El rugido de la batalla quedaba atrás, disipándose en un eco que parecía tragado por la tierra misma. Cada paso de Alaska sobre la hojarasca húmeda crujía con un sonido seco, resonando como un latido dentro del pecho de Mane. La armadura le raspaba los hombros, recordándole la culpa tan pesada que cargaba.
—¿Qué he hecho? —murmuró, con voz quebrada—. Ella me ama… mi gente confía en mí… y yo huyo.
El viento del bosque le golpeaba la cara, mezclándose con el aroma a tierra mojada y madera quemada. La yegua resoplaba, nerviosa, percibiendo cada emoción de su jinete, respondiendo a su tensión con suaves movimientos de crin y relinchos bajos.
—¿Por qué justo a ella? ¿Por qué a los míos? —apretó el pecho—. No sé qué me pasa…
Entre los árboles surgió un hombre encorvado, de ropas humildes y mirada penetrante. La serenidad que irradiaba contrastaba con el caos del bosque.
—Caballero lejos de guerra estás —dijo con voz pausada y grave—. Extraño es.
Mane lo observó, desconcertado.
—¿Qué sabes tú de guerra? Solo eres un campesino.
—Campesino, sí. Pero ojos tengo. Y en rostro tuyo… lo evidente grita.
—¿Y qué es tan evidente?
—Dejas atrás lo que temes perder. Y mirar atrás… temes.
El caballero guardó silencio. La frase lo golpeó con fuerza; quiso responder, pero solo encontró un suspiro quebrado. Miro al cielo para calmar su dolor, pero cuando volteo a ver al campesino, no estaba, simplemente se esfumó, dejando su bastón aparentemente antiguo, con vetas que parecían moverse bajo la luz.
Mane descendió un instante de la montura, con manos temblorosas lo tomó, sintiendo una inscripción desgastada por el tiempo. Pronunció, apenas un murmullo en voz baja:
—H… S… M… N…
Un estruendo sacudió el bosque, como si los cielos respondieran a esa invocación. Alaska relinchó bufando furiosa, casi desbocándose, pero Mane tiró de las riendas con firmeza.
—Tranquila, compañera… tranquila…
La yegua resopló, aún inquieta, hasta que reconoció el temple de su jinete. Entonces, con un galope renovado, ambos se lanzaron hacia la luz del atardecer.
Minutos después, el bosque se abrió en un claro. Allí, al borde de la nada, una vieja cabaña resistía al tiempo. Sus paredes cubiertas de moho, su techo inclinado por los años. Y sin embargo, la luz del atardecer caía justo sobre ella, tiñéndose de un naranja ardiente, como si todo el crepúsculo se hubiera reunido allí.
Mane la observó un instante. Se le hizo peculiarmente conocida, no sabía ni supo el porqué. Solo pensó:
{por fin, descanso.}
Mane avanzó, la madera crujía bajo sus botas, el olor a polvo y humedad lo envolvía. Empujó la puerta. El interior estaba completamente vacío. Polvo sobre la mesa, telarañas colgando de las vigas, botellas y copas cubiertas de polvo, taburetes caídos, cenizas frías en la chimenea y pergaminos amarillentos esparcidos por el suelo. Nada reciente; un lugar detenido en el tiempo, como si el mundo lo hubiera olvidado.
La penumbra de la cabaña lo abrazaba, y en medio de ese silencio, como un eco que no quería morir, las palabras del campesino regresaron a su mente:
“Dejas atrás lo que temes perder. Y en rostro tuyo… lo evidente grita.”
Mane desconcertado por tales palabras, volvió a la lucidez, empuñando su espada y recorrió cada rincón de la cabaña. Abrió puertas carcomidas, levantó tablas sueltas, incluso descendió al sótano húmedo y lleno de telarañas. Nada. Ni un alma.
Respiró hondo y volvió a la sala principal.
—Vacía… como yo —susurró, dejando la espada a un lado.
Hundido en la desesperación, Mane tomó una botella de vino añejo hace décadas y bebió como si ese vino fuera el último en el desierto, en una danza del disgusto y el gusto. El líquido amargo le quemaba la garganta y dejaba un calor pasajero que se mezclaba con la angustia de su pecho. Cada sorbo era un recordatorio de su derrota.
Se dejó caer sobre la silla. El crujido de la madera vieja le respondió como una burla. Hundió la frente en las manos y dejó que las palabras fluyeran.
—Soy un cobarde… —susurró, hundiendo la cabeza en las manos—. He huido de todo lo que amo.
Siguió bebiendo, ahogándose en sus penurias cuando un crujido hizo levantar su mirada.
El campesino estaba allí, dentro de la cabaña. La sorpresa de Mane fue tal que tumbó la botella, rompiéndola en mil pedazos sobre el suelo de madera. El líquido se esparció entre el polvo y los fragmentos de vidrio brillaron como cristales de luz rota.
—hijo mío, Confusión tuya, pensar no te hace.
El hombre sostenía el bastón en su mano, y su presencia parecía llenar el espacio con un aura imposible de explicar. La extrañeza se mezcló con el miedo y el desconcierto de Mane.
—¿Qué…? —Mane se levantó de golpe—. ¡Revisé cada rincón! ¡No estabas aquí! ¡Hasta te llevaste el bastón!
El hombre sonrió con calma.
—Buscar viste. Pero encontrar, no.
—¿Cómo entraste? —musitó Mane, temblando.
—Siempre aquí estuve. Solo mirar distinto, debías.
Mane lo observó, con el ceño fruncido, entre rabia y desconcierto.
—¿Eres un fantasma? ¿Un demonio?
El campesino negó despacio.
—Solo voz que no escuchas.
Mane retrocedió un paso.
—¿Qué quieres de mí?
— Quiero yo, no. Tú buscas, preguntas traes.
Mane se acercó un paso, desafiante. Con espada alzada en mano.
—¿Y qué sabes tú de mí? Apenas me viste.
El campesino ladeó la cabeza.
—amar sabes. Y amar… miedo trae.
El caballero apretó los puños.
—¿Miedo de qué? ¡De luchar no! ¡He peleado mil veces!
—No de luchar. De perder. —El hombre apoyó el bastón en el suelo, suave—. A ella… a tus hermanos… a ti mismo.
Las palabras le atravesaron como una espada invisible. Mane tragó saliva y retrocedió un paso.
—¿Cómo… cómo sabes de ella? —su voz se quebró—. No he dicho su nombre.
El campesino sonrió con calma.