El Mundo de las Mentiras Los Exilios

Mi Pequeña Ratoncita

El humo ennegrecía las torres y el aire era un veneno áspero. En medio del caos, entre los escombros del castillo, Stargirl seguía de pie, su respiración entrecortada, espada mellada

y los músculos de sus brazos temblaban de cansancio, pero aún resistía. Cada golpe que devolvía era un grito de furia y amor traicionado

A su alrededor, el suelo estaba cubierto de cuerpos, amigos y enemigos por igual. Los perros, Bambam y Choco, la acompañaban con fiereza, mordiendo y apartando a quienes intentaban acercarse. Era la última defensa de un reino quebrado.

Y sin embargo, lo que más le dolía no eran las heridas ni el agotamiento, sino la traición de Mane. El recuerdo de él alejándose del campo de batalla quemaba más que el fuego del enemigo.

“¿Por qué me dejaste sola?” —pensaba entre jadeos, mientras desviaba un tajo que rozó su mejilla. El filo le arrancó sangre, pero no lágrimas. Las lágrimas ya se habían secado mucho antes, en las noches en que lo esperaba, creyendo en su regreso.

La rabia se mezclaba con la pena.

—¡Cobarde! —gritó al vacío, golpeando con una fuerza que partió el yelmo de un adversario y siento las vibraciones por sus brazos. Sus ojos brillaban con una mezcla de furia y amor traicionado—. ¡Me juraste que estarías conmigo aunque tu cuerpo estuviera en ausencia! ¿Y ahora? ¿Dónde estabas cuando los míos morían?

Su voz temblaba, pero su espada no. Cada estocada parecía dirigida contra él, contra esa imagen de Mane alejándose, contra la sombra de su abandono.

Los enemigos retrocedían por un instante, sorprendidos por la ferocidad de una mujer que parecía luchar con el corazón hecho pedazos.

Stargirl respiró hondo, su pecho ardiendo como si cada aliento fuera el último.

—Si vuelves… —susurró entre dientes, apenas audible para sí misma— no será a mis brazos. Será al ataúd porque estás muerta para mi. Y si caigo aquí, Mane… mi fantasma no te dará paz jamás.

El enemigo volvió a cargar, y ella, con la espada empapada en sangre, apretó los dientes. Su amor había sido traicionado, pero su voluntad aún era un muro. Aunque desgarrada, aunque rota, Stargirl resistía.

—¡Mane! —exclamó entre jadeos, partiendo el pecho de un enemigo—. ¡Si alguna vez me amaste, dime por qué me dejaste sola!

En ese instante, un rayo de luna atravesó el humo, iluminando su rostro herido. No era un destello de esperanza, sino un reflejo del dolor que la sostenía en pie.

Las paredes del castillo temblaban con cada impacto, como si el mismo infierno hubiese decidido reclamar aquellas ruinas.

A lo lejos, entre columnas calcinadas y corredores oscuros, Mane la vio, desde la lejanía. Su corazón se quebró en silencio, el dolor del brazo y el cuerpo herido se mezclaban con la visión de Stargirl luchando sola, lo atravesó como un hierro candente.

—Perdóname… —susurró, incapaz de que ella lo oyera.

Corrió. Cada paso resonaba como un trueno entre los escombros. Tropezó con cadáveres, apoyándose en muros agrietados, pero no se detuvo. La imagen de Stargirl luchando sola lo empujaba más que cualquier miedo.

entonces corrió furioso. Cada paso resonaba como un trueno en los pasillos. Avanzaba a trompicones, tropezando con cadáveres, apoyándose en muros agrietados, pero no se detuvo. El eco de la batalla lo llamaba, pero aún más fuerte lo empujaba la imagen de ella resistiendo con la fuerza de un corazón roto.

Mientras Mane y sus tropas corrían acabando con pequeñas guarniciones del ejército enemigo, en medio del estruendo de las batallas, Mane vio Entre lo que quedaba de su habitación, un resplandor familiar, que llamó su atención: el campesino. Su figura tranquila, sosteniendo una foto de Mane de niño, parecía emerger de la memoria misma, irradiando nostalgia y misterio. Sus ojos atravesaban el tiempo y el espacio, y con voz suave, casi un murmullo:

—Joven eras… puro y fuerte. Ahora… mayor eres. Pero aún camino tienes. A tu peor enemigo enfrentarás… y él no es quién imaginas.

Mane, jadeante y con un brazo inútil, sintió que un calor extraño le recorría el pecho. El campesino no explicó, solo dejó que el silencio y la foto hablaran. Era un recordatorio de quién había sido, y de quién debía ser ahora.

—el camino trazado está, tomar o dejar; dentro de las llamas se ve el causal, te veré del otro lado— con voz sensata agregó el campesino.

—iré a por ello— replicó Mane, con voz decidida

Mane apretó los dientes, sintiendo que cada decisión, cada golpe y cada pérdida lo habían llevado a este instante. Su brazo dolía, su alma sangraba, pero la chispa de esperanza encendida por el campesino lo impulsó hacia el combate final, hacia enfrentar a su peor enemigo… y hacia la redención que aún podía reclamar.

No solo él tenía con quién encontrarse, en esa pequeña pausa, aprovechó Andy en observar una pelota de fútbol y pensar en su hijo y esposa.

—Amores, espero volver y jugar por fin con mi hijito, que ya puede caminar—miraba al cielo en búsqueda de respuesta—Solo deseo eso.

En paralelo, Piero quién llevaba el peso de la decepción y la traición, solo pensaba en abrazar nuevamente a sus hijos y su amor platónico y cumplir su promesa de regresar para ese último baile que con tanto furor fue prometido.

Cada historia diferente muestra como en la guerra, no hay ganadores, solo traumados que lidian con el peso de ver en persona a la desesperanza y la muerte.



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En el texto hay: superación., absurdísmo, guerra mediavales

Editado: 11.02.2026

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