El Mundo de las Mentiras Los Caidos

40 dias

La plaza respiraba orden, los puestos estaban alineados con precisión casi matemática; tejidos colgando bajo estructuras de madera oscura, frutas acomodadas por tamaño, vasijas limpias, símbolos solares grabados en piedra negra. Incluso los niños parecían correr siguiendo rutas invisibles, sin chocar jamás entre ellos.

El imperio Ymi seguía vivo, eso era lo inquietante, sus colores seguían allí: rojo, oro, cobre y obsidiana; sus cantos también, pero algo había cambiado en el aire. Algo difícil de nombrar, como si las calles ya no pertenecieran completamente a quienes las caminaban.

Un anciano observaba la plaza sentado junto a una columna ceremonial. Tenía las manos temblorosas y una manta gruesa sobre los hombros; su rostro estaba surcado por arrugas profundas, de esas que parecen hechas más por viento que por tiempo. Miraba a los jóvenes con distancia.

Dos muchachos pasaron frente a él cargando tablillas de arcilla marcadas con fragmentos del Libro de la Paz. Las sostenían con cuidado reverencial.

El anciano habló sin levantar mucho la voz.

—Antes no necesitábamos libros para recordar quiénes éramos.

La frase apenas alteró el aire, pero bastó. El movimiento alrededor pareció disminuir apenas un segundo.

Uno de los jóvenes se detuvo, no parecía agresivo.

—Precisamente por eso casi desaparecimos —respondió.

El anciano soltó una risa seca.

—Sobrevivimos siglos antes de que él apareciera.

El muchacho tensó la mandíbula y otros empezaban a mirar.

—Y aun así vivíamos divididos —dijo una mujer desde un puesto cercano.—Las ciudades competían entre sí.—Bajó la mirada un instante.—Ahora hay armonía.

—Hay silencio —corrigió el anciano.

Un niño observaba desde cerca sosteniendo una pequeña figura tallada en madera: Un rostro humano con una línea marcada atravesándole el lado derecho: La cicatriz.

El anciano la vio y algo en su expresión se quebró apenas.

—Ni siquiera recuerdan ya a quién pertenecen esos símbolos...

La mujer frunció el ceño.

—No contradigas el Libro frente a los niños.

El anciano observó alrededor lentamente. Uno de los muchachos avanzó un paso.

—El Consejero nos dio estabilidad.

El anciano levantó la vista.

—¿Consejero?

La palabra parecía dolerle.

—Los Ymis seguíamos al Sol antes de seguir hombres.

El muchacho negó lentamente.

—Él nos enseñó cómo sobrevivir.

—No.—La voz del anciano salió más firme esta vez.—Les enseñó cómo obedecer.

Una madre abrazó a su hija más cerca de sí al oirlo y un comerciante murmuró algo por lo bajo: La palabra “desalineado” apareció entre susurros.

El muchacho sostuvo las tablillas contra el pecho.

—La paz exige unidad.

El anciano cerró los ojos un instante.

—No —murmuró.—La paz exige memoria.

El viento atravesó la plaza lentamente, moviendo los tejidos rojos y dorados bajo la luz gris de la tarde.

La ciudad no dormía, solo bajaba la voz: Las calles de piedra seguían vivas bajo las antorchas; pasos apresurados; comerciantes recogiendo mercancía antes del toque nocturno y, por encima de todo eso; los murmullos. Las paredes de la capital en donde antes habian simbolos arquitectonicos ahora aparecían frases escritas con carbón: “LA PAZ EXIGE ORDEN.”

En un mercado cercano al río, una mujer vendía pequeñas figuras de arcilla. Antes eran cóndores; Intis; serpientes sagradas.

—¿Cuánto? —preguntó un hombre.

—Dos monedas.

El hombre tomó la figura y la observó unos segundos.

—No se parece tanto.

La mujer bajó la mirada.

—Eso dicen.

El hombre igual la compró. Más arriba, cerca de los antiguos templos, los sacerdotes Ymis discutían en voz baja.

—No deberíamos permitir esto —dijo uno de ellos.

Otro negó lentamente.

—¿Permitir qué?

—Que lo conviertan en símbolo.

—Ya lo hicieron.

El primero apretó la mandíbula.

—Entonces debemos hablar.

Eso provocó una risa amarga.

—¿Hablar contra quién?

El anciano miró las figuras ceremoniales del templo.

—Los jóvenes ya no vienen a rezar.

—No.

—¿Entonces a dónde van?

El otro sacerdote miró hacia abajo.

—A escuchar.

En otra parte de la ciudad, un grupo de jóvenes soldados bebía alrededor de una fogata improvisada.

—El Libro de la Paz tiene razón —dijo uno.

—¿Sobre qué?

—Sobre la estabilidad.

Otro escupió al suelo.

—Mi padre decía que la verdad era lo único importante.

—¿Y dónde está tu padre?

El muchacho bajó la mirada.

—Muerto.

—Exacto.

Otro soldado intervino:

—Maelgoriun dice que los hombres prefieren mentiras útiles.

—¿Y tú le crees?

El joven tardó en responder.

—No sé, pero desde que apareció… las ciudades dejaron de matarse entre sí.

Un soldado mayor, sentado aparte, bebía sin intervenir, finalmente habló:

—La paz no siempre significa que estés vivo.

Los jóvenes lo miraron.

—¿Entonces qué significa?

El veterano observó el fuego mucho tiempo.

—Que todavía no te toca.

Muy lejos del ruido, en una construcción aislada de piedra negra, Maelgoriun reía solo. La habitación era enorme, con las estanterias bloqueando la luz, llenas de libors y objetos antiguos; reliquias arrancadas a civilizaciones que alguna vez creyeron ser eternas.

La risa se apagó lentamente. Maelgoriun observó una pequeña máscara ceremonial Ymi apoyada sobre la mesa, la tomó entre los dedos y la giró despacio.

—Todos necesitan algo que mirar desde abajo… —murmuró.

Caminó hacia la ventana. abajo la lluvia caía constante, como si el cielo hubiese decidido desgastar la ciudad lentamente. Los callejones olían a piedra mojada, humo viejo y ansiedad.

Los Ymis caminaban rápido por las calles bajas, cubiertos con mantos oscuros. Ya no hablaban tanto en público. Las conversaciones importantes habían aprendido a esconderse.



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En el texto hay: reflexiones, post-guerra, absurdísmo

Editado: 06.08.2026

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