Lado A: La ciudad / 1
El siglo XXI apesta.
Esto no olía a ozono puro, a flores o a sangre de seres abismales. Olía más a… Tabaco barato, humedad y por, sobre todo, a mediocridad.
Observé la colilla de cigarro consumiéndose en un cenicero de hojalata frente a mí. Luego, levanté la vista hacia el gusano que la había dejado ahí.
—Veamos si nos entendemos, preciosa —dijo el mortal, recostándose en su silla de cuero sintético. Tenía manchas de grasa en su camisa de tirantes y una sonrisa torcida que dejaba ver un diente de oro falso—. Un pasaporte con registro en el sistema biométrico, actas de nacimiento y seguro social salidos de la nada… Eso no se paga solo con billetes, menos cuando no existes en ninguna puta base de datos del gobierno. Quizás podamos llegar a un… acuerdo más físico.
Acomodé mi postura. Mido un metro con ochenta y dos centímetros, pero al parecer no era necesario para lograr intimidarlo. Desde esa silla, mis ojos miraban directamente hacia abajo, hacia la coronilla grasienta del falsificador. Detrás de él, dos guardaespaldas con chaquetas inflaban el pecho, acariciando las culatas de las pistolas nueve milímetros que llevaban en el cinturón.
Armas de plomo, juguetes. El arma de 2 podía ser más poderosa.
Sentí un tirón fantasma en mis antebrazos. La memoria muscular de la masacre. Bastaba un solo pensamiento, un simple pulso de voluntad, para que mis cadenas de metal materializaran su peso aplastante. Podría incapacitar a los dos gorilas casi al mismo tiempo antes de que el cerebro del falsificador registrara el sonido de la carne rasgándose. Podía amarrar sus intestinos al ventilador del techo y ver cómo ese sótano asqueroso, iluminado por luces amarillas parpadeantes, se pintaría de un rojo carmesí.
Pero no lo hice.
Apreté los puños bajo la mesa hasta que los nudillos se me pusieron blancos, recordando la regla que nos ha atormentado desde nuestra creación: No llamar la atención.
Somos armas biológicas. Fuimos creados por deidades para destruir y proteger. Sobrevivimos milenios. Y, sin embargo, ahí estaba yo, tragándome todo el orgullo que tenía, obligada a pedirle permiso para existir a un mortal que moriría de un resfriado en treinta y siete años.
La humanidad había ganado. No por la fuerza, sino por la maldita burocracia. Hoy en día, si no tienes un trozo de plástico con tu foto y un número de serie, no puedes cruzar una frontera, ni comprar munición, ni rentar un techo para tu familia.
—El trato era claro —mi voz salió fría, monótona, cortando el aire del sótano. No me molesté en parpadear—. Cuatro identidades. Cuatro pasaportes.
El falsificador soltó una carcajada nasal, ignorando la advertencia letal en mi tono.
—El precio acaba de subir, reina. Así son los negocios en MI ciudad. O me pagas el triple, o te largas a la calle a ver si los policías te creen esa cara de extranjera sin papeles.
Escuché un suspiro aburrido a mi derecha.
2 estaba recostada contra la pared de ladrillos pelados, jugueteando con una bujía oxidada que había encontrado tirada en el pasillo. Me miró de reojo, alzando una ceja interrogante, como si me preguntara mil y una cosas sin decirme nada.
Asentí levemente hacia ella. Dió un par de pasos hacia enfrente y se detuvo estando próxima a la mesa.
2 tiró una caja de munición encima de la antes mencionada mesa mientras sacaba unos planos del interior de su ropa.
—Esa nueve milímetros que lleva tu gorila es simple basura china. El percutor se trabará en tres disparos y el cañón está mal calibrado. Mira esto —Mencionó 2, teniendo en cuenta que esa escoria vende armas ilegalmente—. Modifiqué la densidad del metal de las balas para que resista la fricción sin quemarse o que explote el arma. Te daré la caja y los planos si nos entregas los papeles.
El mafioso, sin pensarlo dos veces, aceptó el intercambio, deslizando lo que le habíamos pedido hasta mi lugar. 2 dejó los planos sobre la caja. Tomé los documentos con asco antes de levantarme y salir del sótano junto con 2.
—¡Negocios son negocios reinas mías! —Exclamó ese cerdo— ¡vengan cuando lo necesiten, las estaremos esperando!
Verifiqué los papeles. Todo falso, pero creíble. Los guardé y giré hacia 2.
—Vámonos de aquí. Volvamos al bosque antes de que pierda la paciencia y les destruya el negocio a estos mortales.
Subimos las escaleras de concreto húmedo y empujamos la pesada puerta de metal que daba al callejón trasero del bar. Ya había oscurecido, el aire de la fría noche nos pegó de lleno en la cara.
—Oye 1. ¿Crees que los demás están bien sin nosotras? —2 Tartamudeó un poco antes de seguir— No me imagino a 3 con las riendas sueltas.
—Te recuerdo que 3 está con 4, no tienes nada de qué preocuparte. Sin contar que los dejamos en el bosque, si hacen alguna cosa no dañarían a los civiles.
Apenas pudimos dar cinco pasos cuando nos detuvimos en seco. Pasos. Suelas de goma golpeando el pavimento venían hacia nosotras. Del final del callejón, bloqueando la salida hacia la avenida principal, aparecieron tres siluetas. Eran otros dos gorilas extrañamente similares a los del sótano, esta vez acompañados de un desconocido. Era flaco, con una cicatriz en el cuello y sostenía una escopeta recortada.
—¡El jefe les agradece por los planos de las balas, chicas! —Dijo el de la escopeta, levantando el cañón hacia nosotras—. Pero que, en esta ciudad, la tecnología de punta no se comparte.
Escuché la risa ahogada de 2 a mi espalda. No estaba asustada, al contrario, era el sonido de alguien que estaba viendo a unas hormigas enfrentarse a la pata de un tiranosaurio.
Sellar el trato había terminado, estábamos en la calle, donde la burocracia ya no nos importaba. “No llamar la atención.”, me repetí mentalmente, conteniendo las ganas de atraparlos entre mis cadenas y dejar que 2 les volara la cabeza. No podíamos usar nuestras armas para matarlos.