El amanecer llegó sin color, parecia no recordar que alguna vez hubo luz; solo una línea gris separaba lo que quedaba del castillo de Marco Aurelio del horizonte donde dormía el Reino de Mane.
Joshua cabalgaba al frente, el manto empapado de ceniza y lluvia, el diario del anciano apretado contra el pecho. A su alrededor marchaban los últimos caballeros
Nadie hablaba. Nadie cantaba.
El sonido de los cascos sobre el barro era el único testimonio de que aún estaban vivos. Atrás quedaba la fortaleza, ahora una sombra anaranjada en el horizonte: las llamas seguían lamiendo sus muros, como si el fuego se negara a morir mientras quedara memoria.
Augusto avanzaba a la derecha de Joshua, con la mirada clavada en la nada. Su armadura, ennegrecida, parecía oxidarse con cada paso; no hablaba desde hacía horas, solo reía, a veces, sin motivo.
Uno de los soldados le susurró:
—¿De qué se ríe el comandante?
Joshua no respondió, solo lo miró de reojo y siguió cabalgando.
El día entero fue una marcha muda; atravesaron aldeas carbonizadas, campos donde el trigo había sido sustituido por cenizas, pozos llenos de agua negra. En uno de ellos encontraron a un niño con una espada de madera, sentado frente a lo que alguna vez fue su casa: No lloraba, observaba las nubes moverse.
Joshua desmontó, se acercó con cuidado y dejó un pedazo de pan a su lado.
El niño no lo tomó.
Joshua se quedó de pie unos segundos, sin saber si rezar o seguir, entonces, detrás de él, escuchó la risa.
Augusto observaba la escena con una sonrisa torcida.
Joshua apretó los puños.
—¿De qué te ríes, Augusto?
El otro lo miró, sin respuesta inmediata; Luego bajó la vista hacia el niño, hacia el pan, y finalmente hacia el barro.
—No lo sé —dijo, con voz cansada—. Quizás me río de nosotros o de lo que queda de nosotros.
Los soldados a su alrededor bajaron la mirada. Nadie quiso escuchar más.
Siguieron marchando, como si el silencio fuera la única forma de seguir respirando.
En la media tarde Joshua rompio ese inquetante silencio:
—¿Alguien de aqui es topografo?
—Sí—respondio un hombresillo, delgado y con un peculiar cascabel en el cuello .
—Por favor, ayudame a ubicarme para llegar a nuestro reino.
—Hecho
Cuando cayó la noche, acamparon en un claro; el fuego de las hogueras era débil, como si también se negara a vivir y el viento ubulaba entre los árboles, trayendo consigo el rumor lejano de los cuernos enemigos, o tal vez de su propia memoria.
Joshua permaneció despierto, escribiendo en el diario con una pluma rota. Las páginas estaban manchadas de barro y sangre.
“A veces creo —escribió— que nosotros no somos tan distinto al reino de las mentiras, puesto que nos mentimos para sobrevivir en esta tempestad
Del otro lado del campamento, Augusto reía otra vez, bajo la luna. Una risa hueca, nacida del miedo, del agotamiento, del absurdo, en donde los hombres fingían dormir, pero nadie podía descansar con ese sonido atravesando la oscuridad.
El cuarto amanecer no trajo esperanza, sino cansancio. El ejército avanzaba como una sombra que arrastraba su propio cadáver; la niebla cubría la llanura y el barro se pegaba a las botas.
Joshua iba al frente, montado sobre el caballo de Máximo; a su lado, Augusto avanzaba con la mirada fija, una sonrisa tensa que no respondía a nada ni a nadie; atrás, los soldados murmuraban: frases cortas, cansadas, sin convicción: "Extraño a mi esposa" "Espero que mi madre no haya sufrido mucho" "Lo lamento hijo, al final por todo el trabajo, nunca me digne a escucharte" "Espero que mi muerte tenga más sentido que la de mi familia" Y a cada paso, el silencio se hacía más pesado.
—¿Cuánto falta para Mane? —preguntó un soldado, rompiendo la monotonía.
—Unos días, si el barro no nos traga antes —respondió el hombrecillo.
A media tarde divisaron las chozas: techos de paja aplastados por la lluvia, paredes de arcilla que respiraban vapor, sombras moviéndose entre los muros.
Joshua levantó la mano y detuvo la columna.
—Nadie se separa del grupo, buscaremos comida, pero sin dañar a nadie.
Los hombres asintieron, pero el hambre podía más que la disciplina.
El barro olía a pan quemado, y en los ojos de los soldados había un brillo que no era hambre sino desesperación.
Las primeras puertas se abrieron; un anciano salió, cubierto de barro hasta las rodillas, y ofreció un cesto con raíces.
—No tenemos más —dijo, temblando.
Joshua bajó la cabeza en señal de respeto.
—Guárdelo. Solo necesitamos agua.
Pero detrás de él, los soldados ya habían empezado a entrar a las casas.
Las risas estallaron: risas nerviosas, forzadas, las risas de hombres que necesitaban olvidar que seguían vivos. Augusto los miró sin detenerlos.
—Que tomen lo que necesiten —dijo con voz baja—. El hambre es peor enemigo que el pecado.
Joshua giró sobre sus talones.
—¡No! —su voz resonó como un golpe seco—.¡Deténganse! ¡Nadie toca nada sin permiso!
Los soldados se quedaron quietos por un momento, sorprendidos, pero Augusto avanzó, con la mirada encendida.
—¿Permiso? ¿De quién? ¿De Joshua?
—De nosotros mismos, porque si olvidamos quiénes somos, ellos ganan aunque caigan.
Augusto soltó una risa breve
—¿Quiénes somos? Éramos caballeros, Joshua; éramos el fuego del consejo, la espada de la reina, la voz del sabio, Ahora somos carroña con armadura... Míralos —señaló a los hombres saqueando las chozas— ¿Crees que alguno recuerda quien es? ¡Hasta los niños de esta aldea tienen más esperanza que nosotros!
Joshua apretó los puños.
—¡Silencio!
El grito fue tan violento que los hombres se detuvieron y las risas se cortaron; solo quedó el ruido de la lluvia sobre el barro.
Augusto dio un paso hacia él, el rostro contraído en una mueca de desprecio.
—No me grites, Joshua. No tú....No el que sigue creyendo que el honor alimenta el estómago.