algo que no estaba en la sala. Lancelot no reaccionó, pero sus dedos se tensaron sobre la mesa.

—¿Qué es tan gracioso?

Maelgoriun negó suavemente.

—Nada que aún importe.

Pero su mirada decía lo contrario. Cuando la noche ya había consumido todo, Lancelot se puso de pie.

—Bjorn —ordenó.

La puerta se abrió casi de inmediato. El gigante entró ocupando espacio. Miró a Maelgoriun con desconfianza.

—¿Sí?

Lancelot no se sentó de nuevo.

—Me voy.

Bjorn frunció el ceño.

—¿A dónde Emperador?

Antes de que Lancelot respondiera

—Al sur —dijo Maelgoriun.

Desde la distancia, sin mirarlos. Bjorn giró la cabeza hacia él.

—Necesitamos una conversación pendiente —añadió Maelgoriun—. Con alguien que también cree entender el mundo. En el Reino de las Mentiras.



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En el texto hay: reflexiones, post-guerra, absurdísmo

Editado: 24.07.2026

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