El mundo encantado de mamá Anita

El ángel y el dragón

―Debemos avisar a medianoche ―Jenny intentaba en vano controlar el llanto―, si los cuervos en verdad les mandaban comida, quizá aún esté con vida.

―No podemos regresar, ellos están en el camino, nos verán.

Eduardo logró atinar un fuerte golpe a Pablo, tumbándolo en el suelo, y salió corriendo hacia el bosque.

―¡Ahora! ―dijo Paquito y los niños echaron a correr hacia la entrada del túnel.

Mientras llegaban, llamaban a Medianoche a gritos.

―¡Tienes que hacer algo! ―gritó Jenny―, Gio está en el túnel.

Explicaron a grandes rasgos lo que habían escuchado, el gato jadeaba entre el enfado y la preocupación. Medianoche se disponía a hablar cuando fue interrumpido.

―¿Apresó a Gio? ―Violeta salió de entre los matorrales, temblorosa y con los ojos inyectados en sangre.

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Todos la miraron, estupefactos, no pudieron hacer nada, ella simplemente corrió hacia dentro del túnel. Medianoche la llamaba a gritos, pero la chica se perdió en la oscuridad a los pocos metros.

―¡Maldición! ―Chilló medianoche entre dientes―. Vayan a buscar a todos los animales. Díganles que apresen a los más cuervos posibles, tenemos que obligarlos a sacar a todos de ahí.

―Por sí solos los cuervos son unos cobardes ―comentó Paquito―, pero juntos se envalentonan, no vamos a poder convencerlos de que los saquen.

―¿Se te ocurre algo mejor para sacar a todos de ese horrible lugar?

―Aún así, si está muy adentro, no sé si sean capaces de encontrar a Gio ― Jenny temblaba de rabia y dolor―. ¿Por qué Eduardo no le permitió simplemente marcharse?

―¿Cómo diablos…?

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Los tres respingaron. Eduardo estaba justo detrás, con los ojos inyectados en sangre y bufando como un toro.

―¿Quién demonios les dijo que Giovanni está en ese lugar? ―sonaba realmente amenazador. Jenny se hizo hacia atrás, temblorosa, pero medianoche en cambio, dio un paso adelante.

―Eres un psicópata ―gruñó el gato, erizándose y sacando las uñas―, jamás creí que tu ambición te convirtiera en un monstruo… ¡No te lo perdonaré!

El gato se lanzó sobre el rostro de Eduardo, rasguñando y mordiendo incesantemente. Él logró lanzarlo un par de ocasiones, pero más tardaba en llegar al suelo que en saltar de nuevo arremetiendo contra Eduardo.

―¡Huyan! ―les gritó el gato―, ¡huyan o los echará al túnel!

―¡No podemos irnos! ―lloró Jenny―, ¡te dañará, medianoche!

―No podemos hacer nada nosotros solos ―chilló Paquito―, debemos buscar a los otros. Pedir ayuda a los animales… no sé.

―¡La anciana! ―Jenny dejó de llorar, su rostro mostraba un brillo de esperanza.

―¿De qué hablas?

―Paquito, tu capacidad de soñar es casi tan fuerte como la mía. Quizá entre los dos logremos abrir un portal que daría paso a tu amiga Viviana.

No tenía idea de que lo lograsen, pero debían intentarlo. Era difícil concentrarse entre los gritos de Eduardo y chillidos del gato.

―Un lugar más seguro ―decía Jenny con los ojos cerrados―, una mujer que nos puede salvar… una… una heroína, eso es. Ella puede llegar como un ángel protector…

Era obvio que ella quería crear una especie de cuento de hadas alrededor de todo ello, de ese modo su sueño sería mucho más poderoso. Paquito se imaginó a la señora Viviana entrando con una túnica blanca y alas saliendo de su espalda. Una puerta blanca rodeada de una enredadera de rosas apareció de la nada entre los pinos, Paquito de inmediato la abrió y gritó a todo pulmón el nombre de Viviana.

La anciana estaba sentada en su sala, bordando un mantel, sorprendida observó a los niños que la llamaban a gritos desde la puerta.

―¡Cielo santo, hijo! ¿Cómo lo lograste?

―¡Por favor doña Vivi, Eduardo está peleando con medianoche!

Conforme se acercaba a la puerta, la anciana se hacía menos encorvada y se le notaba más fuerte, su vestido rosa con flores marrón se transformaba en una túnica blanca, su pelo cano crecía cayendo por sus hombros detrás de los cuales salían dos enormes alas.

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No dudó en correr hacia donde Eduardo peleaba con medianoche. El gato se distrajo al ver a su antigua dueña y Eduardo lo aprovechó para lanzarlo al túnel. Por fortuna no fue lo suficientemente fuerte como para que se perdiera en él. Eduardo estaba sorprendido y más enfadado que nunca.

―¿Tía Viviana? ―gruñó―, ¿cómo demonios entraste a este mundo?

―Te has corrompido Eduardo ―dijo la anciana con tristeza―, mucho más de lo que hubiera imaginado.

―No quería recurrir a esto, pero…

Eduardo parecía entre asustado y decidido al mismo tiempo, era como si él mismo no fuera capaz de evaluar las consecuencias de lo que pensaba hacer. Caminaba lentamente hacia atrás, hacia su propio túnel, blandiendo su amuleto de plata en la mano.




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