El mundo de las mentiras Maelgorïun

Los Últimos Caballeros

Maximo surgió en la colina, su armadura reflejaba los últimos rayos de sol que se colaban entre las nubes dispersas. Centurión, su caballo, relinchó con un sonido profundo, y con un impulso poderoso, Maximo se lanzó al galope. La tierra tembló bajo los cascos, levantando una nube de polvo que se tragó el horizonte y convirtió el bosque cercano en una sombra difusa; cada relincho, cada golpe de herradura contra el sendero, era un tambor resonando con urgencia.

Mientras tanto, Marco Aurelio permanecía junto a Joshua, Julio y Augusto, nuevamente La práctica de defensa había comenzado con entusiasmo, pero pronto se reveló un caos sublime y desordenado.

Los aldeanos se movían como bestias torpes: algunos con fuerza bruta, otros con astucia improvisada. Un joven herrero, de brazos enormes, levantaba la espada con un empuje que parecía imposible para un aldeano recién entrenado; cada embestida hacía vibrar el escudo de Augusto, que apenas lograba mantenerse de pie, sin embargo, su falta de resistencia lo hacía tropezar después de apenas tres embestidas, cayendo de bruces y arrastrando consigo un alboroto de polvo.

Una mujer, acostumbrada a cargar sacos de grano todo el año, sorprendió con la resistencia de sus piernas: pudo mantenerse firme frente a Joshua, bloqueando cada ataque con un equilibrio natural que parecía nacido del trabajo diario, pero su agarre con la espada era torpe, y a la primera oportunidad de contraataque, su hoja resbaló, incapaz de conectar un golpe efectivo y su frustración era palpable.

Los niños, por otro lado, eran sombras de miedo y duda. Sus manos temblaban al sostener las armas; sus pies se enredaban en el polvo y las piedras del terreno. Uno de ellos, apenas capaz de levantar el escudo, retrocedió ante el primer empujón de Julio, cayendo de rodillas, temblando, con lágrimas mezcladas con sudor en su rostro..

Joshua, jadeando tras recibir un golpe del joven herrero, se incorporó y corrigió la postura de varios aldeanos:

—Recuerden, no es solo golpear, es anticipar —dijo, señalando con la espada el ángulo desde el que venía cada ataque—. Cada movimiento tiene una reacción, cada empuje una oportunidad. Mantengan los pies firmes, el centro de gravedad bajo, y respiren.

Los aldeanos intentaban adaptarse. Algunos lograban conectar golpes breves: un golpe de escudo que desviaba una hoja, un empujón que desequilibraba al instructor por un instante, una estocada que rozaba apenas la armadura de Joshua.

Marco Aurelio, observando desde su posición, decidió intervenir:

—No teman al golpe y no teman caer. Lo que duele ahora es el aprendizaje, en donde cada error que cometen es la semilla de su fuerza futura. Si caen y se levantan, cada músculo y cada mente se endurecerá.

Augusto y Julio recorrían el campo, corrigiendo posturas, mostrando cómo bloquear con el escudo, cómo absorber la fuerza de un empujón sin perder la estabilidad, cómo anticipar los movimientos del contrario. Mostraban cómo un golpe podía ser redirigido, cómo el balance del cuerpo era más importante que la fuerza bruta, y cómo la coordinación superaba la torpeza inicial.

Los niños comenzaron a intentarlo nuevamente, esta vez guiados de cerca por Joshua y un par de hombres más pacientes. Temblaban, sí, pero comenzaron a aprender a mover los pies en el momento correcto, a levantar el escudo para desviar un ataque, a sentir la fuerza del golpe sin dejar que los venciera. La emoción y el miedo se mezclaban en sus ojos; cada pequeño avance era celebrado silenciosamente por Marco Aurelio, quien vio en esos instantes el valor puro que no dependía de técnica ni fuerza, sino de corazón.

Finalmente, Marco Aurelio, con la respiración pesada y la armadura manchada de polvo, alzó la voz:

—¡Escuchen! No es la caída la que los define, ni el error, ni la torpeza. Cada golpe que reciben, cada empujón que los derriba, cada fracaso en su resistencia, es un maestro disfrazado. La práctica hace al maestro, y ustedes serán maestros de sí mismos.

La práctica continuó, caótica, ruidosa y agotadora, pero ahora cada caída, cada golpe fallido y cada respiración entrecortada era un paso hacia algo más grande: la maestría no residía sólo en la espada, sino en la capacidad de aprender del fracaso, de resistir, de levantarse y enfrentarse una y otra vez al desafío.

Maximo galopaba por el sendero rocoso, el viento azotándole el rostro y el sonido de Centurión golpeando la tierra como un tambor de guerra. A cada salto del caballo, las piedras crujían bajo los cascos, lanzando pequeños destellos de polvo en el aire. El mensaje de retirada hacia el castillo principal ardía en su mente, un aviso urgente que debía llegar intacto, pero entre tanto tumulto, Maximo decidio reposar y observar la llanura que aún no hbai sido azotada por la guerra

{No sé si esta lucha valga la pena, al final todas las guerras terminan en debacle}

Entre sus pertubaciones, este exclamó:

—¡Porque tengo que fingir que estoy bien cuando toda mi familia fue asesinada! solo desearía volver a ver a mi hijo Deimon... a mi reina, a mi esposa. A nadie le interesa si lloro o sufro, pero si no llego a enviar este mensaje, se me tachará de traidor o incompetente, en fin... gracias naturaleza por escucharme sin juzgar, tengo que volver al ruedo.

Un leve viento cargado de aroma florales, justo como la vainilla, recorrio el cuerpo de maximo

—Gracias mi Flor, no me abandones y cuida a nuestro hijo... solo, solo espero irme con ustedes, pero cumpliendo mi deber; si no los pude proteger al menos protegeré a aquellos que aún viven. Los amo.

Maximo, prosigio su camino y al llegar al norte de Fangonso, se encontró con los comandantes que aún resistían: Meridio, Valerio y Cassio. Los hombres estaban tensos, cubiertos de polvo y sudor, sosteniendo sus armas con manos temblorosas pero decididas. Las banderas ondeaban en la colina, temblando con el viento y la incertidumbre del combate.




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