La casa crujía con el viento. No era una metáfora; realmente crujía. La madera vieja respondía al frío como un cuerpo cansado, expandiéndose y tensándose mientras la tormenta golpeaba desde afuera. Las paredes estaban cubiertas de armas antiguas. Nada decoraba aquella casa. Todo había sido usado; tFodo había sobrevivido a alguien.
Kotlyarevsky caminaba entre esos restos lentamente, rozando algunas piezas con los dedos, como si comprobara que seguían ahí.
Bjorn, en cambio, bebía hidromiel apoyado contra una columna central mientras observaba el lugar con expresión extraña.
—Este lugar sigue oliendo a guerra vieja —dijo finalmente.—Bebió largo. La hidromiel descendió por su barba espesa mientras limpiaba el exceso con el antebrazo.—Y a derrota.
Kutuzov ya estaba sentado cerca del fuego. Las sombras deformaban parcialmente su rostro mientras observaba las llamas sin tocar todavía la bebida frente a él.
Kotlyarevsky no respondió. Bjorn dejó caer la jarra sobre la mesa.
—Coraje murió como vivió.—El viento golpeó las ventanas.—Mal rodeado.
Kutuzov levantó apenas la vista.
—Murió convencido.
Bjorn soltó una risa corta.
—Eso es peor.
Tomó nuevamente la jarra.
—Convencido de que esos occidentales podían salvar algo.
Escupió ligeramente hacia un costado.
—Hablan demasiado.—otro trago.—Negocian demasiado.—otro más.—Y sonríen mientras lo hacen.
Kutuzov permaneció inmóvil.
—Eso también es guerra.
Bjorn lo miró como si la frase le resultara ofensiva.
—No.—negó lentamente.—Eso es esconderse.
Kotlyarevsky se detuvo frente a un viejo casco partido por la mitad. La grieta atravesaba el metal desde la frente hasta la nuca. Lo observó varios segundos.
—Y aun así perdimos.
La habitación quedó quieta. Bjorn endureció la mandíbula.
—No perdimos.—pausa.—Nos contuvieron.
Kotlyarevsky giró apenas el rostro.
—Perder no siempre es morir.—sus dedos recorrieron la grieta del casco.
El fuego crepitó con violencia detrás de ellos. Bjorn bebió más despacio esta vez.
Kutuzov apoyó ambos codos sobre la mesa.
—Coraje dejó de confiar en el norte hace años.
Bjorn levantó lentamente la mirada.
—Nos reemplazó.
—Intentó estabilizar el reino —corrigió Kutuzov.—Con constumbres extranjeras.
Kotlyarevsky continuó caminando entre las armas.
—Generales del Reino de las Mentiras.—pausa.—Consejeros del sur.—otra pausa.—Administradores que jamás enterraron hombres congelados. Ellos no entienden, ni entenderan lo que somos.
Bjorn soltó aire por la nariz.
—Y luego preguntaban por qué los clanes no obedecían.
Kutuzov finalmente tomó el vaso frente a él.
—Porque Coraje dejó de gobernar para el norte.—bebió apenas.—Y empezó a gobernar para la guerra.
Afuera, el viento siguió golpeando la casa como un animal enorme intentando entrar. Kotlyarevsky se detuvo frente a un viejo estandarte parcialmente quemado. Lo sostuvo entre los dedos: Desgastado, pero todavía reconocible.
—Él creyó que abrir las puertas nos haría más fuertes.
Bjorn tomó otro trago.
—Y nos volvió dependientes.
Kutuzov observó a Kotlyarevsky.
—No todo estaba equivocado.
Kotlyarevsky giró lentamente la cabeza. Eso bastó para tensar el aire otra vez.
Kutuzov sostuvo la mirada.
—Las rutas mejoraron.—pausa.—La pólvora llegó.—otra.—La logística también importaba.
Bjorn golpeó nuevamente la mesa.
—¿Y el precio?
Nadie respondió de inmediato. Kotlyarevsky dejó el estandarte sobre una silla.
—El norte no muere rápido.—La voz salió tranquila.—Se desgasta.
Kutuzov observó el fuego. Bjorn dejó la jarra vacía.
—Ese extranjero…
—Lancelot —corrigió Kutuzov.
Bjorn asintió.
—?Por que Emperador?
—Ese titulo me extrana.—Kutuzov bebió apenas.—Pero está intentando ser como nosotros.
Kotlyarevsky volvió a caminar lentamente.
—Eso es precisamente lo peligroso.
Ambos lo observaron. Kotlyarevsky apoyó la mano sobre una vieja espada ceremonial.
—Los otros solo querían gobernarnos.—pausa.—Él quiere sostener esto.
Bjorn frunció el ceño.
—¿Y eso cambia algo?
Kotlyarevsky tardó varios segundos en responder.
—Sí, porque si aprende demasiado…
Sus ojos recorrieron lentamente las armas de la pared.
—El norte podría empezar a aceptarlo.
El viento volvió más fuerte esta vez. Las lámparas temblaron apenas.
Kutuzov entrecerró los ojos.
—¿Y entonces?
Kotlyarevsky permaneció inmóvil.
—Entonces ya no podremos sacarlo sin romper algo más grande.
Bjorn se inclinó hacia adelante.
—Por eso debemos traerlos.
Kutuzov levantó apenas la vista. La habitación entera pareció endurecerse apenas. No respondió inmediatamente.
[Niflheim mi tierra. Las tierras heladas más allá de los Urales. Donde el invierno parecía eterno. Donde los clanes antiguos seguían intactos. Donde aún se enterraban guerreros con armas en las manos.]
Bjorn sonrió apenas.
—Ellos todavía recuerdan quiénes somos.
Kutuzov finalmente habló.
—Y también recuerdan cómo termina siempre esto.
Kotlyarevsky volvió lentamente hacia la mesa.
—No los traeré para destruir el norte.—La voz salió más baja.—Los traeré para asegurar que siga siendo el norte cuando todo esto termine.
El fuego siguió ardiendo lentamente. Afuera, la tormenta cubría caminos, fortalezas y tumbas bajo la misma nieve indiferente.
Kotlyarevsky habló sin girarse, mientras acriciaba las marcas del escudo.
—Cuando alguien tenga que elegir entre ganar… o ser recordado.
El hielo crujía bajo sus pies. Kotlyarevsky descendió lentamente los escalones de piedra excavados junto al fuerte mientras el vapor escapaba de su respiración con calma constante. A esas horas de la madrugada el norte todavía no despertaba del todo; apenas algunas chimeneas lejanas expulsaban humo hacia un cielo gris oscuro. Abajo, entre rocas cubiertas parcialmente por escarcha, el agua negra seguía moviéndose.