El Mundo de las Mentiras Los Exilios

Mentiroso me llamó y lo fui

El castillo lo guiaba como un laberinto de sombras hasta una sala más vasta, donde las antorchas apenas iluminaban las columnas de piedra ennegrecida. Era el salón del trono.

El salón del trono estaba cargado de humo y silencio. Las antorchas chisporroteaban débilmente, proyectando sombras que parecían criaturas al acecho.

Por un lado, avanzaba Mane, el brazo herido vendado con torpeza, pero los ojos encendidos con la furia del dolor. A su lado marchaban Piero y Andy, y tras ellos un ejército exhausto, manchado de barro y sangre, pero aún dispuesto a morir a su lado.

De las paredes agrietadas, apunto de caerse, un cuadro gigantesco, casi de par a par con el ancho de la sala, en condiciones irreconocibles y carbonizado por el fuego, donde alguna vez estuvo la cúspide del amor de Mane y Stargirl. Un cuadro lleno de alegría, compartido por toda la familia de ambos presidía, cuando el fuego aún no tocaba sus puertas. Que bello momento cuando dieron el Sí y declaron su amor al mundo; ahora solo se ve como el cuadro tambalea, tanto como la esperanza de los presentes.

Allí, en el centro, lo esperaba la figura que había tejido toda aquella tragedia: el Rey Mentiroso, erguido con su lanza en mano y una sonrisa oscura, como si supiera que todo conducía inevitablemente a ese encuentro. Su armadura estaba intacta, brillante en contraste con el desastre del castillo. A su diestra, erguida como un muro implacable, estaba Lealtad, su guardiana y ejecutora. Detrás, filas de soldados disciplinados esperaban la orden para desatar la masacre.

Mane se detuvo en el umbral, jadeante, con la espada temblando en su mano sana. Sus ojos ardían todavía con la imagen de Stargirl resistiendo. No había tiempo para dudas. El destino ya lo había llevado hasta allí.

El Rey Mentiroso avanzó un paso, dejando que la luz temblorosa de las antorchas dibujara su rostro endurecido por el odio. Su voz se elevó, no sólo para Mane, sino para todos los que aguardaban el desenlace en el salón:

—Ningún hombre escapa de su historia.

Sus palabras retumbaron como un juicio inapelable.

El rey Mentiroso alzó la lanza, no como amenaza, sino como si señalara una verdad inevitable:

—¿Lo escuchan? —señaló a los soldados de Mane, a Piero, a Andy—. ¿Este es el capitán al que siguen? Un hombre que arrancó cabezas por un honor simbólico, que convirtió su vergüenza en brutalidad. Les habla de deber, de redención… ¡cuando en su tierra natal lo recuerdan como un perro que se arrastró por una mujer infiel!

Las miradas de algunos soldados vacilaron. El veneno del Mentiroso comenzaba a hacer eco, su voz retumbó en el salón, como si cada palabra viniera de un pasado enterrado a la fuerza:

—¿Y ustedes, hermanos? —continuó, apuntando con la lanza hacia Andy y Piero—. ¿Acaso no sienten el ridículo? Siguen a un hombre que abandonó su campo, que dejó morir a los suyos, y que ahora pretende alzarse como salvador. ¿No es esta la misma farsa que ustedes juraron combatir?

El Rey sonrió, con una mueca cruel.

—Los habitantes de mi aldea conocieron esa humillación. Sintieron la burla de su cobardía. Y hoy, ustedes la sienten en sus entrañas. ¿Lo notan? Así como el agua se negó a volver a un pueblo sediento, así la verdad se niega a regresar a este hombre. ¡Porque su verdad está podrida!

Se detuvo un instante, clavando los ojos en Mane.

—Ningún hombre escapa de su historia. Y la tuya, caballero, está escrita en mentira y traición.-

El silencio fue brutal. Los soldados, los hermanos, todos parecían reflejados en ese espejo de deshonra. Mane mismo sintió cómo las palabras lo desgarraban, como si cada letra fuera un filo hurgando en sus cicatrices más profundas.

—Tanto tiempo, caballero. ¿Creías que podías escapar del barro de donde vienes? ¿Que podías reinventarte como héroe y borrar la sangre que te hizo lo que eres?

Mane lo observó con el ceño fruncido, la respiración pesada. Algo en la voz de aquel hombre le resultaba insoportablemente familiar.

El Mentiroso dio un paso adelante, la lanza vibrando en su mano.

—Déjame recordártelo. Una explanada vacía… como tú. Más conocida como La Pampa. Allí asesinaste al padre de Dolor. —Escupió el nombre con desprecio, como si le quemara la boca—. Le cortaste la cabeza como un animal, y la pusiste en la puerta de su hija como si fuera un trofeo.

El silencio se hizo más pesado. El eco de esas palabras se clavó en los soldados de ambos lados, muchos de los cuales jamás habían escuchado esa historia.

Mane apretó los dientes, la espada temblando en su mano sana.

—No hables de lo que no entiendes.

El Mentiroso rió, un eco gélido.

—¿Que no entiendo? ¡Lo entiendo demasiado! Mi hermano fue ese hombre. Tu honor podrido nos arrebató a un jefe, a un padre, a un hermano…. Y yo… yo cargué con su voz en mi sangre, jurando que un día te haría pagar.

La revelación golpeó a Mane como un rayo. El Rey Mentiroso no era un enemigo cualquiera: era parte de la herencia de odio que había dejado atrás en su juventud.

El Rey continuó, alzando la lanza hacia él.

—¿Quieres saber por qué me llaman el Mentiroso? Porque aprendí de ti. Tú, que fingías amar a Dolor mientras arrastrabas su nombre. Tú, que convertiste tu vergüenza en brutalidad. Yo vi tus mentiras y las perfeccioné. Ahora soy su eco, soy tu reflejo, soy el precio de tus pecados.

El aire se volvió insoportable. Piero y Andy se tensaron, pero no intervinieron: sabían que ese duelo debía resolverse entre ellos.

Mane dio un paso adelante. Sus labios temblaban, y por primera vez, su voz no era la de un guerrero, sino la de un hombre desnudo frente a su propia verdad.

—Sí… —murmuró, con la mirada fija en el vacío—. Sí, amé a Dolor. La amé como solo un joven desesperado puede amar, ciego, hambriento de alguien que le calme la soledad. Pero era demasiado joven… y ella me traicionó. Lo sé. Me engañó una y otra vez, y aun así yo me quedé, creyendo que mi presencia bastaría para salvar algo que ya estaba roto.



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En el texto hay: superación., absurdísmo, guerra mediavales

Editado: 11.02.2026

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