La batalla se desangraba en el valle. Espadas chocaban con estrépito, los gritos se mezclaban con el silbido de flechas y el barro, teñido de rojo, absorbía cada paso, cada caída, cada lamento. El humo quemaba la garganta, el aire olía a hierro y madera ardiendo. Entre la confusión, un soldado agotado levantó la vista hacia el horizonte, apenas capaz de distinguir figuras entre fuego y ceniza.
Entonces lo vio.
Un jinete avanzaba a toda velocidad, surgiendo de la penumbra como un espectro hecho carne. Las llamas de una torre derrumbada iluminaban su silueta, pero no vaciló: atravesó las brasas con firmeza. Por un instante, la luz devoró su figura; al emerger, parecía haber descendido del mismo infierno.
La luna, baja y pálida, bañaba su armadura, resaltando el contraste entre ceniza y plata. Su yegua, Alaska, relinchaba con furia contenida, sus cascos levantaban vibraciones que recorrían el barro, como latidos de guerra.
—Ese… ese es Mane —murmuró el soldado, con voz quebrada y las manos temblorosas sobre su lanza.
Otros levantaron la mirada, entre sorpresa y temor. Algunos entrecerraron los ojos, tratando de discernir si era un milagro o un presagio oscuro. El caballero no habló. Su rostro mostraba lágrimas secas y determinación, y su espada brillaba con un filo que parecía retar a la muerte misma.
Durante un instante, todos sintieron lo mismo. Los enemigos fueron los primeros en percibirlo. Retrocedieron, dudaron en levantar lanzas; en sus miradas brillaba un miedo primitivo.
Entre sus propios hombres, la reacción fue distinta. Un murmullo recorrió el campo como un viento helado:
—¡Es Mane! ¡Ha vuelto!
El grito encendió corazones exhaustos, renovando fuerzas, pero la esperanza no llegó sola: detrás de cada mirada había un recuerdo de los caídos, de aquellos que esperaron su regreso y jamás lo vieron, dedos que temblaban, respiraciones entrecortadas, manos buscando la empuñadura de armas caídas.
—¡Regresa cuando ya la mitad yace en la tierra! —exclamó un soldado, con el rostro cubierto de sangre y barro—. ¡Y aun así pretende ser nuestro estandarte!
—¡Cállate! —lo contradijo otro, con lágrimas y sudor mezclados—. ¡Es nuestro capitán! ¡Si ha vuelto es porque aún hay algo que salvar!
Mane los observaba en silencio. Su ausencia había costado vidas; la culpa lo quemaba por dentro. Aun así, alzó la espada, y la luna iluminó su filo como un juicio divino. Por un instante, el campo entero pareció dividido entre esperanza y reproche.
La confusión se intensificó: nadie esperaba que regresara por la retaguardia. Entre el choque de la línea frontal, un rugido metálico anunció su presencia: Alaska atravesaba las filas enemigas como una lanza viviente. Sus cascos golpeaban con fuerza sobre el barro, levantando nubes de polvo y sangre.
—¡Nos atacan por la espalda! ¡Es él! ¡Es el caballero caído!
Dos figuras emergieron, avanzando para interceptarlo: Arrogancia y Orgullo, comandantes enemigos. Sus armaduras brillaban bajo la luna, reflejando el fuego y las sombras danzantes. Sus estandartes negros ondeaban como sombras vivas.
Mane saltó de Alaska con un giro seco, cayendo de pie frente a ellos. La espada en su mano parecía más pesada que nunca, pero sus ojos ardían con determinación, impulsada por culpa y un deseo de redención que solo él comprendía.
Arrogancia habló primero, con voz cortante y altiva:
—Mírate, regresando como un mendigo que perdió su corona. ¿Crees que tu gente te recibirá como héroe? Solo ven en ti un traidor.
Orgullo añadió, con risa desdeñosa:
—Has vuelto para lavar tu nombre, pero lo único que lograrás es hundirlo en más sangre.
Mane apretó los dientes. Su respiración era un gruñido bajo y ronco; lágrimas secas surcaban sus mejillas.
—No he vuelto por mi nombre —dijo, con voz firme y rasgada—. He vuelto para callar el vuestro.
Ambos comandantes avanzaron simultáneamente.
El choque fue brutal. Cada golpe de acero retumbaba como campanas fúnebres, resonando en el barro, el humo y los cuerpos caídos. Arrogancia embistió con golpes rápidos, intentando humillar en cada movimiento. Orgullo lo cercaba, con ataques que parecían coreografiados para exhibirse más que para matar.
Mane resistía, por cada golpe recibido, respondía con uno más feroz, como si la culpa y ka nexewidqd de reparar el irremediable lo empujara a no ceder.
En un momento de furia, Mane alzó la espada con ambas manos y lanzó un tajo que obligó a Arrogancia a retroceder. Su voz rugió sobre el estruendo de la batalla:
—¡Yo soy el que falló! ¡Yo cargué con vergüenza! ¡Pero esta noche, caerán ustedes conmigo!
Los soldados, detenidos en sus acciones, observaban aquel duelo como más que un combate: parecía un juicio, una confesión, una condena viva. El aire estaba saturado de humo, sangre y tensión, y cada respiración se sentía pesada, como si el mundo contuviera el aliento para presenciar el momento.
Cada paso de Mane sobre el terreno ensangrentado parecía marcar un latido más de su corazón roto. Su espada brillaba con un fulgor espectral; cada golpe que descargaba no era solo contra el enemigo, sino contra los fragmentos de su propia culpa.
Entre ambos lo arrinconaron, y aunque Mane resistía con fuerza renovada, el destino no tardó en reclamar su precio: una estocada de Orgullo le atravesó el hombro izquierdo, desgarrando carne y hueso. El dolor lo obligó a soltar el escudo; su brazo quedó prácticamente inútil; la sangre caliente le goteaba sobre la armadura; el metal húmedo quemaba su piel.
Mane cayó de rodillas, la respiración entrecortada. Pero la visión de sus hombres cayendo alrededor encendió en él un fuego aún más grande. Se levantó con un rugido, descargando un tajo furioso que partió la lanza de Orgullo y le abrió el pecho. El enemigo se desplomó, incrédulo, con la mirada rota.
Arrogancia retrocedió un paso, evaluando sus posibilidades, dibujando en sus labios una sonrisa torcida. Aprovechando un descuido, giró su espada, no contra Mane… sino contra Joshua, el hermano menor de Mane, que corría en su auxilio. Atravesando el acero en el corazón en un instante cruel como si el aire mismo se hubiera quebrado.