La tarde del destierro no tuvo música, ni siquiera el sol se atrevió a asomar entre las nubes. Sensatez caminó sin cadenas, pero cada paso pesaba como si las llevara dentro y detras de él, la puertas del reino se cerraron con un gran estruendo; donde no hubo testigos nobles, ni escribas, ni clérigos que levantaran actas, solo unos pocos soldados observaron cómo la figura del hombre que alguna vez fue consejero se alejaba por el camino que lleva al este, donde el río dobla y el mundo parece acabarse.
No miró atrás, temía que hacerlo lo quebrara y cuando alcanzó la colina, se detuvo. Desde allí podía verse todo el valle: las torres del castillo brillando apenas, los techos humeantes, los estandartes ondeando sobre la muralla y más allá, una línea de hombres armados saliendo por la puerta principal, su ejército marchaba a la guerra.
Sensatez observó aquella procesión de lanzas y polvo, y comprendió la magnitud de su fracaso.
Se sentó sobre una roca, mirando el horizonte hasta que los soldados se perdieron en la distancia y cuando el último estandarte desapareció, se permitió llorar; no gimió ni tembló; solo dejó que las lágrimas cayeran, lentas, como si el cuerpo evacuara siglos de peso.
El río estaba cerca, bajó hasta su orilla, se arrodilló y metió las manos en el agua. El frío le subió por los brazos como una corriente eléctrica y observó su reflejo: no se reconoció.
《¿Qué queda de mí?.》
Sacó de su bolsa dos libros: uno con la tapa gastada y el título apenas legible: El Libro de la Paz, y otro, más pequeño, con notas dispersas y su propia caligrafía; el primero lo había ayudado a escribir; el segundo era su intento de corregirlo y ambos lo habían condenado.
Los colocó uno sobre otro, tomó una rama seca, la encendió con chispa de pedernal y esperó a que el fuego prendiera. Las páginas ardieron lento, con un sonido parecido a la respiración., donde el humo subió formando espirales que parecían palabras no dichas.
《Que se queme la mentira y conmigo su eco.》
El olor a papel quemado llenó la ribera, donde el viento llevó cenizas hacia el agua, que las aceptó sin resistencia. Sensatez se quedó allí hasta que la última brasa se apagó. Luego, con los ojos fijos en el horizonte, exclamo:
《Donde el sol muere, buscaré mi calma.》
Esa noche durmió al pie del río, sobre la tierra húmeda. Soñó con la voz de Armagedon, con el sonido de una campana lejana, con un jardín que nunca había visto.
Cuando despertó, el amanecer lo halló con los labios agrietados y una decisión grabada en la mirada: partir hacia el oriente, donde nadie conociera su nombre ni su culpa.
Robo un barco pequeño del muelle de pescadores, no por codicia, sino por urgencia. Dejó una bolsa de monedas sobre la arena, como compensación silenciosa y empujó la embarcación al agua y subió a bordo.
El mar estaba quieto, inmenso, casi misericordioso; el viento infló la vela, y el barco comenzó su lento avance hacia el este, siguiendo el trazo invisible del sol.
Durante los primeros días, no comió, solo se permitio beber agua de lluvia, meditaba y hablaba solo. El ayuno se convirtió en su penitencia; el mar, en su juez.
Por las noches, veía estrellas que nunca había visto y las contaba como si fueran pecados. A veces creía escuchar una voz en el oleaje, una voz que decía: todo lo que se rompe, vuelve al agua.
Su cuerpo adelgazó y su mente se volvió un campo de visiones; recordó a su hermano, recordó la sala de mármol, recordó las risas del pueblo que lo condenaba y aun así, dentro de todo ese ruido, un pensamiento se mantenía sereno: aún puedo volver a ser hombre.
El séptimo día, el barco encalló. Las olas lo arrojaron contra una costa que olía a jazmín y barro, donde Sensatez cayó al suelo, exhausto, con los labios partidos y la piel enrojecida por el sol. Su cuerpo temblaba; su respiración era un hilo.
Antes de perder la conciencia, creyó ver figuras acercándose entre la bruma: rostros morenos, túnicas cortas, manos que ofrecían agua. Uno de ellos dijo algo en una lengua que no entendió, y el mundo se apagó.
Cuando volvió en sí, estaba recostado bajo un techo de paja, sobre un lecho de fibras. El aire era dulce, cargado de especias. Un anciano lo observaba, sentado a su lado, con los ojos achinados y una sonrisa de hospitalidad antigua.
—Descansa, viajero —dijo el viejo, con un acento extraño pero comprensible—. Has cruzado el mar, pero aún te falta cruzarte a ti mismo.
Sensatez quiso responder, pero el cuerpo no obedeció y el anciano le ofreció un cuenco con arroz y un caldo transparente.
—Come. Aquí llamamos a este lugar la Aldea del Desamparo, no porque estemos solos, sino porque todos los que llegan han perdido algo.
Comió despacio, sintiendo cómo el cuerpo volvía a recordarle que estaba vivo. En ese silencio tibio, algo dentro de él comenzó a moverse, no como esperanza, sino como semilla.
—Si necesitas algo más, sigue tu instinto y me hayarás.
El mar seguía rugiendo, aunque ya no sabía si era afuera o dentro de su cabeza.
Sensatez se había quedado solo en la arena, mirando la espuma disolverse entre sus dedos. El sol le había quemado la piel, pero era otro fuego el que lo consumía.
《¿Qué he hecho? — La voz sonaba ajena, casi infantil—. Quise salvarlos, pero calle antes ¡Cuando lo pude haber hecho! Creí hablar por la verdad, pero era mi vanidad la que gritaba.》
Se levantó con torpeza, tambaleando. El mar seguía frente a él, indiferente, inmenso.
《Decían que el bien debía hacerse por el bien mismo… —rió sin alegría—. Y yo lo hice por miedo. Por miedo a que el olvido me devore, por miedo a que mi nombre no signifique nada. ¡Qué ironía! —continuó, ahora más alto—. Critiqué al rey mentiroso por escribir su libro de paz… ¡y mi oposición fue solo otro libro de mentira!》
Se llevó las manos al rostro.
《Fui su espejo, ¿no es cierto? Él mintió al mundo, y yo me mentí a mí mismo. Creí que al escribir mi verdad, podría corregirlo… pero solo escribí mi desdicha》