El mundo de las mentiras Maelgorïun

La mentira propagada

La tarde llegó con un cielo encapotado que parecía sostener la respiración. El rumor del campamento, antes vivo en cada esquina, se volvió una quietud tensa; la paz había adquirido el tinte de la paranoia. Marco Aurelio observó el paisaje desde lo alto de la torre del homenaje: los caminos que conducían a la ciudad, las orillas del río y los tres puentes que los cruzaban como arterias. Su decisión fue rápida, fría y sin concesiones. Ordenó que todos los puentes fueran destruidos, salvo el de la entrada principal: la ciudad debía volverse isla de piedra, accesible solo por la garganta que ellos controlarían.

Esa tarde, la voz de la ciudad cambió. Las campanas dejaron de sonar por las celebraciones y comenzaron a llamarse unas a otras con un ritmo militar. Los campesinos que la víspera habían trabajado la tierra, las costureras y los mercaderes, los ancianos que contaban historias en las plazas: todos recibieron armas. Hachas para los unos, picas improvisadas para otros, palos reforzados con hierro para los que nunca habían empuñado nada más que un arado. Las manos que antes sostenían panes ahora apretaban empuñaduras. Se instaló un régimen abierto: las bodegas se sellaron con guardias; las raciones se calculaban públicamente en tablones; los relojes marcaron la duración de las raciones.

Maximo caminó entre esa transformación con la mirada dura. Vio a los niños practicar a tientas con escudos de madera; a las ancianas aprender a tensar un arco; a las mujeres forjar improvisados escudos con puertas viejas. El lugar había vuelto a una economía de supervivencia: cada pieza de metal, cada saco de grano, cada ánfora de agua tenía ahora dueño y razón. Marco Aurelio exigió disciplina, y la ciudad la dio con una serenidad.

Mientras los ingenieros trabajaban en las orillas, dinamitando arbotantes y derribando los tablados que sostuvieron durante siglos las barcazas, Maximo escuchó algo que le heló la sangre: risas, pero no las humanas,.venían de dentro y de fuera a la vez, como si la misma piedra se riera. El bufido de Centurión se unió a ese coro, y Maximo supo que el presagio había llegado hasta él, en donde sintió la proximidad de ese final que Marco Aurelio había temido.

Los obreros terminaron. El puente del norte crujió y cedió, una cascada de madera y piedra lanzada al río que dejó un hueco oscuro donde antes hubo camino. Igual sucedió con el puente del sur. Solo quedó el paso principal: estrecho, vigilado, convertido en costura de defensa. La ciudad se recogió sobre sí misma.

Fue entonces cuando, entre el polvo y las vigas humeantes que crujían tras la demolición, llegó a la puerta oeste una escultura inmensa: dos figuras erguías dándose la mano en un gesto viril y solemne, el tipo de monumento que en otra época habría provocado orgullo.

Un mensajero, sudoroso y con las ropas embarradas, corrió hasta las murallas y clamó que venían refuerzos del reino de Mane: una caballería de élite y cuerpos de arqueros —cuarenta y cinco mil hombres— listos para reforzar la defensa. La noticia fue recibida con un suspiro colectivo: ayuda tras la incertidumbre, pero un hombrecillo gritó con júbilo y sarcasmo.

—Cuidado mi rey, puede ser troya, es troya…

Marco Aurelio contempló la escultura. En su mente, la visión fue instantánea y antigua: las largas gestas de Troya, las trampas que se abren bajo la admiración misma; el recuerdo de ofrendas que esconden armas. Una aversión fría lo atravesó: esas formas heroicas podían esconder a los hombres más letales. Las esculturas eran perfectas para acoger fardos y hornacinas donde tropas descansaban, para servir de pantalla. Algo en la postura de la figura le pareció a Marco un disfraz con olor a traición. No esperó a que su corazón dictara piedad.

Sin anunciar su intención, Marco Aurelio reunió a un grupo de hombres selectos y en silencio, les indicó que las esculturas debían arder.

Las antorchas tomaron la escultura al mediodía; las cuerdas que escondían mechones de aceite se encendieron y la madera que apuntalaba el pedestal comenzó a chasquear. La flama lamió el bronce y subió por las telas que habían rodeado la base como ofrenda. El humo se elevó en columnas negras, y cuanto más ardía la estatua, más cierta se tornaba la sospecha de Marco: entre las sombras que la envolvían, emergieron grupos de hombres blindados, caballos que se inquietaron, arqueros que, al verse rodeados por la llama, intentaron salir en desorden.

Los que estaban debajo, sorprendidos, recibieron el fuego como la revelación brutal de una emboscada fallida. En medio del pánico, la caballería de élite intentó organizarse, pero las llamas, el humo y las piedras resbaladizas de los cimientos les arrebataron la coordinación. Los arcos tardaron en hallarse, las filas se desordenaron y la movilidad quedó cortada. Los hombres degeneraron en caos. La guardia que hasta entonces había llegado como auxilio quedó atrapada en la conflagración que los delataba.

Las puertas del oeste se abrieron en confusión: mensajeros gritaron órdenes, pero su voz fue ahogada por el crepitar del material en combustión. Las tropas que debían reforzar clavaron el pie en la tierra, y muchos quedaron clavados por el destino.

Marco Aurelio miró el fuego, y vio las siluetas de hombres clavados por la ceniza y la sorpresa.

Cuando la humareda se disolvió, la cifra era catastrófica: de los cuarenta y cinco mil hombres que habían buscado entrar como refuerzo desde Mane, solo quedaron catorce mil que lograron retirarse con vida y desorden. Treinta y un mil habían desaparecido en aquel incendio, por la cadena de circunstancias que Marco Aurelio había activado: la estatua que ardió, las puertas que se atrancaron, la confusión que rompió la disciplina. La ciudad, por brutal que fuera la cifra, había minimizado el alivio que aquellos refuerzos hubieran traído al enemigo.

La noticia de la masacre llegó con los últimos resoplidos del fuego. En el patio central, la gente se reunió en torno al humo que tomaba el cielo como una herida. Algunos aplaudían con la violencia de la ira mezclada con el alivio; otros, con el rostro blanco, miraban como si la victoria tuviera el sabor del hierro en la lengua. Maximo, de pie junto al muro quemado, escuchó la risa larga otra vez: esta vez no era solo en su interior; parecía salir, retorcida, de las sombras que quedaban entre las ruinas de la escultura.




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